martes, 15 de septiembre de 2020

Recetario desestabilizador

 

    El sedicioso reclamo salarial de sectores la policía de la provincia de Buenos Aires aportó al muestrario de acciones destituyentes que, desde el triunfo electoral de la fórmula presidencial Fernández-Fernández, llevan a cabo las grandes corporaciones y la oposición partidaria neoliberal con la implementación de los sicarios mediáticos.

    Ablandamiento, deslegitimación, “calentamiento de las calles” y desestabilización son los pasos que vienen dando; etapas previas al desplazamiento de los gobiernos “incomodos” para los Estados Unidos, según la teorización del politólogo de la CIA Gene Sharp, quien propone transitarlas mediante nada menos que 198 métodos.

    Con cierto pudor, al resultado final lo denominan “golpe blando” o “suave”, cuando ciertamente es un golpe, pero nada tiene de suave o blando. La receta supuestamente “no violenta” aplicada en Latinoamérica y el mundo tiene al privilegio como impulsor, no excluye la participación militar o policial, y siempre descarga fuertes dosis de violencia sobre los pueblos.

    Pese a las optimistas previsiones de algunos ideólogos del progresismo vegano, que se apresuraron a dar por superada la etapa de los golpes de Estado en la región, el continente se estremeció en 2009 con el derrocamiento de Manuel Zelaya en Honduras. En 2012 y 2016 en Paraguay y Brasil siguieron las destituciones de Fernando Lugo y Dilma Rousseff, para cerrar 2019 con el sangriento golpe contra Evo Morales en Bolivia.

    En Argentina, las recetas de Sharp fracasaron en el intento de desplazar prematuramente a la presidenta Cristina Kirchner, pero generaron la base social de un triunfo electoral de la derecha en 2015, por primera vez en su historia.

    Estados Unidos, en disputa abierta con China y Rusia, no soporta ningún atisbo de independencia económica o política exterior soberana. Por ello, el papel de su embajada local fue trascendente, junto al asesoramiento en acción psicológica de Steve Bannon, notable estafador y fundador de Cambridge Analytica.

    El ex jefe de campaña de Trump y asesor de Bolsonaro, orientó a las trollsbots y botnets de Mauricio Macri en la campaña de falsedades antikirchneristas desarrollada en redes sociales a favor de Cambiemos, entre 2014/15. Fueron los tiempos de acuñar slogans como la “ruta del dinero K” o “se robaron un PBI”, los que desde sus portadas amplificaban Clarín, La Nación y otras repetidoras.


Ablandamiento

    Derrotada en las urnas en octubre de 2019 con el triunfo del peronismo y sus aliados del Frente de Todos (FdT), la desestabilización neoliberal inició la fase de “ablandamiento”, para la cual el manual estadounidense indica erosionar a las autoridades electas, promover el descontento y malestar ciudadano.

    Aún antes de asumir la nueva administración, comenzaron las declaraciones de los grandes grupos económicos, acompañadas de entrevistas con las autoridades electas, para condicionar sus futuras decisiones.

    En simultaneo, los medios hegemónicos reprodujeron, pero a la vez instalaron, una noticia falsa tras otra. Una y otra vez sembraron desconcierto y angustia ante la nunca concretada “incautación” de ahorros y plazos fijos o la “feroz interna en el FdT” ante “el avance de La Cámpora”. También desvirtuaron propuestas reales como la denuncia de periodistas venales, la regulación del comercio exterior y la garantía del derecho a la vivienda.

    A días de iniciada la nueva gestión, desde la prensa y las redes sociales repetían que “todo sigue igual”, los problemas socioeconómicos se mantienen, y políticamente “se llevan puesta la República”, el presidente está “acorralado por Cristina Fernández”, o bien (vale todo) “son lo mismo”.

Deslegitimación

    El contundente resultado de las elecciones, que fueron organizadas por el propio gobierno macrista, impidió el uso de la clásica muletilla de fraude, un clásico para la “deslegitimación” de los gobiernos populares en el continente. En cambio, arreciaron las acusaciones de “corruptos”, “autoritarios” y “populistas” ante cada intento de dar cumplimento a las modestas promesas electorales.

    Las corporaciones se enfurecen ante cualquier regulación antimonopólica o una pequeña redistribución de recursos en favor de los más postergados. Entrelazados con la oposición partidaria de Juntos por el Cambio (JxC) claman por la propiedad privada presuntamente violentada y profundizan la guerra psicológica, para lo cual amenazan con definiciones absurdas, pero de impacto en su público:  el “totalitarismo cubano” o el surgimiento de una “Argenzuela”.

Calentamiento de las calles

    A estas etapas se suma la de “calentamiento de las calles”, es decir movilizar contra el gobierno a una parte de la población con un discurso de odio (antiperonista, anticomunista, xenófobo, antiestatal, etc.) para lo cual no dudan en violar toda medida preventiva para la salud.

    En tiempos previos a la pandemia comenzó el corte de rutas de la patronal agropecuaria, para ya en plena expansión del covid 19 promover “cacerolazos” barriales. Envalentonados, en junio volvieron a bloquear rutas para impedir un intento de salvataje de la fraudulenta cerealera Vicentin, mientras en julio, agosto y septiembre volcaron manifestantes antigubernamentales a las calles, con un marcado incremento de la violencia verbal y física: agresivas consignas, golpizas a periodistas, destrozo en edificios públicos, amenazas de muerte a legisladores y a la vicepresidente de la Nación, en una inquietante sintonía con el libreto aplicado en otros países del continente y por los grupos neonazis europeos.

