sábado, 22 de diciembre de 2018

Los libros rojos


“El rol del comunismo en la historia nacional”, tremendo tema, que encara Pablo Leoncini con centro en el recorte de un período de la increíble historia de impresión y difusión de clásicos del marxismo, ensayos, literatura, ciencia y técnica por parte del Partido Comunista de la Argentina.

Escribió Antonio Gramsci en 1932 que “del modo de escribir la historia de un partido deriva el concepto que se tiene de lo que un partido es y debe ser. El sectario se exaltará frente a los pequeños actos internos que tendrán para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo. El historiador, aún dando a cada cosa la importancia que tiene en el cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficiencia real del partido, en su fuerza determinante, positiva y negativa, en haber contribuido a crear un acontecimiento y también en haber impedido que otros se produjesen.”

Y vale la evocación a la nota gramsciana para intentar sumar un aporte que desnaturalice la explicación –histórica y presente– que impuso la clase dominante sobre el rol del comunismo en la historia nacional.

En la ofensiva reaccionaria de las últimas tres décadas, liberales y no pocos “marxistas” repitieron, sin mayores análisis, el lugar minimizado, siempre equivocado y casi desconocido que la derecha –en sus versiones conservadoras y posmodernas– asigna al Partido Comunista Argentino en la cultura y en la lucha de clases.

Lejos estamos de reivindicar la contracara metafísica de esta postura, esto es, el dogmatismo nostálgico. Pero resulta evidente que la derrota del movimiento revolucionario en los últimos años no se resume a los efectos sobre el presente sino que, como alertara tempranamente Walter Benjamín, opera sobre todo en la destrucción de la memoria colectiva de los vencidos para anularles su historicidad, para ocultarles cualquier sentido del mundo y la vida alternativos al que impone la mercantilización alientante del capital en todas sus expresiones.

Matar al “fantasma del comunismo” fue y sigue siendo el combate estratégico de los opresores en los últimos 170 años.

La pregunta inevitable sería ¿es posible reconstruir aquella experiencia en las actuales condiciones? Frente a dicho interrogante no tenemos respuestas claras, pero tenemos la certeza de que los aportes posibles y concretos de la cultura comunista, sin nostalgias ni dogmas pero sin renuncias a nuestros logros, para la construcción actual de una alternativa de sociedad al capital son fundamentales.

Recuperar esos aportes supone entenderlos en la historicidad de los mismos, considerarlos en el contexto específico de las relaciones de fuerza internacionales y nacionales, en los significados particulares que para la cultura dominante y las expresiones culturales subalternas representaba y, retomando a Gramsci, considerarlos como materializaciones de praxis políticas que tuvieron un activo papel en concientizar al pueblo y enfrentar a la clase dominante en el desafío de transformar la sociedad.
Desde esta perspectiva es que rescatamos varios párrafos del libro de Andrea Petra Intelectuales y cultura comunista[1], referidos a la política que el PCA desarrollara en el terreno editorial:


“La historia de la actividad impresa del comunismo argentino se convertirá, a partir de 1930, en una sección permanente y preferida de la crónica policial, al punto que casi los únicos datos para reconstruirla se encuentran en prontuarios, sumarios y legajos policiales (…) es poco probable que nos equivoquemos al afirmar que el espacio cultural del comunismo argentino fue, desde mediados de la década de 1940 hasta los primeros años de la década de 1960, el mayor editor de literatura política de Argentina y, tal vez, de América Latina.
Entre 1939, cuando se inauguró la Editorial Problemas, y 1966, cuando el golpe de Estado comandado por Juan Carlos Onganía puso fin a varios de los emprendimientos aquí considerados, las editoriales ligadas a la órbita comunista (partidarias y no partidarias) editaron, en condiciones de ilegalidad permanente, mas de 1200 títulos y 570 autores, sin contar los impresos editados por los grupos idiomáticos, asociaciones mutuales y gremios y los libros y folletos editados por revistas culturales. Tampoco, por supuesto, las publicaciones periódicas (…) con la excepción de Anteo, dedicada por entero a la literatura doctrinal, el resto de las editoriales consideradas publicó una variedad de géneros (ensayo y ficción literaria sobre todo) y se interesó por diversos saberes (ciencia, historia y, en menor medida, economía, filosofía, psicología).

