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miércoles, 6 de enero de 2021

1971-2021: Los brigadistas de la Santiago Pampillón

Este enero se cumplen 50 años de la llegada a Chile de la Brigada Santiago Pampillón, enviada por la Federación Universitaria Argentina (FUA, La Plata) para realizar trabajos voluntarios en solidaridad con el gobierno de Salvador Allende; en ese entonces cercado por Estados Unidos y la derecha nativa.

Estas líneas, de recuerdos fragmentados, pretenden contribuir a la unión en un todo único de las memorias de aquellos brigadistas, geográfica y políticamente dispersas, e incluso segadas para siempre durante la dictadura genocida iniciada en 1976.

Sin otro dueño que los corazones de quienes fuimos protagonistas, el destino de esta nota es aportar a la reconstrucción de la historia de la solidaridad latinoamericanista, y del papel que en ella jugó el movimiento estudiantil y juvenil argentino.

Recuerdo vivamente los preparativos en febriles reuniones semiclandestinas, a fines de 1970, en las aulas de la sede Buenos Aires de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

Enfrentábamos la dictadura de la “Revolución Argentina” –entonces en la última etapa del interinato del general Roberto Levingston– y, en esas ocasiones, ajustábamos detalles para la partida del segundo contingente de la Brigada Santiago Pampillón, cuya misión principal fue la realización de trabajos voluntarios en apoyo a, y en solidaridad con, el gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular (UP).

Para realizar esta tarea, sus distintos destacamentos lograron enviar a Chile unos 800 estudiantes universitarios.

En esa época, me faltaba un largo camino que recorrer antes de ser considerado un dirigente de las Juventudes Políticas Argentinas en nombre de la  “Fede”, como propios y extraños llamábamos a la Federación Juvenil Comunista (FJC).

Tenía apenas 18 años, pero experiencia en la reconstrucción del Cuerpo de Delegados y el Centro de Estudiantes del Colegio Nacional Mariano Moreno, encabezando movilizaciones de secundarios ante cambios en el sistema de exámenes y, en 1969, ante los asesinatos de los estudiantes Juan José Cabral, en Corrientes, y de Adolfo Bello y Luis Blanco, en Rosario.

En esos días terminaba mi “curso” de ingreso a la porteña facultad de Filosofía y Letras, entonces en un edificio único en la avenida Independencia, entre Urquiza y La Rioja, convertido durante ese año en uno de los bastiones de la lucha contra el restrictivo cupo de aspirantes impuesto por la dictadura.

En mi interior, consideraba que los mejores militantes y “cuadros” habían partido con el primer destacamento de la Brigada, de modo que, al ser designado coordinador del segundo contingente, que partiría en febrero, estaba convencido de que ese nombramiento respondía más a la momentánea escasez que a valores propios. Pero eso no impidió que cargara sobre mis espaldas una fuerte responsabilidad.

 

1970: un año vertiginoso

Todos habíamos vivido intensamente un año cargado de acontecimientos, con un vértigo que a veces nos impedía procesar lo que vivíamos, una suerte de “estado colectivo” compartido, que continuó hasta el golpe de 1976.

En ese 1970 Estados Unidos no terminaba de asimilar las derrotas que el pueblo vietnamita asestaba a las tropas invasoras. Y en Latinoamérica, a las figuras nacionalistas de los generales Omar Torrijos (en Panamá) y Velasco Alvarado (Perú), se sumaron el general Juan José Torres (Bolivia) y luego Salvador Allende.

La Argentina estaba en ebullición. Sin dejar pasar un año del “Cordobazo”, se sucedieron el “Choconazo” y el “Tucumanazo”, junto a otras luchas y puebladas, que jaquearon al dictador Juan Carlos Onganía, luego desplazado; se afirmaron con acciones de fuerte impacto diversas organizaciones armadas, entre ellas las FAL, FAP, FAR y Montoneros, y se constituyó el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

En otro plano organizacional, se conformaron, por izquierda, el Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA) y, por centroderecha, la Hora del Pueblo, basada en un acuerdo Perón-Balbín al que se sumaron otros partidos tradicionales.

Entre la militancia universitaria, tanto la Hora del Pueblo como el ENA eran condenados por trotskistas y maoístas; pero también mirados con desconfianza por muchos jóvenes peronistas, que veían en las “formaciones especiales” la real continuidad de la Resistencia y el anticipo de una vuelta de su líder para iniciar un proceso de liberación nacional y social.

Sin embargo, fue el propio Juan Perón, quien en Actualización Doctrinaria para la toma del Poder (reportaje filmado y grabado por Octavio Getino, Gerardo Vallejo y Fernando Solanas en 1971) realizó su balance definitivo: la Hora del Pueblo era para negociar, el ENA para luchar en forma unitaria, y las “formaciones especiales” para acorralar y atemorizar al enemigo; pero en definitiva se trataba de variantes tácticas bajo su única conducción estratégica.

También, aunque pocos comprendiéramos la magnitud del retroceso, fue el año de la división de la FUA.

La Fede forzó el quiebre de la central estudiantil, consagrando su dirección en la capital bonaerense (por eso se la denominaría FUA-La Plata) en la que era mayoría absoluta, con algunos aliados de escasa inserción.

Fue el corolario de una importante seguidilla de triunfos en los centros de estudiantes en Capital –y no pocos de importancia en el interior– bajo la conducción del Movimiento de Orientación Reformista (MOR). Las listas que lo componían fueron la herramienta mediante las cuales los universitarios comunistas se recuperaron de la orfandad absoluta de puestos de dirección estudiantil en que los había dejado el masivo desprendimiento juvenil –en 1967– de lo que sería el Partido Comunista Revolucionario (PCR), expresado por el FAUDI en los claustros universitarios.

En su contraparte, la llamada FUA-Córdoba, se nuclearon otras poderosas agrupaciones de la época: la Franja Morada (Juventud Radical), el FAUDI (PCR), el MNR (Partido Socialista Popular) o la AUN (el Frente de Izquierda Popular de Jorge Abelardo Ramos).

Al margen de ambas, se ubicaban las distintas corrientes del peronismo estudiantil, que se negaban a integrar FUA (actitud que mantuvieron hasta 1973) por su pasado en la oposición a los primeros mandatos de Juan Perón, entre 1945 y 1955.

