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miércoles, 6 de enero de 2021

1971-2021: Los brigadistas de la Santiago Pampillón

Este enero se cumplen 50 años de la llegada a Chile de la Brigada Santiago Pampillón, enviada por la Federación Universitaria Argentina (FUA, La Plata) para realizar trabajos voluntarios en solidaridad con el gobierno de Salvador Allende; en ese entonces cercado por Estados Unidos y la derecha nativa.

Estas líneas, de recuerdos fragmentados, pretenden contribuir a la unión en un todo único de las memorias de aquellos brigadistas, geográfica y políticamente dispersas, e incluso segadas para siempre durante la dictadura genocida iniciada en 1976.

Sin otro dueño que los corazones de quienes fuimos protagonistas, el destino de esta nota es aportar a la reconstrucción de la historia de la solidaridad latinoamericanista, y del papel que en ella jugó el movimiento estudiantil y juvenil argentino.

Recuerdo vivamente los preparativos en febriles reuniones semiclandestinas, a fines de 1970, en las aulas de la sede Buenos Aires de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

Enfrentábamos la dictadura de la “Revolución Argentina” –entonces en la última etapa del interinato del general Roberto Levingston– y, en esas ocasiones, ajustábamos detalles para la partida del segundo contingente de la Brigada Santiago Pampillón, cuya misión principal fue la realización de trabajos voluntarios en apoyo a, y en solidaridad con, el gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular (UP).

Para realizar esta tarea, sus distintos destacamentos lograron enviar a Chile unos 800 estudiantes universitarios.

En esa época, me faltaba un largo camino que recorrer antes de ser considerado un dirigente de las Juventudes Políticas Argentinas en nombre de la  “Fede”, como propios y extraños llamábamos a la Federación Juvenil Comunista (FJC).

Tenía apenas 18 años, pero experiencia en la reconstrucción del Cuerpo de Delegados y el Centro de Estudiantes del Colegio Nacional Mariano Moreno, encabezando movilizaciones de secundarios ante cambios en el sistema de exámenes y, en 1969, ante los asesinatos de los estudiantes Juan José Cabral, en Corrientes, y de Adolfo Bello y Luis Blanco, en Rosario.

En esos días terminaba mi “curso” de ingreso a la porteña facultad de Filosofía y Letras, entonces en un edificio único en la avenida Independencia, entre Urquiza y La Rioja, convertido durante ese año en uno de los bastiones de la lucha contra el restrictivo cupo de aspirantes impuesto por la dictadura.

En mi interior, consideraba que los mejores militantes y “cuadros” habían partido con el primer destacamento de la Brigada, de modo que, al ser designado coordinador del segundo contingente, que partiría en febrero, estaba convencido de que ese nombramiento respondía más a la momentánea escasez que a valores propios. Pero eso no impidió que cargara sobre mis espaldas una fuerte responsabilidad.

 

1970: un año vertiginoso

Todos habíamos vivido intensamente un año cargado de acontecimientos, con un vértigo que a veces nos impedía procesar lo que vivíamos, una suerte de “estado colectivo” compartido, que continuó hasta el golpe de 1976.

En ese 1970 Estados Unidos no terminaba de asimilar las derrotas que el pueblo vietnamita asestaba a las tropas invasoras. Y en Latinoamérica, a las figuras nacionalistas de los generales Omar Torrijos (en Panamá) y Velasco Alvarado (Perú), se sumaron el general Juan José Torres (Bolivia) y luego Salvador Allende.

La Argentina estaba en ebullición. Sin dejar pasar un año del “Cordobazo”, se sucedieron el “Choconazo” y el “Tucumanazo”, junto a otras luchas y puebladas, que jaquearon al dictador Juan Carlos Onganía, luego desplazado; se afirmaron con acciones de fuerte impacto diversas organizaciones armadas, entre ellas las FAL, FAP, FAR y Montoneros, y se constituyó el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

En otro plano organizacional, se conformaron, por izquierda, el Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA) y, por centroderecha, la Hora del Pueblo, basada en un acuerdo Perón-Balbín al que se sumaron otros partidos tradicionales.

Entre la militancia universitaria, tanto la Hora del Pueblo como el ENA eran condenados por trotskistas y maoístas; pero también mirados con desconfianza por muchos jóvenes peronistas, que veían en las “formaciones especiales” la real continuidad de la Resistencia y el anticipo de una vuelta de su líder para iniciar un proceso de liberación nacional y social.

Sin embargo, fue el propio Juan Perón, quien en Actualización Doctrinaria para la toma del Poder (reportaje filmado y grabado por Octavio Getino, Gerardo Vallejo y Fernando Solanas en 1971) realizó su balance definitivo: la Hora del Pueblo era para negociar, el ENA para luchar en forma unitaria, y las “formaciones especiales” para acorralar y atemorizar al enemigo; pero en definitiva se trataba de variantes tácticas bajo su única conducción estratégica.

También, aunque pocos comprendiéramos la magnitud del retroceso, fue el año de la división de la FUA.

La Fede forzó el quiebre de la central estudiantil, consagrando su dirección en la capital bonaerense (por eso se la denominaría FUA-La Plata) en la que era mayoría absoluta, con algunos aliados de escasa inserción.

Fue el corolario de una importante seguidilla de triunfos en los centros de estudiantes en Capital –y no pocos de importancia en el interior– bajo la conducción del Movimiento de Orientación Reformista (MOR). Las listas que lo componían fueron la herramienta mediante las cuales los universitarios comunistas se recuperaron de la orfandad absoluta de puestos de dirección estudiantil en que los había dejado el masivo desprendimiento juvenil –en 1967– de lo que sería el Partido Comunista Revolucionario (PCR), expresado por el FAUDI en los claustros universitarios.

