domingo, 19 de julio de 2020

¿Fuego amigo?


                                                                                
    En medio de la pandemia que azota al mundo, la disputa de la conciencia popular en Argentina es descarnada, con una fuerte ofensiva anticomunista y antiperonista, hoy bajo la forma de “antikirchnerismo”, impulsada políticamente por la coalición Juntos para el Cambio, pero motorizada desde los grandes grupos económicos y amplificada por los medios de prensa y comunicación hegemónicos.
    A la par, dentro del propio movimiento nacional y popular, se agudiza un debate acerca de las decisiones, los tiempos y la fuerza de sustentación que permita llevar adelante el rumbo de independencia económica, justicia social y soberanía política prometido por el presidente Alberto Fernández.
    Dos ejes destacan del conjunto. Uno, para definir si la catástrofe económico social en que sumió al país la administración de Mauricio Macri, agravada ahora por la pandemia, la pagará nuevamente el pueblo trabajador, o si lo hará el bloque dominante, que a su costa se enriqueció brutalmente durante el dominio neoliberal. El otro, en torno a la orientación de la política exterior frente a las presiones del imperio y sus socios nativos.
    Para encarar y decidir en relación a estos ejes, ¿hay que adaptarse a la actual relación de fuerzas o apelar al protagonismo popular organizado para modificarla?

     La pregunta es pertinente, ya que asistimos a una creciente alarma de funcionarios y dirigentes ante el surgimiento de cuestionamientos internos a ciertas definiciones (o acciones y omisiones) del gobierno, pero en lugar de opinar acerca de su justeza se opta por poner en duda las motivaciones del emisor e irritarse por el solo hecho de haberlas formulado.
    Algunos directamente anteponen sus prevenciones al hecho de que quienes aportan criticas puntuales son parte dinámica de quienes han votado al Frente de Todos (FdT) y apoyan la orientación general del gobierno.
    Hay también quienes distraídamente toman una noción impuesta por los medios hegemónicos para socavar la base de sustentación del gobierno, el concepto de “fuego amigo”.
   Las sobresaltadas advertencias son todavía más amplias, y van desde la convocatoria a “cerrar filas” para “bancar” o “acompañar” pasivamente, hasta obvios llamados para “sumar y no restar”, pasando por cuestionar el “narcisismo de las pequeñas diferencias” en las propias filas, lo que entiendo consideran parte de una inadecuada “autoafirmación” del yo, cuya búsqueda compulsiva pondría en peligro el objetivo por todos deseado.
    Siempre es aconsejable atender la cuota de razón que pueden tener estas recomendaciones, pero a la vez precisar que no es pequeño el erróneo supuesto que los disensos “dividen”, que poco y nada aportan las propuestas alternativas dentro de las propias líneas, y en su lugar proponen que esperemos confiados en una suerte de inteligencia superior depositada en unos pocos que ejercen cargos.
    No faltan quienes se alejaron por derecha entre 2003/15 y ahora ocupan nuevamente posiciones destacadas, desde las cuales juzgan que el disenso (el que se produce por izquierda, claro) es sinónimo de “divisionismo”, o “canibalismo”, “le hace el juego al enemigo” o, dicho con mayor delicadeza, es “funcional” al neoliberalismo, para colmo en estos difíciles momentos.
    Con mayor o menor acuerdo con algunas propuestas críticas, en principio las considero políticamente positivas si provienen constructivamente de la militancia, la dirigencia o personalidades de los distintos ámbitos del FdT.
    En estos días se amplió el debate acerca de qué hacer, y en mucho menor medida del cómo hacerlo, aunque lamentablemente se reduce casi exclusivamente a las redes sociales, por razones que van mucho más allá de la cuarentena o el entusiasta eco que encuentra para la prédica desestabilizadora de la oposición y sus carapintadas mediáticos.
    Lo cierto es que no hay canales institucionales de participación de la militancia y que tampoco está institucionalizada la intervención de partidos y movimientos que integran la alianza gobernante.
    No lo están como necesidad, mucho menos como objetivo, ubicándonos a la defensiva, limitando la iniciativa y aún la respuesta ante una derecha que presiona, busca arrancar concesiones e incluso comienza a disputar un terreno que siempre hemos considerado propio: la calle.
    Parece que desde la cúpula no se escucha a nadie que no posea una cuota de poder, y aun así todo indica que cuando lo hacen es más por su capacidad de daño (como es el caso de la centroderecha explícita dentro del gobierno) que por su representatividad o la justeza de las reflexiones.
    En política, ningún debate ni confrontación con el adversario, externo u interno, se define a favor del movimiento popular si no contribuye a modificar favorablemente la relación de fuerzas, así sea parcial o temporalmente. La inmovilidad o el estancamiento llevan irremediablemente al retroceso.
    “Ellos” tienen todo el poder económico y buena parte del estatal, así como el aparato de construcción de sentido común, la fábrica de consenso antipopular que da la maquinaria cultural hegemónica, de la cual forman parte esencial, aunque no única, los medios masivos de difusión.
    “Nosotros”, si apelamos a él, disponemos principalmente el poder de la militancia movilizada y su saldo organizativo, por lo que sería un error reducir la disputa a los terrenos que ellos dominan, aunque igualmente haya que dar la pelea allí.
    No se trata, entonces, de “apoyar” callando, ni de tan solo plantear la crítica desde el enojo, la frustración o la impotencia, en ocasiones más que comprensible. Tampoco de pretender que los que tienen responsabilidades institucionales son depositarios únicos de la sabiduría popular, en realidad acumulada y transmitida con sacrificio por generaciones de luchadores.
    Hoy urge que la alianza gobernante supere la etapa de coalición electoral para convertirse en un frente real, por lo que es necesario institucionalizar la presencia y aporte plural de partidos, movimientos y organizaciones que la integran o apoyan.
    Los acuerdos superestructurales del FdT se agotan si no van acompañados de la constitución de sus núcleos organizativos de base, con participación y poder de decisión en los territorios, barrios, casas de estudio y lugares de trabajo de la ciudad y el campo.
    La historia argentina y de la patria latinoamericana demuestra que la ofensiva del privilegio siempre busca voltear a las administraciones que ponen en algún riesgo sus intereses; que desgastan y desestabilizan mediante una fuerte campaña de desprestigio y presionan para arrancar concesión tras concesión, con lo que logran unificar tanto a enemigos como adversarios, a la vez que desgastar y minar la base de sustentación del gobierno.
    Ese es el juego de pinzas que desemboca en los golpes de Estado, los desplazamientos seudoparlamentarios, o incluso la creación de un consenso capaz de expresarse en lo electoral.
    No es con buenos modales con el establishment, y menos con la pasividad que le deja el campo libre a la presión revanchista, que se mejoran las posibilidades para derrotar la oposición destituyente. No es así que se evita una nueva frustración y se “banca” realmente un rumbo en favor de las mayorías.
    Se necesitan objetivos precisos, transformar en patrimonio colectivo la comprensión del camino a seguir para alcanzarlos, en tanto frente a la resistencia derechista hay oponerle el poder de la calle, un fuerte protagonismo popular y la construcción de la fuerza político-social organizada del pueblo.