Desestabilización y desplazamiento

    Estas tres etapas confluyen – sucesiva o simultáneamente- en una cuarta, la de abierta “desestabilización”, ya sobre el objetivo final que es el “desplazamiento” de las autoridades legítimamente elegidas, intento que en casos como el de Venezuela llega al pedido de intervención militar extranjera.

    Los medios hegemónicos multiplican su tarea de desinformación y acción psicológica, promueven el miedo y la desesperación mediante anuncios apocalípticos de un inevitable default financiero, “fuertes devaluaciones”, “quiebras masivas”, inseguridad generalizada, tomas masivas de tierra y expropiaciones de viviendas familiares. Tampoco se privan de acusaciones delirantes acerca de “crímenes del poder”, como ya lo hicieron en 2015 con el suicidio del ex fiscal Alberto Nisman y repitieron en julio pasado con el asesinato del ex secretario presidencial Fabián Gutiérrez.

    También se proponen meter, o aprovechar, cuñas en la propia coalición de gobierno, distanciarla de la ciudadanía y -en la medida que obtienen demoras o retrocesos- minar su propia base militante y electoral. Ametrallan con análisis periodísticos acerca de supuestos enfrentamientos entre el presidente y la vicepresidente, choques en el seno del gabinete ministerial, o del “distanciamiento” del gobernador bonaerense y los intendentes oficialistas.

    Sin embargo, aún si logran el desplazamiento no concluye la ofensiva.

    Cuando fracasan en sus intentos -como hasta ahora- tratan de imponer a la mayoría la agenda de las minorías, cogobernar de hecho. Cuando logran su objetivo persiguen al movimiento popular y proscriben a sus dirigentes con el taparrabos judicial y el lawfare. Fallaron con Cristina Kirchner, pero lo lograron encarcelando a Lula da Silva en Brasil, para en estos días proscribir a los ex presidentes Evo Morales y Rafael Correa, inhabilitados para ser candidatos a senador y vicepresidente, respectivamente.  



La escalada en marcha en Argentina incluye abiertos llamados a la “desobediencia civil” por parte de intelectuales adictos, que con el estímulo y promoción de las corporaciones y los multimedios llegan al extremo de calificar la protección de la salud de los argentinos como “infectadura” o “terrorismo sanitario”.

    Los legisladores opositores cacarean acerca del dialogo y el consenso, pero inician un abierto desafío a las normas de la democracia. En abril convocaron a una patética “Travesía por la democracia”, desde las provincias hacia el Congreso Nacional, supuestamente en riesgo por las limitaciones que impone la emergencia mundial.  Son los mismos que bloquean las sesiones parlamentarias virtuales y reclaman la intervención de un poder no electo, la Corte Suprema de Justicia, para frenar la aprobación o aplicación de leyes aprobadas democráticamente en el Congreso.

Peligrosa subestimación

    En este clima, es alentadora la potente reacción de la militancia y la dirigencia intermedia del FdT, de organizaciones sociales y sindicales, ante la gravedad institucional de la asonada protagonizada por los policías bonaerenses, quienes llegaron a cercar las residencias del gobernador y el presidente. A la vez, preocupa cierta subestimación por parte de algunos funcionarios gubernamentales que se esforzaron en otorgarle razonabilidad a los reclamos, pero restarle importancia a los hechos, reducirlos al mero planteo salarial.

    La derecha desprecia y aprovecha el respeto del movimiento popular ante la gravedad de la pandemia, el que en virtud de su compromiso con la salud de los argentinos aún no se moviliza para enfrentar el destituyente “calentamiento de las calles”.

    Ese respeto va unido al reclamo para que el gobierno ejerza plenamente la autoridad conferida por mandato electoral, sin vacilaciones en el cumplimiento de los compromisos con el pueblo que lo votó; que actúe con equilibrio, pero tambièn con firmeza ante cada intento desestabilizador.


    El cuidado de la salud y la vida de nuestros compatriotas NO puede llevar a la pasividad ante el discurso y la acción del privilegio, ni impedir formas alternativas de participación ciudadana, de movilización y ejercicio del protagonismo popular.

martes, 1 de septiembre de 2020

Una propuesta frente a la desestabilización


Muy peligrosas definiciones del arco opositor
    La última semana de agosto, vigesimocuarta de pandemia, puso claramente de manifiesto las vigentes relaciones de poder y las alternativas que enfrenta la Argentina: el moderado progreso económico/social que impulsa el gobierno o la restauración conservadora que pretende la oposición.

    El Ejecutivo marcó agenda mediante tres decisiones que despertaron la ira de las corporaciones: 1) restableció mediante un decreto la condición de servicios esenciales y estratégicos de las tecnologías de la información y el conocimiento; 2) envió al Congreso un proyecto de ley que introduce reordenamientos parciales en la organización de la justicia; 3) hizo lo propio con el que impone un aporte “solidario”,  y por única vez, a 12.000 propietarios de grandes fortunas de entre 200 y 3.000 millones de pesos, apenas el equivalente a la renta extraordinaria de la que se apropiaron durante la pandemia.

    Si para estos días se anticipan nuevas medidas, la oposición económica, mediática y judicial se lanzó a bloquear las ya anunciadas, por lo que agudizó su ofensiva desestabilizadora, su presión para frenarlas y forzar retrocesos que aíslen al gobierno e, incluso, deteriore la base político y social que lo sostiene.

     Así, aparecen nuevas líneas de maceración ideológica por parte de los sicarios mediáticos, que a la vez amplifican las irresponsables y destituyentes definiciones del arco opositor.

