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Mimi
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Con Ismael en mi corazón
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viernes, 16 de agosto de 2013
Cinco años sin "Cacho" Scarpati
lunes, 10 de octubre de 2011
La Ideología de los Montoneros en "El Descamisado"
Buenos Aires, 8 de octubre (Télam).- Las hermanas Nadra, Giselle y Yamilé, dieron el paso para revisar el archivo de la revista "El Descamisado", y deducir de esa lectura minuciosa la ideología de la organización Montoneros, que volcaron en un libro de aparición reciente.
El volumen, publicado por la casa Corregidor, fue presentado por un panel de notables -entre los que se contaban los periodistas Miriam Lewin y Norberto Colominas- la semana pasada en la 5ta. Feria del Libro Social y Político que tuvo lugar en la sede del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
Giselle Nadra nació en Buenos Aires en 1985; es licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Belgrano, e integrante del Instituto Superior de Seguridad Aeroportuaria; actualmente, está en comisión por el Observatorio Argentino de Drogas (OAD).
Yamilé Nadra nació en esta misma ciudad un año antes. Abogada por la Universidad Torcuato Di Tella, es integrante de la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las Causas por Violaciones a los Derechos Humanos cometidos durante el período 1976-1983 en la Procuración General de la Nación.
En la introducción, las autores explican por qué eligieron a los Montoneros y por qué a "El Descamisado": "El 22 de mayo de 1973 salió a la luz el primer número. A tres días de la asunción de Héctor Cámpora como presidente de la Nación".
"En esta etapa de casi tres años de convulsionada democracia -prólogo acorde con uno de los capítulos más oscuros en la memoria argentina-, `El Desca`, como se referían a él la mayoría de sus lectores, surgió como la primera publicación de la organización político-militar Montoneros", cuentan las autoras, nietas del histórico dirigente del Partido Comunista Argentino, Fernando Nadra.
El semanario se difundió legalmente hasta el 8 de abril de 1974, con una tirada que osciló entre los 100 mil y los 150 mil ejemplares, que se vendían en todo el país.
Las hermanas Nadra, de sólida formación académica, leen en esas páginas dirigidas por Dardo Cabo (hijo del sindicalista Armando), un punto que nunca queda del todo despejado: ¿qué ideología era la de los Montoneros; eran reformistas o revolucionarios?
"La gran popularidad de Montoneros combinada con su imposibilidad de lograr un triunfo político, es a menudo percibida como paradojal", escriben las hermanas Nadra. "Esta aparente paradoja, sumada a los demás elementos de importancia de la organización (...) ha conducido a historiadores, periodistas, politólogos y ex miembros de la propia organización, a investigar, analizar y/o exponer elementos relevantes para comprender el fenómeno".
Este libro, que define desde el principio que se quiere decir cuando se dice ideología, es un aporte más, no en la vertiente más periodística o testimonial, sino desde las organizaciones armadas mismas en su estructura y operaciones, a ese debate, acaso alguna vez salvado. (Télam)
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Montoneros. Ideología y Política en El Descamisado

Se trata del libro de Yamilé y Giselle Nadra que Ediciones Corregidor presenta el martes 4 de octubre en el marco de la Feria del Libro Social y Político –organizada por la Cámara Argentina del Libro y con el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Nación– que se desarrollará en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543) durante la primera semana del próximo mes.
La obra será presentada, por un panel integrado por Miriam Lewin, Armando Vidal, Isidoro Gilbert y Marcelo Langieri, con la coordinación de Norberto Colominas, y en compañía de las autoras, a las 19.00 horas, en la Sala Raúl González Tuñón, 1º Piso
Acerca del Libro
¿Quiénes fueron los Montoneros? ¿Qué inspiró a tantas personas –en particular, a tantos jóvenes– a seguir sus consignas? ¿Cuáles eran esas consignas? ¿Cuáles sus limitaciones?
Con el retorno de la democracia, en 1983, aparecieron las primeras obras acerca de Montoneros y, a fines de los 90 se produjo una explosión editorial acerca de la llamada “militancia revolucionaria” de entre 1960 y 1982. Cada uno de estos trabajos aporta desde algún ángulo –con inclinación histórica, con aspiración académica, o simplemente testimonial– a la respuesta de los interrogantes planteados. Pero ninguno responde de una manera sistematizada un interrogante esencial para entender el “fenómeno Montoneros”: la organización ¿realmente tenía una ideología definida? Y en caso afirmativo, ¿cuál era?