 

Chile bajo fuego

Así llegamos a finales de ese año trascendente, donde pocas semanas después de la asunción de Salvador Allende la situación en Chile mostraba signos preocupantes.

El entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, asesorado por su secretario de Estado, Henry Kissinger, decidió evitar que el candidato de la Unidad Popular (UP) ganara las elecciones. Una vez frustrada esta voluntad, se propuso impedir que Allende se convirtiera en el primer presidente marxista que en América Latina llegaba al poder por la vía electoral. Finalmente, fracasados ambos intentos, la orden fue derrocarlo a sangre y fuego.

La desestabilización criminal del imperio (denunciada entonces, pero recién comprobada a fines del siglo XX, por documentación oficial desclasificada del Departamento de Estado norteamericano) incluía acciones de todo tipo: desde el apoyo monetario al Partido Nacional, o el sector más derechista de la Democracia Cristiana (DC), hasta la actuación encubierta de agentes de la CIA en sabotajes y atentados, como el que costó la vida del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, general René Schneider, el 25 de octubre de 1970, dos días antes de que el Congreso ratificara el triunfo de Allende.

El terrorismo contra los militares “legalistas” se multiplicaría después del golpe de Pinochet y alcanzaría al sucesor de Schneider –el General Carlos Prats, para entonces exiliado en Buenos Aires– a quien un operativo conjunto de la inteligencia chilena (DINA) y la CIA asesinó el 30 de septiembre de 1974, en el marco de la Operación Cóndor.

Junto a la confrontación con la derecha, era inocultable que se agudizaban los conflictos en el interior de la UP: entre el sector “duro”, mayoritario en el Partido Socialista, y el enfoque de Salvador Allende, minoritario dentro de la organización.

Los primeros exigían acotar la unidad a los “partidos obreros” y el afianzamiento de los vínculos con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR, que no integraba la UP), mientras rechazaban alianzas con sectores que se alejaban de la Democracia Cristiana (DC). Es paradójico que, con el gradual retorno a la democracia, este sector “duro” ingresó sin mayores complejos ni exigencias a la más que tibia “Concertación”, comandada por la tradicional DC.

Los partidarios de Allende, el PC y otros sectores, apostaban a la construcción democrática del socialismo, ampliando la base de alianzas de la UP, partiendo de acuerdos relacionados al tipo y los tiempos de las medidas económico-sociales que se iban adoptando, las formas de acumulación política, o la posición ante las FF.AA.

Este complejo entramado se sintetizaba, y forzosamente se esquematizaba, con las respectivas consignas de “avanzar para consolidar” o “consolidar para avanzar”, siendo que se partía de las profundas transformaciones del programa de la Unidad Popular, aplicadas con audacia pese a la difícil correlación de fuerzas existente.

 

El acuerdo para formar la Brigada Pampillón

Fue en esos días en que las Juventudes Comunistas de Chile (JJ. CC., o “la J”) y la Fede acordaron el envío de brigadas de trabajo voluntario, que –ante lo delicado del cuadro– debían ser lo más amplias posibles desde el punto de vista político, con el doble objetivo de maximizar la convocatoria en la Argentina y, a la vez, asegurar una mejor recepción y repercusión en Chile.

En este estado de cosas es que nació la Brigada Santiago Pampillón.

El nombre era símbolo de la lucha antidictatorial en Argentina y homenaje al estudiante universitario y obrero metalúrgico asesinado por la policía, en septiembre de 1966, durante una masiva marcha antidictatorial convocada por la Federación Universitaria de Córdoba (FUC), en la Plaza Colón.

Luego del acuerdo entre “la J” y la Fede, la convocatoria para la formación de la brigada, que trabajó durante enero y febrero de 1971, partió de la FUA (La Plata), en acuerdo con la Federación de Estudiantes de Chile (FECH).

¿El propósito? Expresar en concreto la solidaridad internacional con los hermanos chilenos, frente a la ofensiva de la derecha y la descarada injerencia estadounidense; rechazar cualquier aventura belicista de la dictadura que gobernaba la Argentina (con dominio sobre las amplias fronteras a lo largo de todo el país vecino); y ratificar la unidad del movimiento estudiantil latinoamericano.

Este llamado es el que tuvo pleno eco con la llegada de voluntarios de otros países del continente, muchos de los cuales se integraron a la actividad de “la Pampillón”.

La convocatoria superó todas las expectativas, a tal punto que hubo que “elegir” –esto es, rechazar– muchísimas solicitudes, en primer lugar las de propios militantes y dirigentes intermedios de la Fede, pues acudieron estudiantes de todas las identidades políticas populares, incluidos compañeros que ya eran o serían miembros de algunas organizaciones armadas, peronistas y marxistas.

 


Los contingentes

El primer contingente fue el más numeroso –unos 300 jóvenes– y logró un fuerte impacto a su llegada, en una experiencia de inmensa riqueza, de la que hoy quedan recuerdos profundos y anécdotas imborrables, aunque la historia escrita de aquellos años la ignora casi por completo: solo los archivos de los diarios de la época dan cuenta de ella y de la la furiosa campaña que desató la prensa derechista en ambos países.

Aquellos brigadistas construyeron salas de salud y plazas en los barrios pobres de Santiago; refaccionaron escuelas, brindaron atención médica, censaron y realizaron encuestas a la población, e hicieron muchísimos otros aportes que todavía quedan por relatar. Una asignatura pendiente en la reconstrucción de la memoria histórica para todos los que participamos.

Todo lo que lo que aportaron –y todo lo que contarían a su regreso a las distintas provincias argentinas– era y es un tesoro para nuestros pueblos. A la vez, resultaba inaceptable para los gorilas (“momios” en Chile) de ambos lados de la cordillera, por su mensaje de colaboración y difusión de los logros y las luchas del pueblo chileno, así como de la solidaridad argentina.

La dirección (principalmente de la Fede y JJCC) se emplazó como base en la Escuela Japón, en la comuna popular San Miguel, que se transformó en dormitorio y zona de planificación permanente, desde donde partían los brigadistas.

En el caso del contingente que me tocó coordinar se dividió en cinco “mini brigadas”, siempre por decisión consensuada con la UP. Integré la que estaba dirigida por “Lucho”, un socialista chileno más cercano al MIR que a su propio partido, con quien mantuve discusiones interminables –y las más de las veces ríspidas–, en triste equilibrio entre lo trascendente y lo insignificante.