    Agudización de la ofensiva desestabilizadora

    Esta semana, la artillería pesada la han descargado los múltiples pronunciamientos de entidades empresariales, agroindustriales, de la corporación mediática y judicial contra los proyectos gubernamentales. Obvio, detrás de las palabras rimbombantes confirman que apelarán a cualquier medo para defender sus privilegios.
   
    Como el 17 de agosto, pero ahora con la descarada convocatoria de Clarín anticipando que “Así será la marcha del 26A”), o de La Nación difundiendo con precisión “Los puntos de concentración para la marcha”, volvieron a salir a la calle los “antitodo”. Retornaron para pasear su odio y violar las medidas sanitarias, esta vez más que raquíticos en número, pero con redoblada violencia. Dejaron gravemente herido a un periodista, mientras en las redes se promovía una amenaza de muerte a la vicepresidenta y se divulgaban masivamente teléfonos, direcciones y domicilios de legisladores del Frente de Todos (FdT).
   
    Conviene no demorarse en el carácter delirante de algunas consignas enarboladas en gritos y pancartas, ya que predomina claramente un núcleo que reinstala las que históricamente esgrimió la reacción, tanto en golpes militares como para forzar la capitulación de gobiernos surgidos de las urnas: Libertad, Democracia, República, la Corrupción.
   
    Es el libreto con el que, malversando el sentido de las palabras, hundieron en la pobreza al pueblo y regaron con sangre las calles de la Patria.

    Gritando Libertad, encarcelaron, secuestraron y asesinaron a miles de argentinos. Con la bandera de la República voltearon gobiernos electos, arrasaron con la Constitución y las leyes. Para “restaurar” la Democracia y “protegerla” de peronistas y comunistas proscribieron partidos políticos y disolvieron el Congreso.

    El taparrabos de la corrupción fue uno de las excusas para derrocar a Yrigoyen en 1930, a Perón en 1955 y a Illia en 1966. También para acorralar a Raúl Alfonsín. En cambio, demolieron las instituciones, saquearon el bolsillo de los trabajadores, esquilmaron al Estado, y en sociedad con la “patria contratista” nos endeudaron en el exterior, a la vez que obligaron a todos los argentinos a pagar los créditos y autopréstamos de un puñado de grandes empresarios, que con el dinero público engrosaron sus fortunas personales.

    Ahora, sus sucesores, acompañados por muchos de los que callaron ante tantos atropellos, “Llaman libertad a la opresión y dictadura al cuidado de la vida”, como sintetiza la filosa pluma de Horacio González. 

    Nuevas líneas de maceración ideológica

    En el pasado, luego de la decisión estratégica de Cristina de proponer a Fernández a la presidencia, y acompañarlo como su vice, intentaron impedir el triunfo de la fórmula del FdT con acusaciones que fueron desde una caricaturización de la consigna de marzo de 1973 (“Cámpora al gobierno, Perón al poder”) hasta delirios como el de Elisa Carrió, quien no vaciló en vaticinar un magnicidio impulsado por la dos veces presidenta.
 
La campaña de los sicarios mediáticos del privilegio
 
   Tampoco falto la vieja receta del “Chirolita”, donde Alberto Fernández sería un títere en manos de Cristina, como en 2011 aseguraron que Cristina lo sería de Néstor Kirchner y, en 2003, el propio Néstor de Duhalde. Poco imaginativos, como se ve, pero siempre dañinos: conjeturan que “el público se renueva” y que el sector de la sociedad al que se dirigen antepone prejuicios a la propia experiencia.

    Posteriormente al triunfo electoral hubo varios cambios de libreto para colonizar la subjetividad de esa porción de la población, que por otra parte ofrece cada vez menor resistencia. Para los sicarios mediáticos del privilegio, el “chirolita” /títere se convirtió en “un moderado que puede frenar a Cristina”, pero más adelante sembraron temor ante “el asedio de Cristina al presidente” y finalmente se irritan pues, en realidad, “los dos son lo mismo”.

    El viernes 28 de agosto, ante las cámaras de América TV, Luis Novaresio mostró un impostado desencanto por las últimas decisiones del presidente.

Alberto Fernández ya no es el que dijo que era", se lamentó en una suerte de reedición del clásico tango de Celedonio Flores, “Ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”.

    El mismo día, en La Nación e inquieto por la suerte patrimonial de sus patrones, Carlos Pagni finge preocupación por el destino de Fernández. “El ‘vamos por todo’ de Cristina Kirchner ahora es contra el presidente”, garantiza con envidiable certeza, aunque apenas 48 horas después lo contradice desde el mismo matutino su colega Joaquín Morales Solá: “El Presidente ha hecho suyas todas las posiciones de su vicepresidenta y, a veces, va más allá de donde ella llega”.

    El domingo 30, en Perfil, Nélson Castro, en tono apocalíptico sentencia que “El curso que Alberto Fernández le imprime a su gestión no deja dudas: CFK se impone de manera paulatina e inexorable”. Le toca al el Editor General de Clarín, Ricardo Kirschbaum, completar la vuelta de argumentos que se diferencian, pero coinciden en dañar la imagen presidencial: “Fernández no es hoy el Fernández que sugirió ser. Cristina Kirchner le fija la agenda e impone el ritmo de cumplimiento. Nunca hubo en la historia un vicepresidente que tuviera ese poder, que exhibe sin pudicia”. “Lo aleja del centro, su atributo principal”, se lamenta, pero deja en claro a que le teme realmente.