Este libro –elaborado a partir de una exhaustiva documentación y el análisis pormenorizado de El Descamisado (publicación que la organización difundió legalmente hasta su clausura en abril de 1974, con una tirada superior a los 100 mil ejemplares)– lo responde. De manera sencilla, accesible y entretenida para cualquier lector. Pero, al mismo tiempo, permitiendo una visión más compleja y profunda para aquel que desea adentrarse en reflexiones sobre ideología en sus sentidos fuerte y débil; socialización latente y manifiesta; identidad social; efectos de fusión y transformación en el campo ideológico. En síntesis, una sistematización de análisis previos sobre el fenómeno, encarados con interesantísimas herramientas para investigadores y académicos. Una lectura imperdible para cualquiera interesado en la militancia revolucionaria de aquellos años.
Sin el facilismo de saborizar con anécdotas lo que es un riguroso ensayo, el libro impacta y atrapa gracias a una prosa cuidada y su claridad de conceptos. Se podrá coincidir o disentir con sus conclusiones, pero Corregidor presenta un trabajo llamado a ser material de consulta ineludible sobre una época crítica de la historia argentina.
Acerca del panel
Armando Vidal. Decano de la prensa parlamentaria. Vicepresidente de Télam (2003/4). Autor de El Congreso en la Trampa y Rieles de Lucha.
Miriam Lewin, nominada en seis oportunidades al premio Martín Fierro en las categorías Mejor Labor Periodística en Televisión y Radio. Coautora de Ese infierno. Conversaciones con cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA.
Isidoro Gilbert. Escritor y periodista, autor de El Oro de Moscú, El Largo Verano del ’91 y La FEDE. Durante casi tres décadas fue corresponsal de la agencia TASS, Director del semanario Soluciones junto a John W. Cooke e Ismael Viñas.
Marcelo Langieri. Coordinador del Programa UBA XXII, de Educación en Cárceles, y del Programa Grupos de Trabajo CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales). Ex secretario Académico de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.
Coordinador: Norberto Colominas. Ex Jefe de Redacción de El Periodista y Télam, autor de Cabezas. Crimen, Mafia y Poder, junto a Enrique Sdrech.
Acerca de las autoras
Giselle Nadra: Buenos Aires, 1985. Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Belgrano). Integrante del Instituto Superior de Seguridad Aeroportuaria (ISSA), PSA; actualmente en comisión de trabajo solicitada por el Observatorio Argentino de Drogas (OAD).
Yamilé Nadra: Buenos Aires, 1984. Abogada (Universidad Torcuato Di Tella). Integrante de la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las Causas por Violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el Terrorismo de Estado (Procuración General de la Nación). También traductora y comentarista de papers sobre filosofía política, social y jurídica.
domingo, 13 de julio de 1997
Dos respuestas a Juan Gelman
Hace
hoy 10 años, el 13 de julio de 1997, Página/12 dedicó su extensa Contratapa
dominical a la nota “Culpa y responsabilidad”, de su columnista Juan
Gelman.
Fueron
7.114 caracteres en los que mezcló una justa condena a la desmemoria/desconocimiento
que entonces primaba acerca de las víctimas/sobrevivientes de los crímenes dictatoriales
con afirmaciones infundadas y acusaciones personales, que por esos días eran
cotidianas en sus columnas.
Respondí
de inmediato, con similar extensión, y consciente lo “políticamente incorrecto”
de confrontar con el renunciante ex dirigente montonero, una figura casi
intocable en el campo de las letras, respetado como poeta por muchos de mis mejores
amigos y compañeros.
Casi
un mes después, el viernes 8 de agosto, Martin Granovsky me llamó desde la Redacción
para informarme que el texto se publicaría al día siguiente, pero “por razones
de espacio” se reduciría a la tercera parte.
Recién
ese domingo, 10 de agosto de 1997, comprendí que la mutilada publicación en realidad
servía como disparador para “Síntomas”, la réplica de Gelman que ya
estaba editada y lista para publicar.