Cuando ya nos habíamos preparado para partir, “Luba”, el inolvidable encargado de cuidar la seguridad de la Brigada por parte de la “J”, nos informó de una drástica decisión: ningún extranjero viajaría a los destinos del extremo sur del país –donde, en un principio, se había previsto que fuéramos–, pues el MIR había iniciado una campaña unilateral de “toma de fundos” (tierras), que produjo una escalada de enfrentamientos armados.

Con el cambio de destinos, a nuestro grupo le tocó una zona de Gualleco, un pequeño pueblito en la Región de Maule. Me acompañaban chilenos de la UP (MAPU, Izquierda Cristiana, entre otros), dos bolivianos del Ejército de Liberación Nacional (ELN), dos socialistas argentinos y quien se convirtiera en una inolvidable amiga, María Ángela Elena Gassmann, Mimí, médica, peronista y luego “Mara”, oficial montonera secuestrada en mayo de 1978.  

Formábamos un verdadero arcoíris de matices políticos e ideológicos, y conocí formidables seres humanos: chicas y chicos de diferentes procedencias geográficas, pero con una profunda convicción, y la decisión de aportar al “camino chileno al socialismo”.

La tarea no fue sencilla. Apenas llegados al pueblo nos encontramos, azorados, con gente encerrada en sus casas, con los animales de granja ocultos, pues el Partido Nacional –y la derecha de la DC– había sembrado el terror entre los pobladores, a los que convencieron de que veníamos a “socializar tierra y propiedades”, incluidos los animales. Me imagino que alguno hasta habrá dado por hecho, como se propagandizaba burdamente en aquellos años, que también a la mujer y los hijos serían “propiedad de todos” …

Lentamente –y, por cierto, luego de acordar con una centroizquierdista “puntera” de la DC–, hicimos base en una escuela en receso veraniego, con nuestras mochilas y bolsas de dormir. Desde allí pudimos encarar nuestro trabajo, que consistía fundamentalmente en el censo de alfabetización.

Pese a las rispideces iniciales, terminamos logrando un acto-presentación con los pobladores, y hasta un desafío futbolístico –anunciado pomposamente como “Chile vs. El Resto del Mundo”– donde nos dieron una paliza inapelable: 13 a 7.

Sobre el fin de las tareas, recuerdo que el socialista nos envió a varios argentinos a censar una localidad perdida en los cerros, situada a un día de viaje a caballo. La experiencia fue irrepetible: compartimos con los lugareños la “trilla a yegua suelta”, con los métodos de fines del siglo XIX, y –pese a la desconfianza inicial– siguió el más increíble afecto de los productores y campesinos.

Pero el envío a esta localidad encubría, en realidad, otra intención, que se reveló cuando regresamos a la base: nos encontramos con “la J” a cargo del lugar, y el resto del grupo ya en viaje de vuelta a Santiago, pues el socialista –junto con los del ELN y miembros del MIR de la zona– había marchado a tomar fundos, armas en mano, en una maniobra que desvirtuaba el trabajo realizado, y golpeaba la imagen del Gobierno Popular en general; una maniobra que destruyó los lazos de confianza que habíamos comenzado a construir con quienes nos habían recibido con tanto temor.

 


Por la vuelta

Apenas unas horas después del regreso –sin todavía poder enderezar completamente las piernas a consecuencia de las horas de cabalgata– emprendimos el viaje a Santiago.

Luego permanecí unos días sin actividad alguna, sin idea del por qué, hasta que me revelaron el motivo: la “J” tenía información confiable de que figuraba en un listado de brigadistas a los que la dictadura argentina esperaba para apresar en la frontera, irritados por mis declaraciones a diarios y programas radiales chilenos, y el publicitado final de la experiencia en Gualleco.

Tanto la llegada como la salida de Chile estuvieron plagadas de obstáculos. Muchos compañeros fueron demorados y aún encarcelados en los pasos fronterizos, como -recuerdo entre otros- los estudiantes Elbio Blanco (Derecho de la UBA) y Miguel Ángel “Coco” Miró (Arquitectura UNC), quien había sido condenado por los tribunales militares durante el Cordobazo. Ambos fueron procesados por la “ley” 17 401, de Represión del Comunismo.

El clima en nuestro país era de un fuerte anticomunismo y antiperonismo, de agresividad e intimidación general, y en todos los puestos de Gendarmería, tapizados con aquel cartel de “Denúncielos” que tenía las fotos de los montoneros que habían participado en el “operativo Aramburu”.

Finalmente,  la “J” me indicó un intrincado itinerario de reingreso a la Argentina y posterior llegada a Buenos Aires.

En el largo camino de vuelta, lejos estaba de imaginar que a los entrañables pueblo y territorio chilenos –con los que me había encontrado por primera vez para la asunción de Salvador Allende, en noviembre de 1970– se enlazarían por siempre con mi propia historia.

No solo por la Brigada Santiago Pampillón, sino por haber formado parte, luego, del equipo de inteligencia e información parcialmente instalado en Córdoba 652, 11 E, Buenos Aires, cuya cabeza periodística visible fue Isidoro Gilbert.

El equipo organizó, durante el largo cerco dictatorial –con gran riesgo, pero aún mayor imaginación– el armado y mantenimiento de las fuentes y la logística para la recepción, y posterior envío al exterior, de las principales denuncias de lo que sucedía en Chile (además de Uruguay, Paraguay y, en menor medida, Bolivia y Brasil), base de lo que luego permitió desentrañar el mapa e itinerario de la siniestra Operación Cóndor.

Pero esa es otra historia…

sábado, 30 de mayo de 2020

Mimi




    Peronista ella, comunista yo, nos vimos por última vez a principios de 1974, en una marcha de las Juventudes Políticas contra aquellas reformas represivas al Código Penal.

    Entonces, apenas cruzamos una mirada, un gesto de reconocimiento en medio de las corridas y los gases lacrimógenos descargados en la represión policial.

    Hoy, una foto carnet, típica de los primeros DNI, publicada por el compañero Alejandro Ángel Salvagno Olmedo me devuelve, distorsionada, su imagen con la escueta información:

María Ángela Elena Gassmann de Crea. 31 años. Secuestrada-desaparecida el 30 de mayo de 1978 conjuntamente con Marta Alicia Caneda en la localidad de florida, zona norte del GBA. Integrante de la columna oeste de Montoneros en la provincia de Buenos Aires”.