    No faltan quienes -como Marcelo Longobardi o Sergio Berensztein, en Radio Mitre- exponen su propia fórmula para neutralizar a la vicepresidenta, y con ella al sector más dinámico del FdT.  A la vez, para preservar a Juntos por el Cambio como núcleo político que garantice la restauración conservadora, ponen distancia de su abierta prédica en favor de Mauricio Macri. Es “la hora de dar un paso al costado”, demandan, y no vacilan en “entregar” al ex presidente siempre y cuando logren apartar también a Cristina.

        Es un juego a dos bandas. Promueven y miden candidatos alternativos al deteriorado Macri, que ha perdido su confianza para liderar la derecha, pero de paso devuelven prudente aire -e ilusiones personales- a figuras que consideran “moderadas” dentro el FdT, las que no faltan, por cierto.

    Peligrosas definiciones del arco opositor, amplificadas por los medios

    Alguna vez advertimos que, una vez iniciada la actual gestión, los intentos de condicionar sus primeros pasos se convertirían en presión directa.
   
    Después de las PASO, y hasta el 10 de diciembre de 2019 tuvimos operaciones diarias sobre “el avance de La Cámpora” y “el kirchnerismo duro”, a la vez que se demonizó una supuesta “Conadep de periodistas” (apenas una ironía militante de Dady Brieva), la “reforma agraria” de Juan Grabois (recreación de una reivindicación de la burguesía francesa del siglo 18) o una tímida referencia de Felipe Solá a la disuelta Junta Nacional de Granos (instaurada por los propios conservadores de la tercera década del siglo pasado, para regular mínimamente el sector).
   
    En esos días, Eduardo Eurnekian, Paolo Rocca, Marcos Galperìn, la Sociedad Rural, entre otros, se apresuraron a pedir entrevistas y/o mandar “constructivos” mensajes al futuro presidente.

    Hoy, sin disimulo, los mensajes son advertencias y amenazas. La oposición y los medios boicotean abiertamente el funcionamiento del parlamento, convocan a un dialogo que no practican y reclaman un consenso al que entienden como la renuncia gubernamental a cumplir con el contrato electoral con sus votantes, a reemplazar su agenda por la de ellos.

    “A ocho meses de asumir le estamos soplando en la nuca al peronismo”, se autoexcita el ex senador Ernesto Sanz. Este radical alvearista no se priva de preguntar amenazante acerca de “¿Cuánto tiempo demora esto en explotar?”. Con los reflejos propios de su tan lejana como olvidada militancia peronista, Patricia Bullrich, actual presidenta del PRO, se apresura a completar la idea: “Ya estamos para gobernar”.

El "flash piscótico" de Duhalde se sumó al clima destituyente
    El “flash psicótico” de Eduardo Duhalde, quien alucinó con un golpe militar que impediría las elecciones de medio término, no fue otra cosa que un aporte más a este clima destituyente sembrado por la corporación política, mediática y judicial.
    Se explica, entonces, la fuerte reacción democrática al dislate del ex presidente interino, aún con su casi nula gravitación política actual, pero resulta incomprensible la total falta de reacción ante las graves afirmaciones del senador radical Luis Naidenoff durante el debate por la denominada “Reforma Judicial”.

     Ninguna figura del oficialismo, tampoco medio de prensa alguno, comentó, y menos condenó, su cuasigolpista cierre en nombre del bloque de Juntos por el Cambio, cuando Naidenoff reclamó abiertamente la intervención de la Corte Suprema si avanza el proyecto ya aprobado en la Cámara alta.

    El Ejecutivo, un poder electo en sufragio universal propone. Otro poder, también surgido de la voluntad popular, discute, propone y legisla. Ambos deciden un reordenamiento parcial del poder más elitista y objetado por la sociedad, el único que no es elegido ni revalidado por el sufragio. Y Naidenoff, como en las paginas mas oscuras de la historia argentina y de su propio partido, lo convoca para que anule la voluntad mayoritaria de los representantes del pueblo.

    A este amplio abanico, en sus distintas etapas, aplica a la austera definición de desestabilización: “Es la acción de debilitar las instituciones políticas de un Estado y de erosionar la autoridad de sus gobernantes, de modo que el sistema en su conjunto pierda seguridad y firmeza”.

     ¿Qué hacer?
        Un reconocido psicoanalista argentino, quien suele incursionar con agudeza en la reflexión política, transcurre estos caldeados tiempos con la convicción de que el reclamo de medidas progresivas desde la izquierda del FdT puede complicar la estabilidad del gobierno.

    En un mundo acechado por el poder de las corporaciones -alerta con respetable, aunque muy reiterado temor- los llamados al protagonismo y la movilización popular, incluso algún reparo dentro de la propia alianza gobernante, pueden contribuir a “a un humor social reactivo”, y encubrir “un intento de calmar las conciencias, que además desconocen que en el mundo entero se prepara la repetición, ahora como farsa, de los totalitarismos del siglo XX”.

    De tal manera, ante el poder del privilegio y su abierta presión sobre el gobierno, da a entender que al campo popular debe replegarse en lugar de enfrentarla construyendo una fuerza equivalente, y en lo posible superior.

    Lejos de disminuir, los peligros crecen si nos adaptamos a las relaciones de fuerza dadas, festejamos la inmovilidad y pasivamente confiamos la suerte del proceso a la capacidad de resistencia de la dirigencia. Aún si esa aptitud fuera firme, quienes deben decidir carecerían del pivote necesario desde el cual fundamentar, difundir y dar sustento a la aplicación de un contrato electoral escasamente ambicioso, pero aun así duramente resistido.