A
lo largo de 8.000 caracteres que pudo madurar durante casi un mes en México, el
laureado poeta personaliza su escrito, se equivoca en las citas, y reitera
falsas acusaciones, con el agravante que algunas de ellas refieren a párrafos de
mi nota que fueron suprimidos en la versión impresa por el diario.
Brevemente,
esa misma tarde envié otra réplica, la que jamás fue publicada por Página/12.
Aquí
comparto, íntegros, mis dos textos.
Los
de Gelman, con amplia difusión, están a disposición en el matutino.
Primera carta abierta a Juan Gelman
Es doloroso ver que en este país lacerado por esos fuertes golpes de la vida que describía Vallejo en “Los Heraldos Negros”, otro poeta como Ud., utilice esas heridas para entremezclar intencionadamente tanto verdades como mentiras y ocultamientos.
Me refiero a su Contratapa, publicada en Página/12 el domingo 13 de julio de 1997.
Junto a reflexiones acerca de la “Culpa
y la responsabilidad” en
Me duelen y me resulta muy difícil creer que un poeta de su talento, un político formado como Ud. (ex-comunista y ex- dirigente de Montoneros), las realice sin intención de dañar conscientemente.
El crimen sobre sus seres queridos no lava sus propias responsabilidades ni le otorga impunidad para difamar a quienes, fallecidos, ya no pueden defenderse.
Señala, correctamente, pero con sugerentes omisiones, la responsabilidad de una parte de la dirigencia política y su complicidad con la dictadura, ignorando el papel jugado por otros valientes y lúcidos exponentes de esos mismos partidos, que se jugaron en las denuncias y en los reclamos en los tiempos más difíciles.
Ud. lo calla, reservando de hecho ese lugar a las organizaciones político-militares, o a las pocas humanitarias que merecen su aprobación, con lo que falta a la verdad en más de un sentido. Tanto en el papel, o falta de papel, que las primeras jugaron en la lucha por los derechos humanos en el país, como en sus nefastos antecedentes de burla y subestimación de las sacrificadas e históricas organizaciones de derechos humanos, que le parecían inútiles cuando proclamaba que sólo había que “jugarse” en las confrontaciones armadas.
Nada dice, tampoco, de la posición de Montoneros y la suya personal en el desprecio suicida del peligro de golpe, cuando no la acusación directa, a quienes lo advertíamos, de “hacerle el juego a Isabel” y a la derecha, “agitando el fantasma” de un golpe que “ya se había dado” con la triple A.
¿Nada de eso recuerda Sr. Gelman? ¿Olvida su responsabilidad? Sí, la de Ud. personalmente, en las decisiones que terminaron con la muerte de tantos cuadros y militantes, antes y después del golpe.
El desprecio a la política, a los políticos y a la misma democracia parece ser el mismo de entonces. ¿No aprendió nada? ¿Fue lo mismo la “democracia burguesa” que la posterior dictadura militar, como recitaba? ¿Nada hay para revisar en su propia trayectoria política, para que pontifique desde su altar como un renacido dios griego, repartiendo bendiciones y condenas con la misma soberbia de los años 70?
En la mía, por lo pronto, hay, y mucho. Y, aunque también hay orgullo, es suficiente para tratar de evitar hablar desde ninguna tarima.
A Ud. lo subleva la “poca o ninguna comprensión” que la sociedad le brinda a los sobrevivientes de los campos de exterminio de la dictadura, en relación a la que ampliamente dispensa a aquellos que, siendo dirigentes partidarios, ocuparon intendencias y embajadas. Compartiría la apreciación si no pensara que es aún más grave: a una parte importante, yo diría mayoritaria de la sociedad, no le preocupa hoy ni lo uno ni lo otro.
Lamentablemente, tanto la escasa crítica a los dirigentes cómplices, como la defensa o sospecha de los sobrevivientes pertenecen al mucho más estrecho número de los que alguna vez militaron, o actualmente militamos activamente en política o en la defensa de los derechos humanos.
Pero no se trata de matices o enfoques distintos, sino de una intencionada y absoluta actitud desinformadora acerca de lo que pasaba en el país durante su exilio, cuando Ud. pone en la misma bolsa a los cómplices (con pocas citas y muchas omisiones) con aquellos (éstos pocos, sí, con nombre y apellido) que aún con posiciones políticas discutibles cumplieron una heroica lucha por presos y desaparecidos, desde el momento mismo del golpe, las más de las veces sin ser familiares directos de las víctimas.