En su contraparte, la llamada FUA-Córdoba, se nuclearon otras poderosas agrupaciones de la época: la Franja Morada (Juventud Radical), el FAUDI (PCR), el MNR (Partido Socialista Popular) o la AUN (el Frente de Izquierda Popular de Jorge Abelardo Ramos).

Al margen de ambas, se ubicaban las distintas corrientes del peronismo estudiantil, que se negaban a integrar FUA (actitud que mantuvieron hasta 1973) por su pasado en la oposición a los primeros mandatos de Juan Perón, entre 1945 y 1955.

 

Chile bajo fuego

Así llegamos a finales de ese año trascendente, donde pocas semanas después de la asunción de Salvador Allende la situación en Chile mostraba signos preocupantes.

El entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, asesorado por su secretario de Estado, Henry Kissinger, decidió evitar que el candidato de la Unidad Popular (UP) ganara las elecciones. Una vez frustrada esta voluntad, se propuso impedir que Allende se convirtiera en el primer presidente marxista que en América Latina llegaba al poder por la vía electoral. Finalmente, fracasados ambos intentos, la orden fue derrocarlo a sangre y fuego.

La desestabilización criminal del imperio (denunciada entonces, pero recién comprobada a fines del siglo XX, por documentación oficial desclasificada del Departamento de Estado norteamericano) incluía acciones de todo tipo: desde el apoyo monetario al Partido Nacional, o el sector más derechista de la Democracia Cristiana (DC), hasta la actuación encubierta de agentes de la CIA en sabotajes y atentados, como el que costó la vida del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, general René Schneider, el 25 de octubre de 1970, dos días antes de que el Congreso ratificara el triunfo de Allende.

El terrorismo contra los militares “legalistas” se multiplicaría después del golpe de Pinochet y alcanzaría al sucesor de Schneider –el General Carlos Prats, para entonces exiliado en Buenos Aires– a quien un operativo conjunto de la inteligencia chilena (DINA) y la CIA asesinó el 30 de septiembre de 1974, en el marco de la Operación Cóndor.

Junto a la confrontación con la derecha, era inocultable que se agudizaban los conflictos en el interior de la UP: entre el sector “duro”, mayoritario en el Partido Socialista, y el enfoque de Salvador Allende, minoritario dentro de la organización.

Los primeros exigían acotar la unidad a los “partidos obreros” y el afianzamiento de los vínculos con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR, que no integraba la UP), mientras rechazaban alianzas con sectores que se alejaban de la Democracia Cristiana (DC). Es paradójico que, con el gradual retorno a la democracia, este sector “duro” ingresó sin mayores complejos ni exigencias a la más que tibia “Concertación”, comandada por la tradicional DC.

Los partidarios de Allende, el PC y otros sectores, apostaban a la construcción democrática del socialismo, ampliando la base de alianzas de la UP, partiendo de acuerdos relacionados al tipo y los tiempos de las medidas económico-sociales que se iban adoptando, las formas de acumulación política, o la posición ante las FF.AA.

Este complejo entramado se sintetizaba, y forzosamente se esquematizaba, con las respectivas consignas de “avanzar para consolidar” o “consolidar para avanzar”, siendo que se partía de las profundas transformaciones del programa de la Unidad Popular, aplicadas con audacia pese a la difícil correlación de fuerzas existente.

 

El acuerdo para formar la Brigada Pampillón

Fue en esos días en que las Juventudes Comunistas de Chile (JJ. CC., o “la J”) y la Fede acordaron el envío de brigadas de trabajo voluntario, que –ante lo delicado del cuadro– debían ser lo más amplias posibles desde el punto de vista político, con el doble objetivo de maximizar la convocatoria en la Argentina y, a la vez, asegurar una mejor recepción y repercusión en Chile.

En este estado de cosas es que nació la Brigada Santiago Pampillón.

El nombre era símbolo de la lucha antidictatorial en Argentina y homenaje al estudiante universitario y obrero metalúrgico asesinado por la policía, en septiembre de 1966, durante una masiva marcha antidictatorial convocada por la Federación Universitaria de Córdoba (FUC), en la Plaza Colón.

Luego del acuerdo entre “la J” y la Fede, la convocatoria para la formación de la brigada, que trabajó durante enero y febrero de 1971, partió de la FUA (La Plata), en acuerdo con la Federación de Estudiantes de Chile (FECH).

¿El propósito? Expresar en concreto la solidaridad internacional con los hermanos chilenos, frente a la ofensiva de la derecha y la descarada injerencia estadounidense; rechazar cualquier aventura belicista de la dictadura que gobernaba la Argentina (con dominio sobre las amplias fronteras a lo largo de todo el país vecino); y ratificar la unidad del movimiento estudiantil latinoamericano.

Este llamado es el que tuvo pleno eco con la llegada de voluntarios de otros países del continente, muchos de los cuales se integraron a la actividad de “la Pampillón”.

La convocatoria superó todas las expectativas, a tal punto que hubo que “elegir” –esto es, rechazar– muchísimas solicitudes, en primer lugar las de propios militantes y dirigentes intermedios de la Fede, pues acudieron estudiantes de todas las identidades políticas populares, incluidos compañeros que ya eran o serían miembros de algunas organizaciones armadas, peronistas y marxistas.

 


Los contingentes

El primer contingente fue el más numeroso –unos 300 jóvenes– y logró un fuerte impacto a su llegada, en una experiencia de inmensa riqueza, de la que hoy quedan recuerdos profundos y anécdotas imborrables, aunque la historia escrita de aquellos años la ignora casi por completo: solo los archivos de los diarios de la época dan cuenta de ella y de la la furiosa campaña que desató la prensa derechista en ambos países.

Aquellos brigadistas construyeron salas de salud y plazas en los barrios pobres de Santiago; refaccionaron escuelas, brindaron atención médica, censaron y realizaron encuestas a la población, e hicieron muchísimos otros aportes que todavía quedan por relatar. Una asignatura pendiente en la reconstrucción de la memoria histórica para todos los que participamos.