    Una y otra vez busco relatos, fotos, cualquier testimonio que supere la frialdad de esos datos, algo que rescate algo de su vitalidad y compromiso.

    No los encuentro, aunque logro un inesperado encuentro virtual con su hermano Augusto, quien me revela su alias, "Mara", Jefa de Subunidad del Ejército Montonero, apresada violentamente en la casa de Marta Caneda, entonces  compañera de Augusto, y me estremece al relatar que el secuestro incluyó a la hija de Mimí, de apenas cuatro años, que apareció a los dos meses en San Martin, y hoy es médica como lo fue su madre.

    Luego, para el y para mí, apenas la abrumadora certeza de su asesinato en el Centro Clandestino de Detención que funcionó en la Unidad Penitenciaria N.º 9 de La Plata.

    Se juntan piezas del tenebroso rompecabezas, pero me encuentro muy lejos de la imagen que guardo de ella en mi memoria, de aquellos años de amores y pasiones urgentes: una bella médica de 24 años, en un febrero de 1971 en el Chile de Salvador Allende.

    En mi caso, apenas en primer año de Sociología, había partido de Buenos Aires al frente del segundo contingente de la Brigada Santiago Pampillón, convocada por la Federación Universitaria Argentina (FUA) para realizar trabajos voluntarios, solidarios con el proceso iniciado en noviembre de 1970.

   Cientos de jóvenes de todas las geografías del país, conformábamos un inédito arcoíris de matices políticos e ideológicos: formidables seres humanos con claras convicciones y, en ese momento, la decisión de aportar al “camino chileno al socialismo”.

    Corría el mes de febrero, y apenas unas semanas antes, la llegada del primer contingente de la brigada había logrado un fuerte impacto de ese lado de la cordillera, en una experiencia de inmensa riqueza, furiosamente atacada por la derecha entonces, pero todavía ignorada totalmente en la historia escrita de aquellos años.

   Mimí -siempre para mí fue Mimí- no viajó con nosotros, sino que se incorporó al grupo de la mano de “Luba”, el inolvidable encargado de cuidar la seguridad de la Brigada por parte de los camaradas chilenos.

    Pasamos unos pocos días en Santiago y el contingente que yo coordinaba se repartió en cinco “minibrigadas” que partieron a distintos puntos del país hermano. Con Mimí y dos socialistas nos incorporamos a una a cargo de “Lucho”, con quien viajamos a Gualleco, un pequeño pueblito en la Región de Maule. Nos acompañaban jóvenes chilenos de varias de las fuerzas de la Unidad Popular y también dos bolivianos vinculados al Ejército de Liberación Nacional (ELN).

    Única mujer en este grupo, la voluntad de “la doctora” dejó en el camino a varios en los trabajos de alfabetización o construcción y salió (literalmente) mucho mejor parada que yo del viaje que juntos realizamos a una localidad campesina perdida en los cerros, situada a un día de viaje a caballo.

    En medio de una “trilla a yegua suelta” nos esperaban la desconfianza de los pobladores, entre los cuales el Partido Nacional –y la derecha de la DC– había sembrado el terror pues, decían, veníamos a “socializar tierra y propiedades”, incluidos (¡nada menos!) los animales.


    Allí “Mimí” se arremangó para separar la paja del grano de cereal. Juntos afrontamos un aluvión de todo tipo de guisos, carbonaras, pantrucas y caldillos, con sopaipillas a modo de pan, y en la fiesta de cierre, que también fue de despedida, fue ella el que salvó el honor argentino al animarse a la cueca, pañuelo en mano.

    Fue la gracia y la sonrisa de esa bonaerense de 9 de Julio, la que despejó el camino, enterró sospechas, abrió oídos -y corazones- a nuestro trabajo.

    Semanas después volvimos a Santiago, una corta visita a Valparaíso, esa multicolor “ciudad colgada de los cerros” y surcada por escaleras para, en mi caso, emprender el regreso a Buenos Aires.

    El relato de la experiencia de quienes fuimos brigadistas hace casi 50 años, sigue siendo una asignatura pendiente en la reconstrucción de la memoria histórica de una generación y de la Patria Grande.

   Hoy, en estas líneas es, también la reivindicación de una vida, pues por la vida luchó María Ángela Elena Gassman, Mimí, generoso legado para los pueblos de ambos países en la lucha por Memoria, Verdad y Justicia.



lunes, 2 de diciembre de 2019

La Primera Linea en Chile

    

    
    En la Primera Línea para proteger a los manifestantes contra Piñera y el modelo neoliberal.
    Escudos caseros para frenar la brutal represión de Carabineros. Al lado, los que abastecen con proyectiles para frenar la agresión, y los que lo hacen de líquido antigases (10% bicarbonato en cada litro de agua).
    Más atrás, pero casi pegados, los compañeros pendientes de los arrestos, para intentar el rescate, protegidos con los que dificultan la visión de los carabineros con rayos láser.
    Esta es la “Primea Línea”, junto a la cual apoyan equipos primeros auxilios o de alimentación, para afrontar las 50 largas jornadas que ya lleva la resistencia.
    Recuerdo las bolitas de rulemanes el alambre que de calle a calle se elevaba para derribar a los cosacos y sus caballos en el Cordobazo, o los “compañeros felinos” que lanzados enloquecían a los perros de las patotas policiales, las hondas de David que triplicaban el alcance de proyectiles. Y tantas otras que recorrieron de Azo a Azo la Argentina de los 60/70.
    Nada se ha perdido cuando de defender el justo reclamo popular se trata, ante y hoy vuelven las mejores tradiciones de autodefensa de masas, reciclada, actualizada y modernizada por la creatividad popular.
    Acompaño estas líneas con una notable crónica que pude chequear y confirmar con mis veteranos compañeros chilenos. Aquellos que nos recibieron cuando fuimos brigadistas al Chile de Salvador Allende, los que resistieron a Pinochet, los camaradas con los que coordinamos acciones para enfrentar al Plan Cóndor.

    Estamos con ustedes compañeros, y aquí repudiamos a los profetas mediáticos locales del neoliberalismo, los que se escandalizan ante la ineludible respuesta organizada y disimulan las decenas de muertos y los más de 2.200 heridos, entre ellos lxs 209 jóvenes que cegaron por haber abierto sus ojos.