Es
el caso de mi padre, Fernando Nadra, fallecido en
Es también el ejemplo de otros dignos militantes, abogados y activistas designados a la defensa de los derechos humanos, quienes como la abogada comunista Teresa Israel pagaron con su vida su lucha por la libertad y dignidad, sin cuestionar la filiación política del detenido o secuestrado por el que salían a jugarse.
Ud., Sr. Gelman, no tiene derecho a ocultar y desconocer que, a horas de producido el golpe, contra el que Nadra luchó antes que se concretara (mientras era casi deseado por usted y otros dirigentes con la irracional consigna que “aclararía las cosas” y haría “patentes las contradicciones”), mi padre fue uno de los impulsores de esas acciones, personales y multipartidarias, contra los secuestros y por la libertad de los presos. Que recorrió, sin medir consecuencias, cuarteles y comisarías para salvar -en no pocos casos- a hombres, mujeres y jóvenes, que hoy integrarían las listas de desaparecidos.
Si estuviera en el país, y tuviera los ojos y los oídos sensibles para otra cosa que no sea su “vox dei”, hubiera podido ver a algunos de esos sobrevivientes -que ahora tanto le preocupan- acompañándonos cuando falleció hace ya casi dos años, dándole su último adiós con lágrimas en los ojos.
Aquellos años no fueron fáciles para ningún militante. Hubo muchos que partían forzados al exilio. Otros quedaban, sin que les falte razón, paralizados por el temor. Estaban, también, quienes cerraban sus bocas en indigna, aunque prudente expectativa, incluyendo algunos que se habían reído del “peligro golpista”. Y unos pocos se convertían en reales cómplices.
Ud.
tampoco puede desconocer de buena fe que Nadra, como tantas veces en su
militancia, surcada de cárceles, tormentos y persecuciones, luego de “nacer
rico para morir pobre”, como alguien recordara después de su muerte, engrosó
las tristemente famosas “listas negras”, sus libros fueron prohibidos y
quemados, que su vida -como la de cada integrante de su familia- fue amenazada
puntual y reiteradamente. Que no abandonó el país, pese a que sus propios
amigos le aconsejaron hacerlo y nada le impidió ser uno de los pocos dirigentes
que organizó y luego participó, de las entrevistas con la comisión de derechos
humanos (CIDH) de
¿Qué verbalmente defendió --con el énfasis que lo caracterizaba-- las lamentables posiciones oficiales del PC? En los hechos, eso no le impidió ponerse al frente de la mayoría de tantos militantes activos del partido, quienes a excepción de unos pocos y encumbrados dirigentes “reales”, impulsaron la lucha sindical y por los derechos humanos, a un costo de 1.400 comunistas presos, más de 500 secuestrados, y 130 desaparecidos y asesinados. Lo reconocen y lo valoran familiares de desaparecidos y dignos luchadores de los derechos humanos como el fallecido Lucas Orfanó, Emilio Mignone, y otros.
¿No sabe Ud., cuando pide autocríticas, que, pese a esta valiente lucha, y varios años antes de renunciar a partido al que dedicó su vida, ese hombre fue el autor de la más contundente (y quizá excesiva mirando su espejo Sr. Gelman), autocrítica personal que se conozca por parte de un político argentino, del pasado y el presente?
¿Es que Ud. no otorga la comprensión que pide? ¿Es que no valora que, por respeto a sus dolores, y a pesar de tener los nuestros, hayamos evitado hasta ahora recordarle que esa autocrítica que reclama no se la hemos visto publicada a Ud. mismo en sus fulminantes contratapas?
Ud., Sr. Gelman, no puede condenar a toda la dirigencia política argentina con generalizaciones injustas, y menos como si no hubiera formado parte de ella. Recordar que integró la romántica generación de las utopías y los sueños, la de los golpes de Vallejo diría yo, pero olvidar que fue parte de la dirección de una organización que junto a heroicas acciones también fue responsable de mucho dolor y muerte.