Todo lo que lo que aportaron –y todo lo que contarían a su regreso a las distintas provincias argentinas– era y es un tesoro para nuestros pueblos. A la vez, resultaba inaceptable para los gorilas (“momios” en Chile) de ambos lados de la cordillera, por su mensaje de colaboración y difusión de los logros y las luchas del pueblo chileno, así como de la solidaridad argentina.

La dirección (principalmente de la Fede y JJCC) se emplazó como base en la Escuela Japón, en la comuna popular San Miguel, que se transformó en dormitorio y zona de planificación permanente, desde donde partían los brigadistas.

En el caso del contingente que me tocó coordinar se dividió en cinco “mini brigadas”, siempre por decisión consensuada con la UP. Integré la que estaba dirigida por “Lucho”, un socialista chileno más cercano al MIR que a su propio partido, con quien mantuve discusiones interminables –y las más de las veces ríspidas–, en triste equilibrio entre lo trascendente y lo insignificante.

Cuando ya nos habíamos preparado para partir, “Luba”, el inolvidable encargado de cuidar la seguridad de la Brigada por parte de la “J”, nos informó de una drástica decisión: ningún extranjero viajaría a los destinos del extremo sur del país –donde, en un principio, se había previsto que fuéramos–, pues el MIR había iniciado una campaña unilateral de “toma de fundos” (tierras), que produjo una escalada de enfrentamientos armados.

Con el cambio de destinos, a nuestro grupo le tocó una zona de Gualleco, un pequeño pueblito en la Región de Maule. Me acompañaban chilenos de la UP (MAPU, Izquierda Cristiana, entre otros), dos bolivianos del Ejército de Liberación Nacional (ELN), dos socialistas argentinos y quien se convirtiera en una inolvidable amiga, María Ángela Elena Gassmann, Mimí, médica, peronista y luego “Mara”, oficial montonera secuestrada en mayo de 1978.  

Formábamos un verdadero arcoíris de matices políticos e ideológicos, y conocí formidables seres humanos: chicas y chicos de diferentes procedencias geográficas, pero con una profunda convicción, y la decisión de aportar al “camino chileno al socialismo”.

La tarea no fue sencilla. Apenas llegados al pueblo nos encontramos, azorados, con gente encerrada en sus casas, con los animales de granja ocultos, pues el Partido Nacional –y la derecha de la DC– había sembrado el terror entre los pobladores, a los que convencieron de que veníamos a “socializar tierra y propiedades”, incluidos los animales. Me imagino que alguno hasta habrá dado por hecho, como se propagandizaba burdamente en aquellos años, que también a la mujer y los hijos serían “propiedad de todos” …

Lentamente –y, por cierto, luego de acordar con una centroizquierdista “puntera” de la DC–, hicimos base en una escuela en receso veraniego, con nuestras mochilas y bolsas de dormir. Desde allí pudimos encarar nuestro trabajo, que consistía fundamentalmente en el censo de alfabetización.

Pese a las rispideces iniciales, terminamos logrando un acto-presentación con los pobladores, y hasta un desafío futbolístico –anunciado pomposamente como “Chile vs. El Resto del Mundo”– donde nos dieron una paliza inapelable: 13 a 7.

Sobre el fin de las tareas, recuerdo que el socialista nos envió a varios argentinos a censar una localidad perdida en los cerros, situada a un día de viaje a caballo. La experiencia fue irrepetible: compartimos con los lugareños la “trilla a yegua suelta”, con los métodos de fines del siglo XIX, y –pese a la desconfianza inicial– siguió el más increíble afecto de los productores y campesinos.

Pero el envío a esta localidad encubría, en realidad, otra intención, que se reveló cuando regresamos a la base: nos encontramos con “la J” a cargo del lugar, y el resto del grupo ya en viaje de vuelta a Santiago, pues el socialista –junto con los del ELN y miembros del MIR de la zona– había marchado a tomar fundos, armas en mano, en una maniobra que desvirtuaba el trabajo realizado, y golpeaba la imagen del Gobierno Popular en general; una maniobra que destruyó los lazos de confianza que habíamos comenzado a construir con quienes nos habían recibido con tanto temor.

 


Por la vuelta

Apenas unas horas después del regreso –sin todavía poder enderezar completamente las piernas a consecuencia de las horas de cabalgata– emprendimos el viaje a Santiago.

Luego permanecí unos días sin actividad alguna, sin idea del por qué, hasta que me revelaron el motivo: la “J” tenía información confiable de que figuraba en un listado de brigadistas a los que la dictadura argentina esperaba para apresar en la frontera, irritados por mis declaraciones a diarios y programas radiales chilenos, y el publicitado final de la experiencia en Gualleco.

Tanto la llegada como la salida de Chile estuvieron plagadas de obstáculos. Muchos compañeros fueron demorados y aún encarcelados en los pasos fronterizos, como -recuerdo entre otros- los estudiantes Elbio Blanco (Derecho de la UBA) y Miguel Ángel “Coco” Miró (Arquitectura UNC), quien había sido condenado por los tribunales militares durante el Cordobazo. Ambos fueron procesados por la “ley” 17 401, de Represión del Comunismo.

El clima en nuestro país era de un fuerte anticomunismo y antiperonismo, de agresividad e intimidación general, y en todos los puestos de Gendarmería, tapizados con aquel cartel de “Denúncielos” que tenía las fotos de los montoneros que habían participado en el “operativo Aramburu”.

Finalmente,  la “J” me indicó un intrincado itinerario de reingreso a la Argentina y posterior llegada a Buenos Aires.

En el largo camino de vuelta, lejos estaba de imaginar que a los entrañables pueblo y territorio chilenos –con los que me había encontrado por primera vez para la asunción de Salvador Allende, en noviembre de 1970– se enlazarían por siempre con mi propia historia.