        Hemos dicho, repetimos y reiteraremos, que se impone institucionalizar el FdT ponerlo en funcionamiento, generar espacios de propuesta y decisión para los partidos que lo integran, sumando la participación activa de las organizaciones populares que acompañan.

    A la vez, ir hacia lo profundo de nuestro pueblo, arraigarlo a nivel sectorial y territorial, convertir el frente en un orientador, coordinador y organizador programático colectivo a lo largo y ancho del país.

    No se trata de convocatorias abstractas. Solo a modo de ejemplo, podemos ubicar la inminente discusión parlamentaria y luego la aplicación del aporte “solidario” de las grandes fortunas.

    Será necesario explicarlo y organizar su difusión, para defenderlo frente a la brutal reacción del poder real, sin dejar de lado la opinión de quienes entendemos que es necesaria una reforma tributaria integral, que realmente recaude en forma permanente, entre los que más tienen, los recursos para enfrentar la emergencia, resolver las necesidades sociales y recuperar el trabajo y la producción.

  
Construir poder popular en cada lugar de trabajo, estudio y vivienda
    La batalla de ideas debe ir acompañada con organización.

    Si el proyecto de ley dispone que el 20% de lo recaudado se destinará a la “compra y/o elaboración de equipamiento e insumos críticos para la emergencia sanitaria”, hay que clarificar el alcance de esta decisión y garantizar su cumplimiento mediante la estructura del FdT entre médicos, enfermeros y personal de salud, así como de los trabajadores de las ramas que proveerán el material. Si otro 20% fortalecerá las fuentes de trabajo y la remuneración de los trabajadores de micro y pequeñas empresas, y un 20% se aplicará a becas Progresar para estudiantes, el FdT debe explicar el significado de esta conquista y afirmar la presencia en cada uno de los lugares de trabajo y de estudio. El mismo saldo en la conciencia y la organización debe lograr el FdT con la aplicación del 15% en “los barrios populares en proceso de integración urbana”, o entre los trabajadores que velarán por el 25% destinado a los programas de exploración y desarrollo de gas natural a través de ENARSA, con la coordinación de YPF.

    Son formas concretas de entender de qué hablamos cuando proponemos y convocamos a la necesaria construcción de poder popular en cada uno de los lugares de trabajo, estudio y vivienda.

    Un llamado a dejar de lado la expectativa o la pasividad temerosa ante las presiones internas y los intentos desestabilizadores. A contraponerles movilización y protagonismo.

viernes, 28 de agosto de 2020

Los "antitodo"


    Un 17 de agosto, a 170 años de la muerte de San Martin lejos de la Patria, en el pico de la pandemia y como insulto a su figura, salieron agresivamente a la calle los “antitodo”.
     Salieron a contagiar su odio anticuarentena, antiestado, antiexpropiación, antiFranciso, antimédicoscubanos.
 En definitiva, antipueblo.

      A todos los une su anticomunismo y su antiperonismo, hoy en clave antikirchnerista, bandera pirata bajo la cual comprometen la salud pública y buscan abiertamente deslegitimar y desestabilizar al gobierno elegido democráticamente.
      Son los mismos que aplaudieron la eliminación de la figura del Libertador en los billetes, sacaron su retrato de la casa de gobierno y pidieron perdón a un rey corrupto del imperio que derrotó militarmente.
     Son los herederos de quienes en su tiempo -como Rivadavia y Alvear- lo acusaron de corrupto e intentaron asesinarlo para ahogar la lucha contra el imperio colonial, su aliento a la guerra de guerrillas de los gauchos de Güemes y su gesta libertadora continental.
     Los aterraba su gestión en la gobernación de Cuyo, donde mediante una fuerte intervención estatal promovió la producción criolla, la educación y la salud pública, financiadas con una política tributaria progresiva, impuestos a la riqueza y expropiaciones de la sacrosanta propiedad privada.
     Un travestido senador justicialista, que habitualmente se disfraza del genocida Mitre para agredir a los pobres de nuestra patria y de la región, agrede a los funcionarios y los epidemiólogos que se juegan diariamente contra la Pandemia de Covid 19: “no van a poder salir a la calle”.
     Una desertora de la JP reclama una libertad que nadie le quitó, al punto que puede desafiar con un “No vamos a dejar que hagan de la Justicia una Unidad Básica”, y amenaza impune: “en peligro, todo está permitido”.
       Desde su sorprendente capacidad para ocupar puestos ejecutivos en cualquier gobierno, aporta a la confusión general un vanidoso interprete de Juan Perón: exalta la predica de los medios de comunicación hegemónicos y exige que “el peronismo se saque de encima al kirchnerismo”.
     Tampoco faltan “comunicadores” y formadores de opinión, los que renegados de la “izquierda nacional” o del PC, coinciden sembrar pánico ante la supuesta senda que nos lleva hacia Cuba o Venezuela, y en su envenenada prédica se indignan ante “algunos comunistas (que) volvieron a encontrar una redención en el kirchnerismo”.
     ¿Manifestantes poseídos por un delirio irracional, medievales, en algunos casos?, ¿temeraria irresponsabilidad de tal o cual dirigente? ¿periodistas que alquilan su pluma o su voz para taladrar el sentido común? ¿rabiosa inquina ante sus privilegios amenazados? Un poco de todo esto, pero aún más.
     El anticomunismo y el antiperonismo nunca se impulsaron como un fin en sí mismo. Siempre fueron herramientas para frenar ideológicamente, pero también encarcelar o eliminar físicamente a sus portadores, como modo de amedrentar y frenar los movimientos emancipadores en el plano político, ya no digamos social.