Quizá, Sr. Gelman, Ud. haya superado ese desprecio por la “democracia burguesa” que compartíamos buena parte de los integrantes de las destrozadas generaciones de los 60 y 70, convencidos que era solo un “espacio de acumulación de poder” como en mi caso, o ni siquiera eso, como entiendo que fue el suyo, y aun así -paradojas de los años de fuego- una de las causas de las diferencias políticas entre las organizaciones a las que Ud. y yo pertenecimos en ese pasado, y a las que ya no pertenecemos en el presente.
Pese a que ahora Ud. reivindica el democratismo, así sea negándole esa vocación a quienes critica, no parece más que una pose de adecuación a las necesidades del discurso y la época. Casi con una pizca de ese “posibilismo” que condena y ojalá pudiéramos concretar en un “posible” mundo más justo, un “posible” castigo a los culpables del genocidio y por qué no, ya que tantos errores cometimos todos, un poco de “posible” autocrítica y modestia, que no perjudica nuestros ideales, ni nuestras razones, si es que las tenemos.
También -me permito sugerírselo- un poco de respeto por la lucha ajena, que en muchos casos ayudó a salvar a sus propios ex-compañeros, sin descargar entre los que aún soñamos la furia cruel de nuestros perseguidores. Esa suerte de “condenas a muerte” políticas que buscan escribir y oficializar otra falsa historia, quizá una rémora de aquel juzgar y condenar, también a muerte, que esa caricatura final de lo que una vez fue el “Ejército Montonero” llegó a extender a sus filas y a militantes del campo popular.
Segunda Carta Abierta a Juan Gelman
Lo primero que sorprende de la extensa Contratapa de Juan Gelman (10/8/1997) es que cite conceptos de mi nota que no figuran en la versión publicada (9/8/1997), sino en la original, que los amigos de Página/12 redujeron por “razones de espacio”.
Dice de mí que “lee poco y recuerda menos”. Pero es Gelman quién se vio obligado a reconocer “la fea jugarreta que me hizo la memoria” (16/7/1997), cuando irresponsablemente acusó de cómplice de la dictadura a un dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).
Para reparar algo de mi poca lectura y peor memoria, me remite, con indicación de las páginas correspondientes, al libro “Soldados de Perón. Los Montoneros”, de Richard Gillespie.
Después de releerlas atentamente, debo agregar lo que en su momento no quise, para no rebajar la polémica: que efectivamente Gelman era dirigente del Movimiento Peronista Montonero, que su ruptura fue en 1979, en lugar de 1978 como informa erróneamente de sí mismo, y que, con su compañero de disidencia, Rodolfo Galimberti, se co-apropiaron de 68.750 dólares. ¿Cuál parte debo recordar?
Me informa que por ello sufrió “una grotesca condena a muerte por la conducción” de Montoneros, pero omite decir que fue en virtud del “Código de Justicia Revolucionaria”, aprobado y aplicado por la organización desde octubre de 1975, en democracia y casi 4 años antes que Gelman la abandonara.
Nuevamente minimiza la real y multifacética lucha antidictatorial, dejando fuera a dirigentes políticos, sindicales y sociales, sacerdotes y aún obispos, que se jugaron --y algunos fueron asesinados-- en esos años, aunque no haya sido con los objetivos y la metodología al gusto de Gelman.
Es justa su cita a las Madres,
pero inadmisible ignorar a
Más allá de las cambiantes opiniones de Gelman acerca de Cuba, que la acuse de haber ocultado el genocidio, cuando está perfectamente al tanto del apoyo que brindó a tantos exilados, lo dejo para la calificación de los lectores. Conocedor de los foros internacionales, sabe que cuando EE. UU-Carter avalaba un proyecto acerca de Argentina, solía venir en bloque con la condena a Cuba, o en realidad a la inversa.
Ya que sólo registra lo que quiere, o le conviene, insisto en que más allá de las declaraciones de Nadra, total o parcialmente ciertas, los hechos y los protagonistas dan testimonio de su heroica lucha por presos y desaparecidos.
Nadie ocultó a nuestros mártires para exhibirlos
ahora “obscenamente”, como Gelman acusa con hiriente falta de respeto al
dolor ajeno. Peleamos por todos y cada uno de ellos, rescatamos a muchos, e
hicimos nuestra propia inteligencia e investigación en plena dictadura,
bastante antes de
En medio de tantas injurias a tantos, finalmente Gelman nos descubre la razón de su particular rencor con Fernando Nadra. Lo que todavía no digiere es su fuerte pero franco debate con las organizaciones armadas en los ‘70, que jamás impidió su firme solidaridad, conducta muy distinta de la caricaturización de “los dos demonios”.