No solo por la Brigada Santiago Pampillón, sino por haber formado parte, luego, del equipo de inteligencia e información parcialmente instalado en Córdoba 652, 11 E, Buenos Aires, cuya cabeza periodística visible fue Isidoro Gilbert.

El equipo organizó, durante el largo cerco dictatorial –con gran riesgo, pero aún mayor imaginación– el armado y mantenimiento de las fuentes y la logística para la recepción, y posterior envío al exterior, de las principales denuncias de lo que sucedía en Chile (además de Uruguay, Paraguay y, en menor medida, Bolivia y Brasil), base de lo que luego permitió desentrañar el mapa e itinerario de la siniestra Operación Cóndor.

Pero esa es otra historia…

martes, 6 de diciembre de 2016

Polo, veinte años después


   Para mí son 33.

   Recuerdo la primera entrevista que tuve con Claudio, entonces con apenas 19 años, en la redacción recién salida de la clandestinidad de Aquí y Ahora, la revista de la Fede, que entonces dirigía, un talento que atropellaba, pese a su modestia: pichón de periodista había conseguido.

   Luego, pantallazos: sus primeras crónicas y notas, su abrazo el día del nacimiento de mi primera hija, Yamilé, en la sala de espera de la maternidad, en enero 1984, él último --días antes de su muerte-- cuando lo sentí tan cercano, pero irremediablemente lejos.

   En el medio,  el impacto irreversible que produjo su aparición en la televisión de la época y en miles de jóvenes periodistas su éxito, mientras aún veo una y otra vez malos imitadores de lo que nace solo una vez.

   Esa etapa, que reconozco viví con un orgullo al que (sabía) no tenía derecho, la seguí de lejos.

   En estas líneas, que tomo prestadas, las refleja la revista SUDESTADA:

"La aparición del programa de Polosecki a principios de los noventa representó algo más que una bocanada de aire fresco, fue la definitiva imposición de un estilo inédito en televisión.
"La clave fue detenerse en aquellas historias que ya nadie se preocupaba por escuchar. Esa nueva mirada que se instaló a partir del impacto de El otro lado se basaba en la búsqueda de historias que estaban allí, casi ocultas en las calles de Buenos Aires. El programa de Polo se encargó de correr las luces y enfocar la mirada hacia esas miles de historias escondidas en las sombras de la vida diaria y protagonizadas por ladrones, por vecinos, por trabajadores. Una verdad poética recorrió desde el principio su trabajo y generó una mística propia: lo extraordinario respira en lo cotidiano.

"Polosecki terminó sus días arrojándose bajo las vías de un tren el 3 de diciembre de 1996, dejando tras de sí una brumosa estela de dolor e interrogantes, pero también un legado artístico que resuena hasta nuestros días.

viernes, 30 de octubre de 2015

"Secretos en Rojo": Opina Víctor García Costa


         Estamos en presencia de un libro dolorosamente autobiográfico. Es el libro de Alberto Nadra, un joven viejo millitante, ahora  ex militante, primero de la famosa “Fede”, Federación Juvenil Comunista, y del Partido Comunista Argentino, cuyo Comité Central  integró. En alguna medida es el libro autobiográfico de una familia: la familila Nadra, todos militantes de ese Partido. La cabeza visible fue el doctor Fernando Nadra, abogado, escritor y poeta, padre de Alberto, también destacado dirigente del Partido, al más alto nivel. Todos ellos han sido –Fernando, ya fallecido- y son, mis amigos y en buena medida compañeros de lucha por un mundo sin explotadores y explotados -por mi parte, desde el Socialismo Argentino- en una etapa muy difícil de la vida Argentina. Con Fernando Nadra fuimos, además, compañeros de lucha en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos durante la dictadura, en épocas en que cualquier error podía significar la desaparición y la pérdida de la vida.
    Los Nadra, como tantos otros abnegados militantes, entraron en conflicto con la dirigencia partidaria, al punto de haber sufrido una verdadera persecución, de lo que da cuenta con detalle el libro de Alberto Nadra, que saca a la luz cuestiones absolutamente desconocidas hasta por quienes podrían jactarse de un amplio conocimiento sobre la vida interna de los Partidos,
     A nuestro juicio, el Partido Comunista de Argentina fue excesivamente dependiente del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo que, repetimos, a nuestro juicio, afectó las posiciones políticas y la vida interna de ese Partido a lo largo de su historia. De ninguna manera, lo que decimos va en desmedro ni de las formidables realizaciones de la Unión Soviética desde la Revolución de 1917, ni de la lucha sacrificada y heroica de los militantes comunistas argentinos, muchos de ellos asesinados, secuestrados y desaparecidos.
       Ya algunos dirigentes destacados habían recorrido ese duro camino de enfrentamientos internos en distintas coyunturas políticas; Juan José Real, Rodolfo Puiggros, Ernesto Giúdice y otros que marcharon por una suerte de cornisa, como el destacado intelectual Héctor P. Agosti a quien sorprendió la muerte antes que se agravara el conflicto con él. En su ceguera, frente a la discrepancia interna. la dirección partidaria llegó a destrozar y vender por papel gran parte de la importante obra escrita de los dirigentes desplazados, entre ella la de Rubens Iscaro y de Fernando Nadra, parte de la cual, aunque rota, pudimos recuperar en la papelera en que había sido vendida. Una verdadera salvajada.
          El libro de Nadra sirve, también para conocer el proceso político argentino de los últimos 40 años, lo que incluye la dictadura que asoló Argentina desde 1976 hasta 1983. Es un libro valiente con el que, al escribirlo,  debe haber sufrido el  profundo dolor de un verdadero desgarramiento, tanto mayor, cuanto mayor ha sido la entrega abnegada.