     Es el mismo objetivo que persiguen sus reactualizaciones contemporáneas en términos de “antipopulismo” y antikirchnerismo, que vomitan diariamente seudointelectuales de un sentido común reaccionario y traducen, grosera pero eficazmente, los sicarios mediáticos del privilegio.
       La estrategia anticomunista y antipopulista (del que suponen de izquierda, por supuesto) se desarrolla en el plano nacional e internacional, a la vez que busca eliminar la memoria histórica de lucha de nuestros pueblos, cuestionando sus bases ideológicas, borrando las ideas y hechos constitutivos de su tradición, o tergiversando y mintiendo abiertamente sobre ellos.
     En una larga conversación que mantuvimos días atrás, mi amigo e historiador Pablo Leoncini bosquejó tres ejes de reflexión acerca de esta ofensiva que venimos soportando, con escasa respuesta teórica y práctica desde el campo popular.
     En el plano nacional, a partir de la incapacidad histórica de la burguesía argentina para producir alguna referencia de autonomía nacional en lo político cultural o económico general, se reproduce un mecanismo clave de un sector de la derecha internacional al invertir la vieja consigna de Mao para la guerra revolucionaria: si aquel instruía a los combatientes a moverse en el seno del pueblo “como pez en el agua”, ahora se pretende justamente “quitarle el agua al pez”, para para ahogar cualquier intento de cambio progresivo.

     Para este objetivo generan diversas operaciones ideológico-comunicacionales complejas, a fin de crear las condiciones político-sociales de ilegitimidad de cualquier medida reformista que tienda a un mínimo de afectación del interés del gran capital mediante intervencionismo estatal o redistribucionismo neokeynesiano. Y redoblan sus esfuerzos ante la explosiva situación económica de la pandemia, la que pone en el eje del debate reformas imprescindibles, pero que no se dirimen en el terreno de la tecnocracia económica sino en la pulseada de las relaciones de fuerza políticas.
     El freno a cualquier brote reformista “populista” en nuestros países, es parte de una política de mediano y largo plazo del poder militar-financiero-comunicacional estadounidense.
     La pandemia también agravó de forma exponencial la tendencia del capitalismo a la crisis que se venía destacando en los últimos años, y en regiones clave del mundo puede peligrar la pretensión estadounidense para mantener o amplificar su control directo o semidirecto producto de la creciente presencia china y rusa.
     En ese contexto, el anticomunismo y el antipopulismo sirven de plataforma para mantener su hegemonía, enfrentar todo indicio de multilateralismo, de cooperación y concertación igualitaria en las relaciones entre las naciones.
     En el plano de la memoria histórica, lejos de ocuparse del pasado como de un fenómeno muerto, busca la eliminación –desde el presente– de toda la experiencia organizativa y programática del movimiento obrero, de la lucha de clases y de las posibilidades emancipatorias.
     En nuestro país, esa ofensiva ideológica apunta al desprestigio de las tradiciones tanto de los partidos comunistas como del guevarismo, pero sobre todo a hueso hoy más duro de roer: las de las conquistas de los gobiernos peronistas y, luego de 1955, la Resistencia y sus continuadores más combativos.

     Estas tres corrientes no sólo fueron demonizadas, sino que hoy se trabaja denodadamente en la tergiversación y ocultamiento de aportes, los que en el presente resultan vitales para incidir en política desde una perspectiva de transformaciones profundas en la estructura económico-social del país.
     Cuando decimos Memoria referimos a mucho más que al recuerdo de camaradas y compañeros que nos fueron arrebatados. Rescatamos los objetivos de su lucha, por lo que despojar de esta herencia a las nuevas generaciones que deben continuarla es una forma de mantener el poder del privilegio.
     ¿Una primera conclusión?
     Estamos frente a una estrategia de largo asedio, donde el enemigo aprendió de Gramsci y construye la base cultural para que la mayoría social sea cada vez más reaccionaria y limite al extremo las posibilidades no ya de una revolución social, sino del más básico reformismo democrático popular.
     En consecuencia, han ingresado en una etapa claramente desestabilizadora y golpista con un peligroso incremento diario de la violencia discursiva y hasta física, cada día más envalentonados. Sin demoras ni vacilaciones, urge una respuesta contundente y organizada del campo popular, a la vez que firmeza en la respuesta gubernamental.


domingo, 19 de julio de 2020

¿Fuego amigo?


                                                                                
    En medio de la pandemia que azota al mundo, la disputa de la conciencia popular en Argentina es descarnada, con una fuerte ofensiva anticomunista y antiperonista, hoy bajo la forma de “antikirchnerismo”, impulsada políticamente por la coalición Juntos para el Cambio, pero motorizada desde los grandes grupos económicos y amplificada por los medios de prensa y comunicación hegemónicos.
    A la par, dentro del propio movimiento nacional y popular, se agudiza un debate acerca de las decisiones, los tiempos y la fuerza de sustentación que permita llevar adelante el rumbo de independencia económica, justicia social y soberanía política prometido por el presidente Alberto Fernández.
    Dos ejes destacan del conjunto. Uno, para definir si la catástrofe económico social en que sumió al país la administración de Mauricio Macri, agravada ahora por la pandemia, la pagará nuevamente el pueblo trabajador, o si lo hará el bloque dominante, que a su costa se enriqueció brutalmente durante el dominio neoliberal. El otro, en torno a la orientación de la política exterior frente a las presiones del imperio y sus socios nativos.
    Para encarar y decidir en relación a estos ejes, ¿hay que adaptarse a la actual relación de fuerzas o apelar al protagonismo popular organizado para modificarla?