Esta es la nota del sitio "Desinformémonos":
    La primera línea de las marchas en la capital chilena se ha convertido en el emblema de las movilizaciones. Con todo en contra, la conforman las y los héroes de la protesta. En los medios de comunicación los llaman vándalos, vagos, delincuentes. Adentro de la marcha les aplauden, los vitorean, casi los alzan en hombros. Existen.
    Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que enfrentan a los carabineros todos los días. Se colocan en los puntos estratégicos para impedir que los gases lacrimógenos, los disparos de municiones y los chorros de agua con químicos lleguen al resto de la movilización pacífica. Son las y los guardianes de las decenas de miles de personas que llevan más de 40 días protestando en las calles contra un sistema que los excluye.

    La esquina de Ramón Corvalán con la calle Carabineros de Chile es uno de los campos de la desigual batalla. Piedras contra tanquetas desde las que disparan municiones que han dejado tuertas a más de 200 personas, o bombas lacrimógenas o los vehículos conocidos como guanacos que disparan chorros de agua con químicos lacerantes que dejan ardiendo la piel por días. Chile es experto en este tipo de miserias.
    Las noches son un hervidero. De un lado grupos de jóvenes quiebran el pavimento con mazos para dotar de piedras a la primera línea. Hileras de chicos con costales de pedazos de concreto atraviesan las calles y se las dejan a quienes repelen los ataques frontales de los carabineros. “Gracias hermanos”, se escucha desde la refriega y el humo. Y es que sí, la primera batalla que se ganó fue contra el individualismo y el ego, aquí todo es colectivo.
    Decenas, cientos de personas esperan a los manifestantes que corren con los ojos llorosos. “¡Agua con bicarbonato! ¡Agua con bicarbonato!”, gritan. Y los demás se acercan para que les rocíen el rostro, les digan palabras de aliento, los socorran. Por cada persona lesionada se acercan cuatro o cinco de inmediato. Es el desborde.
     Al oscurecer se juntan manifestantes frente a los guanacos y tanquetas y los desconciertan con la luz verde de cientos de rayos láser en los parabrisas. El espectáculo de luz y sonido inunda la calle. El guanaco retrocede. Los muchachos gritan de júbilo.
    De pronto la infantería carabinera se despliega a pie. Parapetada en los vehículos recibe la orden de atacar y corren detrás de los jóvenes y de todo el que se encuentran a su paso. Golpean y patean a todo el que se les atraviese, detienen a alguno y sus compañeros tratan de rescatarlo en una batalla cuerpo a cuerpo. A veces lo consiguen. Otras el chico o chica pasa a engrosar las filas en las comisarías. Se habla ya de más de 17 mil detenidos en 40 días de protestas.

    A la primera línea llega Claudia Aranda, reportera y activista de tiempo completo. Durante nuestro encuentro recibe por whatsapp la imagen del ultrasonido de su próximo nieto. Está feliz. Hace 40 días lo dejó todo y se fue a vivir a una casa okupa para mantenerse disponible todo el tiempo. “La tía del agua”, le dicen sus miles de nuevos sobrinos en las calles. “¡Hidrátense cabros!”, les grita con su bidón de cinco litros en la mano. En su mochila carga el láser para cuando toca desorientar a los carabineros, y su libreta y cámara, para sus crónicas.
    En otra esquina del escenario grupos de jóvenes intentan tumbar un semáforo. Lo jalan con un lazo para arrancarlo del concreto y formar con el poste una barricada. Decenas de esquinas ya no tienen semáforo, por lo que otro grupo de voluntarios dirige el tránsito, recibiendo como pago el sonido del claxon de los automovilistas que lo mismo le regalan una botella de agua o algo para comer.
    Decenas de médicos, enfermeros y psicólogos cubren los puntos de salud. Llegan aquí luego de largas jornadas de trabajo en hospitales públicos y privados, y durante horas atienden a los heridos de la revuelta. Al parecer, dicen, cada vez le ponen químicos más agresivos al agua que avientan los carabineros, pues en los últimos días los chicos llegan con quemaduras severas de la piel.
    Una joven que trabaja como productora de eventos es ahora la encargada de la logística en el centro de salud. Recibe y clasifica las bolsas de donaciones de la gente: tapabocas, analgésicos, vendas, sueros y un sinfín de artículos que se amontonan a un costado. La solidaridad, por ahora, es más grande que la emergencia.
    En la primera fila los jóvenes se protegen con escudos hechos con láminas arrancadas de cortinas de tiendas, con tapas de tambos, con lo que tengan. Son unos gladiadores. Hay hombres y mujeres “bombers” cuya misión es “ahogar” las bombas lacrimógenas con garrafas de agua con bicarbonato y sosa caustica. Se llevan la peor parte, pues sus pulmones se llenan de tóxicos. El aplauso de sus compañeros es el único pago por cada bomba desactivada.

    En la manifestación no se pasa hambre. Y menos en la primera línea, pues se organizan ollas comunes y se reparten gratos en carritos recuperados del supermercado. Lentejas y papas nunca faltan. A veces llegan contingentes de ciclistas con ayuda, otras veces son ellos los que la necesitan.
    ¿Qué pasaría si no existiera esta primera línea? Hace unos día intentó llegar a la Plaza de la Dignidad, antes conocida como Plaza Italia, el centro neurálgico de las movilizaciones, una marcha organizada por maestras de kínder, y contra ellas arremetió la policía con gases lacrimógenos. La primera línea sirve para que ellas y muchas como ellas puedan acceder a la plaza y manifestarse pacíficamente.
    Las resorteras y bayonetas improvisadas son las armas de la primera línea. Barricadas de piedras, láminas, llantas, todo lo que sirva para obstaculizar el paso de los carabineros, cuya misión es cada tanto romper esa línea, atravesar las barricadas a como dé lugar e ir tras los manifestantes. Más de 40 días después la mecánica es clara. Rompen la línea, los jóvenes salen disparados, se dispersan y luego retoman sus lugares. Hasta el nuevo ataque. Y así.
    “¡Encerrona! ¡Encerrona!”, gritan cuando vienen los guanacos de los dos lados. No hay mucho que hacer más que agacharse y protegerse con los cuerpos. Se avisan igual cuando uno de ellos con un cóctel molotov está a punto de arrojarlo. “¡Mecha, mecha!”, gritan para que sus compañeros abran cancha. La bomba artesanal vuela por los aires y cae cerca de los carabineros. El júbilo se expande, pues eso les da un tiempo para acercarse a los carabineros y continuar el combate con piedra.
    La batalla es organizada. Unos enfrentan, otros hacen barricadas, otros juntan pertrechos, unos llevan comida y agua, y otros atienden las heridas. Todo para que el resto de la movilización contra un sistema que los privó de lo más elemental pueda caminar sin muchos tropiezos.
    En medio del ataque no falta la batucada o un saxofonista que se acerca con “El derecho de vivir en paz” e inunda con sus notas el ambiente. Anochece y los bloqueos se van apagando. Por semioscuras calles aparecen grupos de carabineros patrullando. Y de entre las sombras, como fantasmas, se escuchan los gritos: ¡Milicos de mierda! ¡Cabros de mierda! ¡Asesinos! Una chica con una enorme piedra en la mano pasa junto a la hilera de carabineros. Los insulta de frente con la piedra escondida. Los carabineros se siguen. Y ella también.