            Un libro atípico, como dice su prologuista, que ayuda a desbrozar el complejo tránsito político de los argentinos.

Víctor García Costa, histórico dirigente del socialismo argentino e internacional, cuya vasta obra, en la que destaca Alfredo Palacios. Entre el clavel y la espada, fue en gran parte traducida a varios idiomas.

viernes, 23 de octubre de 2015

"Secretos en Rojo": Opina Cristina Civale


   Yo fui de la Fede durante los años duros de la dictadura. Yo estudiaba en la facultad más politizada en la era más despolitizada de nuestra historia: la facultad de Filosofía y Letras a finales de los 70. Yo me crucé, antes de afiliarme, con escasos militantes que se atrevían a hablar: el primero que me encaró tuvo mi fidelidad y mi militancia. Fue un chico alto, rubio y de rulos. En ese entonces, antes de entrar a la Fede, seguía atenta lo que sucedía en el país a través de la lectura del Buenos Aires Herald. No tenía una familia que hubiese militado, ni amigos ni amigas ni vecinos. Mi entorno más bien se inclinaba por “el algo habrán hecho”.

   La resistencia universitaria estuvo compuesta por un sólido tronco comunista, sí nosotros los de la Fede, los troskos, algunos tapados de la jotapé y nada más. No había radicales, el PI llegó sobre el fin de la guerra de Malvinas junto a todos los demás, cuando ya no había peligro. Yo los consideré cobardes y oportunistas. En las trincheras del miedo estábamos nosotros, el secreto mejor guardado de los años K, nosotros hicimos nuestra propia década ganada en la lucha oscura mientras los compañeros de todos los partidos que habían resistido eran chupados en centros clandestinos. Secretos en rojo viene a contar ese agujero negro por el que injustamente se ocultan mis años más intensos de militancia. Yo le gané a la dictadura, lo puedo decir. Le gané desde la Federación Juvenil Comunista que se hizo presente en cada acto de resistencia concreta. Me recuerdo atacando ingenuamente con bombas de mal olor a Kissinger, asistiendo en primera fila con una remera a rayas a la primera marcha estudiantil contra la dictadura que salió de la Facultad de Ciencias Económicas y llegó al Palacio Pizurno y fue reventada a palos por la cana. No había nadie más. Ninguna otra alma que no fuese roja.
   Desde dentro me opuse a la alianza cívico militar, al apoyo a la guerra de Malvinas, a legalizar el partido dando mi nombre para que pudiera ir a elecciones en 1983. A mí me echaron de la Fede apenas empezó la democracia porque sospechaban que era una infiltrada y por todo lo demás. Los rojos se volvieron rosados. Les perdí el respeto y empecé a predicar que la patria es mi cuerpo. Sin embargo y con todo, considero que es tiempo de revelar que allí estuvimos los rojos, los comunistas defensores absurdos de la URSS y de Cuba, nosotros solos con unos pocos otros. Yo lo sé porque estuve y me echaron a patadas en el culo. Alberto Nadra jamás dejó de saludarme y apreciarme aún en nuestras diferencias.
   Destaco su libro porque pone en valor mis años de juventud y resistencia, los míos y los de una generación que sobrevivió y luchó cantando la internacional y pintando martillos y hoces cuando era un delito. 
   Secretos en rojo sangre, no secretos en rojo vergüenza. La vergüenza es el silencio sin adjetivos, un sustantivo oprobioso que no quiero permitir.

Cristina Civale, periodista, guionista y directora cinematográfica, y escritora (Chica fácilHijos de mala madreAdiós AméricaPerra Virtual, entre otros).

miércoles, 7 de octubre de 2015

"Secretos en Rojo": Opina Elsa Osorio

   

   
Los conocí bien, a los de mi generación porque compartí con ellos ideales, asambleas, marchas, y el hacha que nos partió a todos en los tiempos salvajes; y conocí a los anteriores, los contemporáneos de Mika, la capitana del POUM,  en los libros y artículos de revistas ajadas por el tiempo, en los documentos, y sobre todo -aunque esto parezca raro- escribiéndolos en una novela.
   Nunca entendí a esta suerte de primos hermanos, ¡son un misterio los de la FEDE, los del PC! A veces me dieron pena por las limitaciones que el Partido imponía a sus alas revolucionarias, por la traición de sus dirigentes a las bases,  y otras veces, bronca, mucha bronca por esa ceguera obstinada.
   Sin embargo, leo siempre sobre el Partido, mi curiosidad nunca se sacia.
  El libro de Nadra me acerca a ellos para quererlos y detestarlos una vez más, como un baúl de secretos rojos enredados, voy sacando de él las anécdotas del Che; el fraude del  “viraje en unidad”, lo que no me asombra aunque no lo conocía así, con todos sus jugos, como Alberto lo escribe; los recuerdos, dolorosos algunos, en el seno de una familia que le dio todo al partido.
  Pero más importante aún, este libro me trae un militante, un hermano, alguien que comparte la ilusión por un mundo mejor, un luchador, un hijo de su viejo, Fernando Nadra. 
   Su libro transmite con eficacia esa desesperación que los personajes de mi novela –y yo misma escribiéndolos- vivieron en Berlín en el 33, y más tarde en la guerra civil española.
  Secretos en Rojo: Un libro que enseña y que transmite pasión.  Investigación y memoria viva. Gracias, Alberto Nadra.


Elsa Osorio, escritora. Autora de A veinte años Luz y Mika, entre otras obras.

viernes, 2 de octubre de 2015

Con Ismael en mi corazón


Ismael, "El turco", mi hermano
   Hace unos pocos minutos un abrazo me unió por segunda vez con Ricardo Salame, hermano de mi hermano Ismael, en un homenaje que le brindaron sus compañeros del peronismo revolucionario.