     La pregunta es pertinente, ya que asistimos a una creciente alarma de funcionarios y dirigentes ante el surgimiento de cuestionamientos internos a ciertas definiciones (o acciones y omisiones) del gobierno, pero en lugar de opinar acerca de su justeza se opta por poner en duda las motivaciones del emisor e irritarse por el solo hecho de haberlas formulado.
    Algunos directamente anteponen sus prevenciones al hecho de que quienes aportan criticas puntuales son parte dinámica de quienes han votado al Frente de Todos (FdT) y apoyan la orientación general del gobierno.
    Hay también quienes distraídamente toman una noción impuesta por los medios hegemónicos para socavar la base de sustentación del gobierno, el concepto de “fuego amigo”.
   Las sobresaltadas advertencias son todavía más amplias, y van desde la convocatoria a “cerrar filas” para “bancar” o “acompañar” pasivamente, hasta obvios llamados para “sumar y no restar”, pasando por cuestionar el “narcisismo de las pequeñas diferencias” en las propias filas, lo que entiendo consideran parte de una inadecuada “autoafirmación” del yo, cuya búsqueda compulsiva pondría en peligro el objetivo por todos deseado.
    Siempre es aconsejable atender la cuota de razón que pueden tener estas recomendaciones, pero a la vez precisar que no es pequeño el erróneo supuesto que los disensos “dividen”, que poco y nada aportan las propuestas alternativas dentro de las propias líneas, y en su lugar proponen que esperemos confiados en una suerte de inteligencia superior depositada en unos pocos que ejercen cargos.
    No faltan quienes se alejaron por derecha entre 2003/15 y ahora ocupan nuevamente posiciones destacadas, desde las cuales juzgan que el disenso (el que se produce por izquierda, claro) es sinónimo de “divisionismo”, o “canibalismo”, “le hace el juego al enemigo” o, dicho con mayor delicadeza, es “funcional” al neoliberalismo, para colmo en estos difíciles momentos.
    Con mayor o menor acuerdo con algunas propuestas críticas, en principio las considero políticamente positivas si provienen constructivamente de la militancia, la dirigencia o personalidades de los distintos ámbitos del FdT.
    En estos días se amplió el debate acerca de qué hacer, y en mucho menor medida del cómo hacerlo, aunque lamentablemente se reduce casi exclusivamente a las redes sociales, por razones que van mucho más allá de la cuarentena o el entusiasta eco que encuentra para la prédica desestabilizadora de la oposición y sus carapintadas mediáticos.
    Lo cierto es que no hay canales institucionales de participación de la militancia y que tampoco está institucionalizada la intervención de partidos y movimientos que integran la alianza gobernante.
    No lo están como necesidad, mucho menos como objetivo, ubicándonos a la defensiva, limitando la iniciativa y aún la respuesta ante una derecha que presiona, busca arrancar concesiones e incluso comienza a disputar un terreno que siempre hemos considerado propio: la calle.
    Parece que desde la cúpula no se escucha a nadie que no posea una cuota de poder, y aun así todo indica que cuando lo hacen es más por su capacidad de daño (como es el caso de la centroderecha explícita dentro del gobierno) que por su representatividad o la justeza de las reflexiones.
    En política, ningún debate ni confrontación con el adversario, externo u interno, se define a favor del movimiento popular si no contribuye a modificar favorablemente la relación de fuerzas, así sea parcial o temporalmente. La inmovilidad o el estancamiento llevan irremediablemente al retroceso.
    “Ellos” tienen todo el poder económico y buena parte del estatal, así como el aparato de construcción de sentido común, la fábrica de consenso antipopular que da la maquinaria cultural hegemónica, de la cual forman parte esencial, aunque no única, los medios masivos de difusión.
    “Nosotros”, si apelamos a él, disponemos principalmente el poder de la militancia movilizada y su saldo organizativo, por lo que sería un error reducir la disputa a los terrenos que ellos dominan, aunque igualmente haya que dar la pelea allí.
    No se trata, entonces, de “apoyar” callando, ni de tan solo plantear la crítica desde el enojo, la frustración o la impotencia, en ocasiones más que comprensible. Tampoco de pretender que los que tienen responsabilidades institucionales son depositarios únicos de la sabiduría popular, en realidad acumulada y transmitida con sacrificio por generaciones de luchadores.
    Hoy urge que la alianza gobernante supere la etapa de coalición electoral para convertirse en un frente real, por lo que es necesario institucionalizar la presencia y aporte plural de partidos, movimientos y organizaciones que la integran o apoyan.
    Los acuerdos superestructurales del FdT se agotan si no van acompañados de la constitución de sus núcleos organizativos de base, con participación y poder de decisión en los territorios, barrios, casas de estudio y lugares de trabajo de la ciudad y el campo.
    La historia argentina y de la patria latinoamericana demuestra que la ofensiva del privilegio siempre busca voltear a las administraciones que ponen en algún riesgo sus intereses; que desgastan y desestabilizan mediante una fuerte campaña de desprestigio y presionan para arrancar concesión tras concesión, con lo que logran unificar tanto a enemigos como adversarios, a la vez que desgastar y minar la base de sustentación del gobierno.
    Ese es el juego de pinzas que desemboca en los golpes de Estado, los desplazamientos seudoparlamentarios, o incluso la creación de un consenso capaz de expresarse en lo electoral.
    No es con buenos modales con el establishment, y menos con la pasividad que le deja el campo libre a la presión revanchista, que se mejoran las posibilidades para derrotar la oposición destituyente. No es así que se evita una nueva frustración y se “banca” realmente un rumbo en favor de las mayorías.
    Se necesitan objetivos precisos, transformar en patrimonio colectivo la comprensión del camino a seguir para alcanzarlos, en tanto frente a la resistencia derechista hay oponerle el poder de la calle, un fuerte protagonismo popular y la construcción de la fuerza político-social organizada del pueblo.

jueves, 16 de julio de 2020

Cacho Antinori, uno de los imprescindibles

Antinori, en el círculo, junto al CHE y Alberto Granado, durante un "picado"
en Cuba.