martes, 18 de julio de 2017

El Plan Cóndor y la "Conexión Buenos Aires"

Hermoso y altamente profesional testimonio de la “Conexión Buenos Aires”, vía para las informaciones del programa de Radio Moscú Escucha Chile, que “sacó de quicio al genocida Pinochet y su Junta Militar.

Isidoro Gilbert, que coordinó las acciones en Buenos Aires relata la trama de profesionalismo y solidaridad realizada tanto en democracia como bajo la dictadura desde una oficina en Córdoba 652, 11 “E”, de la que fue responsable.
Alejandro Andam y Daniel Iglesias, embarcados en un proyecto que rescata las vivencias del diario Sur (“SurVive”), de las que fueron protagonistas, son los responsables de la dirección de esta impecable producción, que rescata del olvido una página heroica del periodismo argentino.


Agradezco las menciones que me tocan, y me queda por añadir que, paralelamente, por decisión de los PC de Argentina y los países hermanos, así como el aporte fundamental de los de la entonces Unión Soviética, Checoslovaquia y la República Democrática Alemana, una parte de los argentinos, chilenos, uruguayos y paraguayos que participamos en este proyecto, desarrollamos secretamente, aún para Isidoro y nuestros propios camaradas de aquella tarea, una red de contrainteligencia, y en caso de acciones de contraofensiva, contra el Plan Cóndor, compleja trama que relato en mi libro SECRETOS EN ROJO. Un militante entre dos siglos, de Ediciones Corregidor.


domingo, 4 de septiembre de 2016

Murió un combatiente antipinochetista, un héroe del contraataque ante la Operación Cóndor




   En París, nunca tan lejano, se nos fue el querido “Pepe”, el periodista chileno José Maldavsky: serio cuando había que serlo. De un humor corrosivo aún en las paradas más difícil. Inflexible con las agachadas.

   Con él –Isidoro Gilbert, Lucho Córdoba, Enrique Martini, mi hermano Rodolfo Nadra, el poeta paraguayo Elvio Romero, el charrúa Ricardo Saxlund,  entre otros—integramos un equipo de contrainteligencia, y en ocasiones de acción, que denunció y enfrentó la Operación Cóndor, desde fines de los 70 hasta avanzados los años ’80. Su sede argentina fue una oficina en Córdoba 652, 11 E, y hombres y mujeres en Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil, como equipos en Praga, Berlín, Moscú  y las principales capitales europeas.
   Parcialmente cuento esa historia en mi libro “Secretos en Rojo. Un militante entre dos siglos”.
   Tal vez alguien, alguna vez, rinda homenaje a esos luchadorxs, escriba ampliamente su historia, omitida aún en los comentarios de la prensa canalla acerca de las explosivas revelaciones que realicé, relegada por una Academia que investiga solo lo que le interesa o rinde, económica o políticamente. En los dos àmbitos, la prensa y la academia, a la dominante historia de los vencedores se ha incorporado ahora lo que considero "La historia de los vencedores entre los perdedores". Para la primera hay mucho espacio, para la segunda menos, para la tercera nada, o casi nada, que "no es lo mismo pero es igual",

   Pepe, dio testimonio en una nota para el libro, que lo pinta de cuerpo entero, tanto al que conocí como al hombre que se forjó en las décadas siguientes:

“Aunque les asombre, no tengo intención de relatarles en detalle mis recuerdos de la aventura de la calle Córdoba 652, en Buenos Aires, entre el año 1973 y el año 1975.
La pregunta que surge hoy de esta experiencia se vuelca en dos palabras; memoria y resistencia: ¿en qué medida Córdoba 652 es una referencia?
(…)
“Después de los acontecimientos de Córdoba 652, los tiempos han cambiado. Pero el compromiso democrático ha adquirido el sentido de una lucha que traza, sin descanso, las vías de transmisión de la memoria histórica y la necesidad absoluta de resistir.
“Casi cuarenta años más tarde, nuestros modestos despachos noticiosos revelan el lugar determinante de la historia de resistentes anónimos contra la dictadura en la vida política de las democracias.
“Nuestro profesionalismo permite demostrar hoy que memoria y resistencia permanecen como un valor fundador de la legitimidad de optar por la democracia.
“Hoy nuestros países  se desarrollan, pero el riesgo del olvido de un pasado reciente nos invita a mirar hacia atrás. La memoria es un valor esencial de la vida social. Ella surge cuando las sociedades se enfrentan a la historia de su fundación y a la herencia recibida de los regímenes precedentes.
(…)
“Tales enfrentamientos pueden redefinir la legitimidad de la elección de la democracia, pero también pueden terminar en la negación del pasado contribuyendo al cuestionamiento de los valores que la originan.
“La historia reciente de nuestros países prueba que memoria y resistencia están en el centro de los valores que permiten construir la democracia.
“Confirma que la memoria es la esencia de una crítica a la altura del hombre, frente a aquellos que privilegian una visión dogmática de una historia en movimiento y regida por las reglas de la economía de mercado.
“La historia fue escrita en Córdoba 652 paso por paso, en el anonimato. Ignorábamos si estábamos escribiendo las páginas de una historia triste para las nuevas generaciones: para que nunca más se repita, sigamos resistiendo.
“Quisiera por último rendir homenaje, agradecer y manifestar mi reconocimiento a la solidaridad internacional de los integrantes de la calle Córdoba 652, sin la cual no estaría escribiendo en este momento.
“No sólo me acogieron en su seno, con la generosidad que los caracteriza, sino además enarbolaron la bandera de la lucha de un pueblo martirizado por una dictadura como si fuera el suyo. Y eso no se olvida nunca”.