    Mi “paisano” tenía dos o tres años más que yo, cuando cayó en desigual combate el 29 de septiembre de 1976, y ahora, décadas después, este amigo con espaldas ya cargadas de militancia y y dolores, lo recuerda intacto, inmaculado, con aquellos 29 jóvenes y heroicos años.

  Es mi orgullosa obligación recordarlo, mantenerlo con nosotros para las nuevas generaciones.

   Lo hago con las mismas palabras que lo hice en mi libro, “SECRETOS EN ROJO, un militante entre dos siglos”. También, con la descripción de ese monumental reconstructor de la historia del combate peronista, Roberto Baschetti, en el suyo: “MILITANTES DEL PERONISMO REVOLUCIONARIO. Uno por uno”.


      Primero Roberto, como corresponde. Luego el recorte de mi memoria.

    “Negro”. “Turco”. Nació en Tucumán  en febrero de 1947. Ya en su adolescencia se destacaba por el interés político y social que despertaba su pueblo, ese mismo pueblo que en 1966 acababa de soportar un golpe asestado por la dictadura de Juan Carlos Onganía, con el cierre de 11 ingenios azucareros tucumanos, y que provocara la gran destrucción económica industrial, generadora del éxodo de 200.000 compatriotas, a las villas de emergencia del Gran Buenos Aires.
   En ese momento Ismael integraba la Juventud Peronista de la IIIª Zona y alimentado por las lecturas del revisionismo histórico, fue parte de una generación que va forjando una conciencia profundamente peronista y revolucionaria. Luego llega a la universidad como estudiante en la Facultad de Derecho, es ahí donde se suma al Integralismo y milita en el ambiente estudiantil, participando activamente en los dos tucumanazos de 1969 y 1970.
Baschetti: gran reconstructor  de la memoria
peronista,traza la semblanza de Ismael, en "
Militantes del Peronismo Revolucionario"

   Para todos sus compañeros, será un referente en la campaña del “Luche y Vuelve” y ya en 1972 pasa a integrar la Mesa Nacional de Conducción de la Juventud Peronista. Como máximo exponente de la Regional V de J.P. (Salta, Tucumán, Jujuy), integra la comitiva que trae al General Perón de vuelta a la Patria, luego de 17 años de injusto exilio. Destruido el sueño peronista de un excelente tercer gobierno y luego de la muerte del líder (1974), Ismael profundiza aún más su compromiso político; y será entonces un cuadro montonero, oficial segundo de ese ejército popular que se fue forjando a la luz de las luchas populares.
   Cayó combatiendo junto a otros cuatro compañeros (Alberto José Molinas Benuzzi, José Carlos Coronel, Ignacio José Bertrán y Victoria Walsh) en el llamado combate de Villa Luro sobre la calle Corro, el 29 de septiembre de 1976. Ellos cinco, enfrentaron a 150 uniformados armados hasta los dientes. No se entregaron con vida.  Días después, en el frente de la casa, aún humeante por lo sucedido, un grupo de milicianos escribió: “Aquí murieron cinco héroes montoneros”. 
   Al momento de su deceso era responsable nacional de las relaciones montoneras con las Juventudes Políticas Argentinas. Precisamente ese cargo lo llevó a discutir y confraternizar a la vez con otro “turco”  al que apreciaba mucho, (Alberto Nadra), éste de la Federación Juvenil Comunista (FJC-La Fede) quien le ofreció sacarlo a Cuba ya que su situación y su seguridad se volvían insostenibles. Agradeció el gesto, dijo que no podía y se quedó peleando en la Argentina hasta su muerte.


Carta para Ismael (Alberto Nadra)

   “Turco” querido, perdona que repita el apodo que se pegó a tu figura para siempre, y que en aquellas tardes de la calle Agüero, charlábamos acerca de lo absurdo, y hasta cruel, que nuestro abuelos y sus descendientes hayan sido “rebautizados” con la nacionalidad de los invasores, los ocupantes de su Siria natal, donde exterminaron a sangre y fuego a nuestras familias, toda en mi caso, cuando no pudieron huir.

   ¿Sabés? Hay momentos como éste, en que recuerdo tu sonrisa amplia, tus carcajadas, o tal vez esa mirada firme que cerraba senderos de diálogo que sabias no podías transitar. Momentos en que te imagino maduro y reflexivo, a veces chicanero y preguntón. Instantes en que recuerdo que, entonces,  teníamos varios años menos de todos los que pasaron desde que te abatieron en lo que tus compañeros llamaron "El combate de la calle Corro", en Villa Luro.
 
En sus páginas, el recorte de su
imagen en mi memoria
   Allí, donde Vicky Walsh, gritó a la jauría armada, esa que escondía su miedo tras una abrumadora superioridad en número (150 efectivos frente a cinco combatientes) y poder de fuego. Les gritó --en medio de los lanzagranadas y miles de municiones con que destruyeron la casa--  sin duda pensando en los miles de compañeros secuestrados, torturados, martirizados hasta la muerte: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”.

   No era parte de un “culto a la muerte” como dicen algunos que no habían nacido y jamás podrán sentir lo que se sentía luego de la “primavera camporista”, el gobierno del mismo Perón que acompañaste de vuelta en el avión desde Madrid, la funesta gestión de Isabel, López Rega y la Triple A.

   No, no era un culto a la muerte. Fue la reivindicación victoriosa de la vida sobre la muerte que ELLOS, no ustedes, representaban.

   No quiero, pero necesito, o debo, no lo sabría decir con claridad, recordar ese final, que alguien describió con estas palabras: “…  el 29 de septiembre de 1976, ya con el golpe oligárquico militar en marcha para imponer un Estado terrorista y genocida, se realiza una reunión de militantes montoneros quienes sufren una emboscada: ese día mueren en el enfrentamiento que se conoce como el Combate de la Calle Corro, los compañeros Ismael Salame, José Carlos Coronel, Eduardo Beltrán, Victoria Walsh y Alberto Molina. Días después, en el frente de la casa aún humeante del combate, un grupo de milicianos pintó: "Aquí murieron cinco héroes montoneros".