    Cacho Antinori, “Aníbal” su nombre de guerra, fue uno de esos héroes anónimos que dio el Partido Comunista a nuestro país y la patria latinoamericana, aunque el anonimato fue su propia decisión ante una indicación partidaria para encubrir sus tareas.

    Néstor Kohan acaba de recordarlo en este relato, donde cuenta algunos (sólo algunos) de los muchos hechos memorables que protagonizó, en ocasiones junto al oficial médico del frente militar del PC Abram Kohan, en apariencia “solo” el jefe del Servicio de Hemoterapia del Hospital Clínicas (UBA), acerca del que una vez escribí y volveré a hacerlo en breve.

    Este es el texto de Néstor, académico marxista e hijo de Abram:

    Nació y murió el mismo día, quizás para no dejar pistas [12 de julio de 1917- 12 de julio de 2005]: Oscar Antinori, conocido por sus amigos como “Cacho”, alias “Aníbal”.
    Militante revolucionario argentino.

    No figura en las historias oficiales.

    Siempre borró sus pasos y sus huellas.

    Aníbal era un personaje no sólo entrañable, sino que tranquilamente podría haber protagonizado una película de “Misión Imposible”. Pero no era yanqui ni universitario. Tampoco vivía rodeado de la super-tecnología. Simplemente era un obrero con conciencia de clase. Con mucha humildad, habitualmente repetía “yo solamente terminé séptimo grado de la escuela primaria”.
  
    Comenzó su militancia en el anarquismo revolucionario del grupo «Espartaco». A los 19 años participó activamente de la huelga general de 1936 incendiando carros y haciendo sabotajes contra los patrones. Más tarde se integró al comunismo. Como militante comunista, con 47 años, dirigió en 1964 un grupo de más de 100 combatientes de Argentina que se fueron a entrenar a Cuba. Allí el Che Guevara lo intentó reclutar para la estrategia guevarista de alcance continental. Cada noche el Che Guevara lo sacaba del campamento para hablar personalmente. Aníbal le respondió “yo simplemente soy un combatiente. Eso no me lo tenés que plantear a mí, sino al Comité Central. Si el partido me da la orden, pasamos todos a la lucha armada”.

   
Antinori, de lentes, junto a Fernando Nadra en Varsovia, 1950,
durante el Primer Congreso Mundial por la Paz. Mas a la
izquierda, Alekséi Marésiev, cuya historia fue inmortalizada
por Boris Polevoi en la novela “Un hombre de Verdad”.
Ya asesinado el Che en Bolivia, el 26 de junio de 1969 Aníbal participó de los incendios de los supermercados «Minimax», cadena de empresas pertenecientes al millonario norteamericano David Rockefeller. Más tarde, en las navidades de 1975, a través del contacto con Benito Urteaga, Aníbal (junto a mi padre) trató de socorrer a los heridos y sobrevivientes del ataque al cuartel militar de Monte Chingolo, por parte del PRT-ERP. Hizo también otras cosas y recibió otros entrenamientos. Sospechaba que los servicios secretos checos le venderían información suya a la CIA.
   
Lo conocí en su vejez. Casi siempre lo veía junto a mi padre (años después de la muerte de ambos me enteré porqué andaban juntos). Aníbal me regaló las Obras Completas de Lenin. ¡El mejor regalo! Viejito y con bastón, pero fuerte como un roble, recordaba con cariño, amor y admiración al Che Guevara. También me contó la cantidad de veces que la policía argentina lo había picaneado (tortura con electricidad).

Antinori, en los años '80.
    En sus últimos años seguía discutiendo con su viejo vecino y camarada Enrique Israel sobre la herencia de Lenin y Trotsky y las polémicas de la revolución bolchevique. Entre algunas de las infinitas anécdotas que me contó, recuerdo que cuando era niño, junto con su madre, Aníbal había llegado a conocer a la gente del grupo anarquista revolucionario de Severino Di Giovanni.
    En silencio, Aníbal, internacionalista convencido, constituye un pedazo de la historia argentina desconocida.
    Un compañero formidable.

   ¡Hasta la victoria siempre, querido Aníbal!

PD: El texto homenaje de Kohan a Cacho Antinori ratifica, entre otras,  dos cuestiones que me gustaría subrayar.
1) La voladura de 13 supermercados Minimax, en junio de 1969, que varios se AUTOADJUDICARON al amparo del secretismo del Partido Comunista, que se mantiene hasta hoy, fue realizada conjuntamente por el frente militar el PC y la FJC, dentro de los cuales hubo ALGUNOS que LUEGO emigraron a otras organizaciones armadas.

2) El sector médico-militar del PC (Kohan/Antinori, en coordinación con Urteaga por el ERP) fue fundamental para salvar la vida de los pocos sobrevivientes del ataque al cuartel de Monte Chingolo, en diciembre de 1975. Una cosa era condenar políticamente la acción y otra dejar que el Ejercito masacrara a quienes ya estaban indefensos.