   Otras tareas llamaron a Pepe dentro de aquel Chile martirizado.
   La DINA lo encarceló cuando editaba en la clandestinidad el periódico del Partido Comunista de Chile, El Siglo.
   Torturado y confinado, partió luego al exilio y se radico en Francia donde no abandonó sus ideales, pero se convirtió  en un documentalista de renombre internacional.

   Yo lo quise y lo querré. Hasta que me vaya. Y quiero entregar ese amor a los suyos: con sus hijos, Alioshsa, Yuri y Nicolás y la madre de sus hijos, su compañera de entonces y nuestra amiga Marilú.

   Desde la cámara que ilustra este insuficiente texto nos retrata, en el pasado y en el presente. Me recuerda que no bajaremos los brazos, pero no puede evitar que no quepa tanto dolor en un corazón ya  lastimado.


Alberto Nadra

lunes, 22 de junio de 2015

Defendamos el Proceso, para ir por el Proyecto


"En estos tiempos de tanto panqueque (bienvenidos), obcecaciones varias, crudos desengaños y cándidos estupores, cuando no de 'pa pa' (papelones patéticos) como los de los revolucionarios amateurs (me dan hasta ternura) de 876 vale la pena recordar", me dice mi  hermano "del medio", Rodolfo, para alentarme a traer al presente lo que escribió hace 8 meses, el 30 de octubre de 2014. El "negro" es un militante de toda la vida, periodista desde hace 50 años y hoy consultor en imagen, y escribió este análisis para la página de la entonces  agrupación LA CHE, de la que yo era dirigente.  Análisis despojado de adjetivaciones inútiles, pero con el que no estuve muy de acuerdo. Ahora, coincido, vale la pena releerlo.
En 2015: DEFENDAMOS EL PROCESO PARA IR POR EL PROYECTO
por Rodolfo Nadra, especial para “LA CHE”

     En 2015 probablemente votaré por Scioli. Digo probablemente porque todavía no sé si será el candidato del kirchnerismo, que es lo que voy a apoyar. Pero me gustaría que sea, aunque no es santo de mi devoción. Lo que sí tengo claro es que en 2015 decidiremos la continuidad del proceso abierto en 2003 con Néstor Kirchner y después Cristina, y con el que avanzamos como nunca en nuestra historia, desde los primeros gobiernos de Perón.
Eso, que no es poco, no es una revolución, vale la pena aclararlo, ni tampoco implicó hasta ahora ningún cambio estructural de fondo, como en la Bolivia de Evo Morales, por ejemplo. Pero es un salto hacia adelante, coincidente con los nuevos vientos en el Continente; y no hacia atrás como el que pretenden dar TODOS los candidatos de la oposición, incluida la letanía confusa, difusa y obtusa de la “progresía” perfumada de UNEN y cierta “izquierda”, trotskista y no trotskista que lo apoya.
     ¿Por qué digo que Scioli es la expresión de la continuidad viable del actual “proceso”? Porque el “proyecto” es, o debe ser en mi opinión, otra cosa. El proceso es lo que tenemos y transcurrimos, y en buena hora. El proyecto en cambio es eso: un proyecto, una aspiración; lo que queremos conquistar y convertir en realidad a partir de consolidar el proceso y seguir avanzando, como hasta ahora, con aciertos y errores.

     Pero sobre todo reconociendo el devenir en permanente lucha que implica avances, pero también retrocesos. No hay otra forma.
     Cabría advertir que no reconocer los retrocesos es lo mismo que aceptarlos. En cambio, admitiéndolos sabremos qué corregir y en qué enemigos poner el acento. También nos permite saber quién y con quién podemos caminar en cada etapa, sumando y no restando. Y si en política la suma no es una operación aritmética y dos más dos pueden ser dos o tres o cinco-seis, una mala apreciación de lo que tenemos y a lo que aspiramos a partir de lo que tenemos, nos puede llevar a saltar etapas y caer en un precipicio.
     En otras palabras, al margen de los nombres, que podrían dar para hoy largos e inútiles debates, ¿qué base tendría en 2015 un candidato de lo que se ha dado en llamar el “kirchnerismo duro”? Muy poca, en mi opinión, aunque hubiera ganado ajustadamente la interna del Frente para la Victoria. No tendría, tampoco, ni una pizca del liderazgo y la imagen positiva que mantiene Cristina y le permite, aún así, sólo resistir, y no mucho más, el embate brutal de la canalla mediática y el revanchismo oligárquico.
     ¿Vamos apretaditos en 2015 tras ese candidato ideal, con las banderas bien altas pero renunciando, objetivamente, a los sueños, para que gane Macri, o lo que es peor (sí, peor, por muchas razones) Massa? Para esa necedad no habrá que contar conmigo. Yo quiero contribuir a que gane Scioli y, como hasta hoy, seguir avanzando pasito por pasito, en lucha, presionando, rodeando, obligando, peleando cada espacio, comprometiendo hacia delante. El atajo, por no decir la cobardía o pasividad del todo o nada o del cuanto peor mejor ya tiene una historia trágica en Argentina.
     Insisto: un proceso alentador es los que transitamos; el proyecto transformador es a lo que aspiramos.