A pesar de su sostenida aunque acotada labor editora, no será hasta 1939, cuando Carlos Dujovne inauguró el sello Problemas, que el comunismo argentino pudo contar con una editorial propiamente dicha (…) Entre 1939 y 1943, Problemas editó casi 150 títulos, un número extraordinario para cualquier emprendimiento editorial de corte militante, convirtiéndose en la mayor empresa de difusión de la cultura soviética en América Latina. Bajo el lema “El libro para el obrero”, Problemas se enfocó en la edición de folletos y libros de bajo costo, aunque sin renunciar a ediciones mas cuidadas, como fue el caso de la primer edición castellana de Dialéctica de la Naturaleza, de Engels, con la traducción de Augusto Bunge; o manuales de historia y filosofía soviéticos, como el compendio de Historia de la filosofía dirigido por Sheglov y traducido directamente del ruso por V.M. Dalmacio; o la biografía de Napoleón escrita por Eugenio Tarle y traducida desde la versión francesa por Delia Ingenieros, hija del célebre filósofo y psiquiatra. Durante esos años, Problemas dedicó más de la mitad de su catálogo a la difusión de autores marxistas soviéticos y, en menor medida, a la edición de las obras de Marx y Engels. Publicó libros sobre diversos aspectos de la construcción del socialismo en la URSS, así como literatura infantil y juvenil (como las novelas y los cuentos del ruso Mikhail Ilin y la alemana Lisa Tetzner), biografías, clásicos del “realismo socialista” (como la novela Así se templó el acero, de Ostrovski), algunos pocos títulos de autores comunistas latinoamericanos y, finalmente, autores argentinos que se repartían entre los más encumbrados dirigentes partidarios (Victorio Codovilla, Rodolfo Ghioldi y Paulino González Alberdi), escritores realistas o filocomunistas (Bernardo Kordon, Álvaro Yunque, Cayetano Córdova Iturburu, Raúl González Tuñón) y el grupo de historiadores comunistas organizados en torno de Rodolfo Puiggrós, quien desde las páginas del diario La Hora festejó la iniciativa en el tono antiimperialista que correspondía a la coyuntura: como una apuesta por la “cultura nacional” ante la pertinaz tendencia europeizante de los editores argentinos.

Hasta la creación de la editorial Anteo en 1942, que se dedicó fundamentalmente a publicar literatura doctrinal y partidaria, Problemas actuó como una editorial cuasioficial del PCA, aunque la persistente marca de su director (cuyo nombre y función eran indicados en cada volumen) le imprimían una identidad y un rasgo de autonomía que no volverían a repetirse en emprendimientos semejantes. Sin embargo, el modelo de Problemas fue retomado por emprendimientos independientes, aunque dirigidos por comunistas, como fue el caso de Lautaro, creada en 1942 bajo la dirección de Sara Jorge, y Futuro, inaugurada en 1944 por el escritor Raúl Larra. Estas, al mismo tiempo, abrieron un camino a las futuras editoriales de la nueva izquierda, como La Rosa Blindada y los Cuadernos de Pasado y Presente.
El 19 de junio de 1943, apenas unos días después del golpe de Estado que puso fin al gobierno de Ramón Castillo y marcó el inicio de la, desde entonces, ascendente carrera de Juan Domingo Perón, el local de ventas y los depósitos de Problemas fueron allanados en cuatro procedimientos policiales sucesivos, lo que ocurrió también con la editorial Anteo, los diarios La Hora y Orientación y mas de treinta organizaciones sociales, étnicas, políticas y vecinales cuya lista encabezaba la Junta de la Victoria, presidida por Victoria Ocampo. Ochenta camiones de libros, de un valor aproximado de 300.000 pesos moneda nacional (equivalente a 75.000 dólares aproximadamente), fueron llevados a los depósitos del Banco Municipal y luego destruidos. En los meses posteriores, el noticiero cinematográfico Sucesos Argentinos exhibió el asalto al local de Sarmiento 1462 como parte de la campaña oficial para combatir al comunismo (…)”.



La estrategia del capital no se reduce sólo a la cosificación de la vida, sino al borramiento de los mundos históricos y simbólicos que constituyeron la lucha de la izquierda par crear una alternativa de sociedad. Es por ello que la incesante actividad por hacer “desaparecer” al comunismo como movimiento político de nuestra historia supone, antes que nada, la desaparición o deformación de las narraciones históricas que lo enuncian, que lo reconocen. Visibilizar aquel fantasma sea, quizá, una apuesta por el futuro.

Pablo Leoncini, historiador, Córdoba 2018.



[1] Andrea Petra, Intelectuales y cultura comunista. Itinerarios, problemas y debates en la Argentina de posguerra, Buenos Aires,  Fondo de Cultura Económica, 2017, pp. 93-97.

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