Se trata del debate que Nadra realizó con el seudónimo de “Polemos” (como Gelman, al menos por una vez, bien recuerda), convenciendo a muchos, pero muchos más que los 100 jóvenes de los que el se vanagloria de haber “salvado” cuando rompió con Montoneros.
Tampoco perdona, y por una vez lo admite, que muchos luchadores de diversas organizaciones, no hayamos elegido la “Resistencia” armada, y menos cuándo, dónde y cómo Gelman lo consideraba apropiado.
Tal vez pretendía que apoyáramos el asesinato --¿o debo decir ejecución? - de Mor Roig, de Rucci, el ataque al cuartel de Formosa o el pase a la clandestinidad, para solo citar acciones realizadas bajo un gobierno elegido por el pueblo, agudizando aún más la condición de blancos móviles que ya tenían para las “Tres A” y demás bandas parapoliciales y paramilitares los compañeros de los movimientos sociales.
Todo esto es muy anterior a su ruptura y denuncia de Montoneros.
Gelman también me recomienda leerlo en “Conversaciones con Juan Gelman”, libro-reportaje que le realizara Roberto Mero, donde realiza fuertes críticas a sus ex-compañeros, pero casi a título de observador externo. Leo, releo y no encuentro ninguna autocrítica personal al respecto. Tal vez Gelman pueda ayudarme con más sugerencias de lecturas o indicarme el párrafo que mi insuficiente apego a la letra escrita me ha impedido ver.
De paso me permito corregir otra de sus tan concluyentes como erradas citas y “denuncias”: “Polemos” no apareció después del golpe genocida, por la sencilla razón que “Nuestra Palabra”, el periódico que mi padre dirigía, fue prohibido y su edificio ocupado y acribillado por centenares de balazos en la madrugada del 24 de marzo. Fecha nefasta que corporizó el “fantasma” de golpe de estado, aquel que tomaban en broma, cuando no consideraban útil para agudizar las contradicciones.
No pretendo castigar aún más la escasa memoria del escritor, pero pese a su convicción en contrario, Fernando Nadra recién se incorporó al secretariado del PC a fines de 1982, en los últimos días de la dictadura.
Tampoco acierta/n su/s informante/s cuando le hace decir que yo fui secretario de Athos Fava, y menos en la época que cita. Pasé de la juventud comunista al PC, al que luego renuncié, recién en 1984, pero para contribuir a la redacción de la mayoría de sus informes y no pocos discursos de dirigentes, sobre todos los que iniciaron la dura autocrítica de ese partido en 1986, junto con una propuesta de unir a la izquierda y los sectores progresistas.
¿No le comentaron que al igual que mi padre y mis hermanos cuento con varias condenas a muerte, entre otras cosas por transmitir durante la dictadura múltiples denuncias desde la corresponsalía de la agencia cubana Prensa Latina en Buenos Aires, entre ellas la carta de Rodolfo Walsh a las Juntas o las revelaciones del ANCLA, para citarle algunas de su consideración?
¿O de mi contribución a la
acción que a días del golpe organizaron “cómplices” como Víctor Vázquez o
Mario Marrero, aún desaparecidos por dirigir el heroico “trabajo a tristeza” en
ferrocarriles y automotrices, cuando las huelgas estaban prohibidas? ¿Nada del
reconocimiento que me otorgó
Cito estos ejemplos, aunque me guardo otros para rechazar su malintencionada alusión, disfrazada de comprensión per para para disminuir mis argumentos, de que reacciono “desde el lugar de hijo”: reacción y opino como hijo, sí, pero sobre todo como protagonista reconocido de aquellos años, con lo bueno y lo malo que me toca.
Finalmente, y pese a la
pobreza que Gelman adjudica a mis lecturas, me atrevo a diferir acerca de la
imagen que las suyas le dieron acerca de los dioses griegos: no todos eran
jóvenes y bellos como cree y afirma, pues los había bastante feos. Eso sí, casi
todos eran soberbios, rencorosos, crueles y arbitrarios...