     La Asignación Universal por Hijo; las paritarias; la (tardía, por cierto) renacionalización de YPF; la firme posición frente a los buitres, la comunión con los procesos de Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, o Chile y Uruguay; la política de derechos humanos con la firme recuperación de la memoria y la justicia para las víctimas del genocidio; la igualdad de género y el matrimonio igualitario; el reajuste por ley de la asignación de los jubilados; la maravillosa y trascendental política científico-técnica por la que miles y miles de nuestros compatriotas han retornado a la Patria; etc., etc., etc., son, junto a muchas otras medidas de esta gestión de gobierno, que todos conocemos y disfrutamos, los hitos de un proceso que aspira a realizarse definitivamente en un proyecto nacional y popular. Es lo que apoyo y seguiré apoyando con firmeza.
     Por el contrario, lamento el inmenso equívoco que se generó con la 125, por el que debimos enfrentar y derrotar un plan destituyente montado sobre ella, pero que permitió a la vez una fabulosa transferencia de ingresos a los pools de siembra y los grandes acopiadores exportadores en detrimento de los pequeños y medianos productores agrarios.
      No apoyo el visto bueno al negocio criminal y extranjero de la minería a cielo abierto; tampoco los acuerdos secretos con Chevrón y la insólita y francamente entreguista Ley de Hidrocarburos que acaba de aprobar el Congreso. Me huele mal, en general, toda la política energética.
     No me gusta la subrepticia inclusión de la xenofobia y la vara otorgada al poder mediático para determinar casos de “conmoción social” en el proyecto (en general muy positivo) de nuevo Código Procesal Penal.
     No apoyo la intención de modificar la ley de medios a partir de otra que retrotrae al proyecto inicial (repudiado y modificado por el debate nacional) para alentar un nuevo monopolio de las telefónicas foráneas; ni el impulso discriminador, grotesco y represivo (Lear) del doctor-coronel Berni, la espada del Poder Ejecutivo para combatir la inseguridad; o el triste epílogo de un general Milani al frente del Ejército de la democracia en el gobierno de los derechos humanos.
     Tampoco respaldo, desde luego, la homologación de esas políticas nacionales por parte de Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires. No me gustan. Me hacen mucho ruido. No estoy de acuerdo. Claro que no levanto por eso tribuna, sino sólo por lo positivo, en ambos casos. Porque sé cuál es mi lugar en esta lucha. De igual manera, no admito la corrupción en MI gobierno, más allá de que exista en todos los países y al abyecto de Lanata se le ocurra vociferar falsedades o decir que es “mayor que la de Menem” (sic).
     Sin embargo, no creo que sea útil entre los militantes, en nuestros intercambios de ideas y propuestas, limitarse a callar todo y seguir con el ¡Viva Cristina Carajo! Me inclino más bien por un más reflexivo e igualmente comprometido ¡Carajo, Viva Cristina! No dejemos que siga avanzando el enemigo y admitamos que estamos perdiendo terreno (no la guerra, desde luego) en algunos aspectos de una Argentina en la que no hay ciertamente, ni por asomo, ninguna otra alternativa que no sea la continuidad (la posible, no la imaginaria o deseable) de esta gestión, de este proceso, del kirchnerismo o como quiera llamárselo.
Peguntémonos, entonces, ¿qué estamos haciendo para consolidar este proceso, además de vivar a los nuestros e insultar y ridiculizar a las basuras? ¿Interroguémonos por qué y con qué consecuencias NUESTRO gobierno no concreta la participación activa a la que nos convoca y la reduce a sólo movilizaciones y discursos de adhesión? 
     ¿Se entiende la trampa en que se nos pretende envolver? Se trata de que no asumamos la etapa. Que compremos sin beneficio de inventario la foto o la película que nos venden los medios hegemónicos. O sea, la de una país envuelto en una “grieta” en todos los planos, entre los partidarios de un gobierno cuasi socialista o comunista, títere de Venezuela o Cuba, etc.; versus una oposición moderada, que viene a restaurar la democracia frente al autoritarismo y el antiperiodismo, así como a “corregir” la economía enfrentando la inflación y los problemas “de la gente” (esa seudo categoría sin clase que inventó el Chacho Álvarez) acabando con la inseguridad.
     Ni lo uno ni lo otro. Este gobierno no es, ni de lejos, algo diferente a un capitalismo que intenta ser humano por su impronta peronista (y no termina de conseguirlo porque no deja de ser capitalismo) y renguea en consecuencia para el lado del pueblo (como ningún otro que lo precedió) y para el de la independencia y la justicia social.
     Tampoco las propuestas opositoras son inocentes, sino que vienen a reinstaurar el orden capitalista más feroz y explotador, a terminar en los hechos con la libertad de expresión y volver a la más absoluta y totalitaria libertad de empresa. No quieren acabar con la inflación sino con todo avance de este gobierno que implique ampliación de los derechos colectivos o individuales de las mayorías (no de unos pocos), o algún control sobre los monopolios e independencia de los poderes imperiales. Tienen, sí, cortita la bocha, una receta contra la inseguridad y es la represión indiscriminada, incluyendo la protesta social, y la paz de los cementerios. Se lo propongan o no, terminarán mandando a nuestros científicos, otra vez, a lavar los platos.
     Este y no otro es el contexto en el que marchamos a 2015. Para seguir manteniendo y profundizando los logros, como en Brasil, Uruguay o Bolivia, salvando las respectivas distancias, o a los fines de replegarse cerrando y ampliando filas para volver (sin tener que reconstruir todo) en 2019, como en Chile.
     No es ni será un camino fácil, aun ganando, y el candidato para esa etapa no es, en mi opinión, un dirigente del Movimiento Evita, de Nuevo Encuentro, La Cámpora o cualquier otro sector u organización que se precie, o sea, probadamente nacional y popular, como postula con más deseo que visión Carta Abierta. Al menos que optemos por una victoria testimonial, que sería una derrota al fin, y no es una disyuntiva que se plantee hoy en esos términos.
     La correlación de fuerzas actual no es otra cosa que el producto de la dramática batalla ideológico-política-cultural que se libra a través de los medios de comunicación, entre los que las redes sociales son una instancia no menor. Por eso apuro estas reflexiones. No para abrir un debate en si mismo sobre las mismas, valga la redundancia. Más bien para bajar en alguna medida los decibeles del griterío exitista, al que tendemos acaso por necesidad, y comenzar a elevar el tono de las propuestas y los análisis que nos permitan unificar toda la fuerza que tenemos, en el puño que tenemos, para enfrentar al enemigo que tenemos, en los tiempos que tenemos.
     De ahí que aspiro a votar al mejor candidato posible en 2015, aunando convicciones y esfuerzos, límites y objetivos, de forma tal de convertirlo, condicionarlo si se quiere, a ser continuador del proceso para bien del proyecto; y no en un mero mal menor “ajeno”. De nosotros depende, como todo.-
Buenos Aires, 30 de octubre de 2014.-