   ¿Qué milagro en esos días tempestuosos, terribles e irrepetibles hizo que pudiéramos saltar las diferencias y abrazarnos como amigos? ¿Qué éramos “paisanos”?, ¿El casi idéntico tono de piel?, ¿La sintonía fina para captar/nos las ironías? ¿Aquellas interminables jornadas en las que charlábamos, o discutíamos, acerca del rumbo que debía tomar el movimiento de las Juventudes Políticas Argentinas? Tal vez un poco de todo, y de algo indefinible que simplemente sucede.

   No me lo pregunto porque sí. Es que precisamente recuerdo un encuentro en una casa “blindada” de la Fede, poco antes de tu caída en combate, cuando nos despedimos con un abrazo, fuerte, casi premonitorio.

   Ya no tenías tu clásico bigote, ni la sonrisa fácil. Sin embargo  acababas de rechazar la oferta de la dirección de la Fede para sacarte esa misma noche, sin moverte de la casa fortificada en la estábamos, rumbo a Cuba, pues nuestra información decía que tu situación era insostenible. No podías, dijiste, y diste una explicación que guardo para recordártela cuando nos reencontremos, donde sea que ocurra.

   Acaso entonces algunas preguntas tendrán su respuesta, y te podré contar que en medio de secuestros y asesinatos de mis propios camaradas, un 29 de septiembre, en la oficina de Prensa Latina en Buenos Aires, cuando escribía el despacho con la versión de la Télam dictatorial a la vista, sentí que ese momento, contigo mi amigo, moría una parte irreemplazable de mi  corazón.

   Una Olivetti, Lexicon 80, es testigo fiel.

   Tu compañero entonces, ahora y hasta que nos encontremos

                                                                                                         Alberto Nadra

 
Abrazo postergado. Con Ricardo Salame, hermano de sangre
 de mi hermano del alma

martes, 25 de agosto de 2015

RIZZO interpreta NADRA

Poco más de 12 minutos de pura emoción.

Tres fragmentos de SECRETOS EN ROJO. Un militante entre dos siglos, interpretados por Raúl Rizzo.

Las viejas banderas. La infancia perdida. Leonor y la tortura. 




jueves, 3 de octubre de 2013

Graciela, ahora y siempre

GRACIELA PANE tenía 23 años y estaba embarazada cuando fue secuestrada, torturada y asesinada el 3 de octubre de 1975, por el grupo parapolicial Alianza Anticomunista Argentina (las “Tres A”). Dirigente estudiantil y militante de la Federación Juvenil Comunista (FJC).

Graciela tenía 23 años e iba a ser madre; Liliana, 20 recién cumplidos soñaba con lo que, finalmente,  sería una carrera de cantante profesional.   Con su hermana tocaban piano y guitarra, y componían canciones. El 2 de octubre de 1975 una patota arrancó a la mayor de las hermanas Pane de su casa en Sarandí y al día siguiente fue asesinada.
Aquel octubre de 1975, en medio de un verdadero baño de sangre, de una multitud de crímenes, secuestros y atentados con bombas de todo tipo, un grupo de tareas secuestró a Graciela de las puertas de su casa en Sarandí, la torturó con saña a pesar de su embarazo, la asesinó y la arrojó cerca de las piletas de Ezeiza. Graciela era estudiante de ingeniería química de la Facultad Regional Avellaneda de la Universidad Tecnológica Nacional, delegada de su curso, militante del Centro de Estudiantes y de la Federación Juvenil Comunista.
Ese mismo día, un jueves como hoy, la noticia cayó como una bomba en Agüero 833, el edificio sede del Comité Central de la FJC.  Casi 50 compañeros, en distintas tareas y reuniones acatamos inmediatamente las indicaciones de los distintos responsables para mover cielo y tierra, encontrar a Graciela y salvarla: viaje a los princípiales regionales a movilizar a la Fede y al partido, teléfono para avisar a todos los comités provinciales del país. Sabíamos que cada minuto contaba.  Lo habíamos logrado antes con la movilización, a veces acompañada con informaciones reservadas de anónimos miembros del partido o la Fede en los lugares más inverosímiles. También ya a esa altura nos habían asesinado a muchos camaradas, muchos, demasiados para nuestra paciencia juvenil.  Creo que muy poco tiempo atrás habían ametrallado el frente del local de la Fede en Devoto, en la calle Bahía Blanca, pero la respuesta de los compañeros de la guardia, anónimos cuidadores de nuestras reuniones y destinos, los obligó a llevarse, en medio de un fuerte cruce, al menos uno de sus secuaces que había quedado tendido al lado del vehículo que los transportaba.
Entonces trabajaba como periodista y militaba en la Comisión de Relaciones Políticas, en las Juventudes Políticas Argentinas (JPA), las que inmediatamente nos hicieron llegar su solidaridad y apoyo: la JP, terriblemente castigada por secuestros y asesinatos; la Juventud Radical, la Intransigente, socialista, democristiana. Casi todos vinieron inmediatamente a dar su apoyo personalmente.  Pero ese trabajo quedó en manos de Echegaray, Enrique Dratman y otros. Internacionalmente Francisco “Cacho” Álvarez se comunicaba con las organizaciones internacionales para que exijan al gobierno su rápida acción. Lamentablemente, era una rutina memorizada por todos en aquellos días.
Por mi profesión,  lo más indicado era redactar el comunicado de condena y la exigencia de su aparición haciendo responsable al gobierno,  en particular al ministro del Interior, entonces  Ángel Robledo, y a la propia Presidente, María Estela Martínez, alias “Isabel”. Me llevó pocos minutos, las teclas subían y bajaban al latido de mi corazón, algunos datos acerca de Graciela, su edad, la misma que la mía. Hablé personalmente con algunos amigos en los medios, como siempre poco propensos a publicar “denuncias”, y una decena de compañeros salieron en tres coches a repartir los comunicados artesanales, en épocas en las que no existían mails, ni internet, ni fax, ni siquiera fotocopias, mientras los gigantescos  y negros teléfonos de línea respondían, generalmente mal, según un humor incomprensible.
Ninguno durmió esa noche en Agüero, y creo que pocos en todos los locales –muchos entonces—de la zona sur del Gran Buenos Aires; delegaciones, entrevistas, reclamos, recorridas por comisarías y oficinas públicas: miles de jóvenes comunistas haciendo lo posible, desde pintadas a volantes, “habladas” en colegios y universidades.
Por la mañana del viernes 3 de octubre, mi  indignación fue inmensa cuando los principales matutinos no publicaron una línea del secuestro de Graciela.
La noticia de la muerte, y en qué condiciones me la dieron Jorge Pereyra y Patricio Echegaray, entonces, respectivamente, secretario de la Fede y responsable del trabajo con las JPA.  La inmediata convocatoria era previsible, como tantas otras veces mi “oficio” me condenaba a no llorar y escribir. Escribir el repudio por el asesinato de Graciela, la condena a las bandas parapoliciales, la condena a los que impulsaban ese clima de terror para paralizar a los luchadores, y preparar un baño de sangre mediante un nuevo golpe de Estado. A muchos amigos de otras fuerzas les parecía exagerado, algunos incluso creían que “el golpe ya se dio” con Isabel y las bandas.
Ahora sí, el morbo de la mano de la política, la foto de su cuerpo torturado, hallado en los bosques de Ezeiza fue publicada por los diarios, y el rector de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), a la que concurría Graciela, hizo un discurso en el que exaltó la acción “pacificadora” de la “Misión Ivanissevich” (el  fascista interventor universitario designado por “Isabel” Martínez) y alertó que los estudiantes que no lo comprendieran así “sufrirán las consecuencias”. 
Graciela estudiaba Biología en la UTN, era dirigente estudiantil y militaba en la Federación Juvenil Comunista. Había recibido amenazas de muerte por parte de los matones del decanato, al igual que su hermana, que trabajaba en un quiosco del centro de estudiantes. En su denuncia judicial, impulsada por la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, su hermana, hoy la cantante Lina Avellaneda, explicó que tanto ella como su hermana recibieron “amenazas de muerte en los días anteriores al 2 de octubre de 1975, de parte de un individuo conocido como Carlos Alberto Polo, quien presumiblemente se desempeñaba como jefe de Seguridad de la UTN de Avellaneda, y también por parte del propio rector de la referida universidad, Agustín Monteagudo, y su colaborador Raúl Bronzzini”.
Estos fueron denunciados penalmente ante la policía provincial y el Juzgado de Instrucción Nº 5 de Lomas de Zamora, a cargo del doctor Mario Moldes, quedó en la nada. Por entonces, también se abrió una causa federal contra los responsables de la Triple A, pero tampoco prosperó. Luego vino la dictadura y recién al retirarse los militares, alguien se acordó de que López Rega estaba en un exilio dorado en los EE.UU. y lo trajeron, pero al morir éste, la causa volvió al sueño de la injusticia. Por la vinculación entre esas intimidaciones y el posterior secuestro y asesinato de Graciela Pane declararon Florentino Narváez, dirigente del centro de estudiantes que fue detenido junto con Graciela por la policía bonaerense días antes de su asesinato, y el actual decano de la UTN de Avellaneda, Jorge Omar Del Gener. Por esos días, las noticias sobre los asesinatos de la Triple A aparecían en los medios, por lo que este hecho tuvo repercusión nacional y a nivel local, en Avellaneda, donde el Concejo Deliberante se solidarizó con la familia Pane.

José Schulman, entonces dirigente de la Fede de Santa Fe, y actual secretario de la Liga Argentina por los Derechos del hombre (LADH) recuerda que recién a finales de 2006 que al ser capturados en España los jefes policiales Morales y Almirón, el juez Oyarbide «encontró» en un armario de su despacho la causa dormida desde 1975, fue entonces que los familiares de Graciela, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y su partido nos presentamos ante el juez a reclamar que incorpore su caso a la causa. Fue entonces que los defensores de los represores adujeron caducidad de ésta porque consideraban que matar a una muchacha embarazada, como parte de un plan de exterminio de una cultura política de rebeldía y resistencia al capitalismo, no constituye un «crimen de lesa humanidad», luego de eso, el camarista doctor Freiler creyó estar inhibido de actuar por haber presentado en algún momento un  escrito sobre no sé qué cuestión de la causa…. y ese aparente “equívoco” demoró la causa otros catorce meses, hasta que sí, la Cámara Federal de Buenos Aires votó dos a uno que eran crímenes de lesa humanidad y que correspondía investigar. Fue entonces, prosigue Schulman, que “el fiscal Taiano se tomó todo el tiempo del mundo para elaborar un dictamen que presentó a finales del 2008 consintiendo investigar. Pero igual la causa sigue inmóvil. Paro. Yo no sé cómo contar estas chicanas jurídicas absolutamente delirantes e inentendibles para cualquiera que no pertenezca al mundo de los Tribunales Federales, así que opto por algo parecido a la ironía para decir que estoy harto, harto hasta al hartazgo, de la hipocresía y la falsedad de los que convalidan la impunidad con caras de «yo no fui ni lo volveré a hacer»” (…). Porque Graciela estaba ahí, vivita y coleando, con un niño en sus entrañas y un poema en su  mirada, con sus temores y sus alegrías -como todos los de esa época-, y la mataron. Y su crimen está impune”.