jueves, 16 de julio de 2020

Cacho Antinori, uno de los imprescindibles

Antinori, en el círculo, junto al CHE y Alberto Granado, durante un "picado"
en Cuba.



    Cacho Antinori, “Aníbal” su nombre de guerra, fue uno de esos héroes anónimos que dio el Partido Comunista a nuestro país y la patria latinoamericana, aunque el anonimato fue su propia decisión ante una indicación partidaria para encubrir sus tareas.

    Néstor Kohan acaba de recordarlo en este relato, donde cuenta algunos (sólo algunos) de los muchos hechos memorables que protagonizó, en ocasiones junto al oficial médico del frente militar del PC Abram Kohan, en apariencia “solo” el jefe del Servicio de Hemoterapia del Hospital Clínicas (UBA), acerca del que una vez escribí y volveré a hacerlo en breve.

    Este es el texto de Néstor, académico marxista e hijo de Abram:

    Nació y murió el mismo día, quizás para no dejar pistas [12 de julio de 1917- 12 de julio de 2005]: Oscar Antinori, conocido por sus amigos como “Cacho”, alias “Aníbal”.
    Militante revolucionario argentino.

    No figura en las historias oficiales.

    Siempre borró sus pasos y sus huellas.

    Aníbal era un personaje no sólo entrañable, sino que tranquilamente podría haber protagonizado una película de “Misión Imposible”. Pero no era yanqui ni universitario. Tampoco vivía rodeado de la super-tecnología. Simplemente era un obrero con conciencia de clase. Con mucha humildad, habitualmente repetía “yo solamente terminé séptimo grado de la escuela primaria”.
  
    Comenzó su militancia en el anarquismo revolucionario del grupo «Espartaco». A los 19 años participó activamente de la huelga general de 1936 incendiando carros y haciendo sabotajes contra los patrones. Más tarde se integró al comunismo. Como militante comunista, con 47 años, dirigió en 1964 un grupo de más de 100 combatientes de Argentina que se fueron a entrenar a Cuba. Allí el Che Guevara lo intentó reclutar para la estrategia guevarista de alcance continental. Cada noche el Che Guevara lo sacaba del campamento para hablar personalmente. Aníbal le respondió “yo simplemente soy un combatiente. Eso no me lo tenés que plantear a mí, sino al Comité Central. Si el partido me da la orden, pasamos todos a la lucha armada”.

   
Antinori, de lentes, junto a Fernando Nadra en Varsovia, 1950,
durante el Primer Congreso Mundial por la Paz. Mas a la
izquierda, Alekséi Marésiev, cuya historia fue inmortalizada
por Boris Polevoi en la novela “Un hombre de Verdad”.
Ya asesinado el Che en Bolivia, el 26 de junio de 1969 Aníbal participó de los incendios de los supermercados «Minimax», cadena de empresas pertenecientes al millonario norteamericano David Rockefeller. Más tarde, en las navidades de 1975, a través del contacto con Benito Urteaga, Aníbal (junto a mi padre) trató de socorrer a los heridos y sobrevivientes del ataque al cuartel militar de Monte Chingolo, por parte del PRT-ERP. Hizo también otras cosas y recibió otros entrenamientos. Sospechaba que los servicios secretos checos le venderían información suya a la CIA.
   
Lo conocí en su vejez. Casi siempre lo veía junto a mi padre (años después de la muerte de ambos me enteré porqué andaban juntos). Aníbal me regaló las Obras Completas de Lenin. ¡El mejor regalo! Viejito y con bastón, pero fuerte como un roble, recordaba con cariño, amor y admiración al Che Guevara. También me contó la cantidad de veces que la policía argentina lo había picaneado (tortura con electricidad).

Antinori, en los años '80.
    En sus últimos años seguía discutiendo con su viejo vecino y camarada Enrique Israel sobre la herencia de Lenin y Trotsky y las polémicas de la revolución bolchevique. Entre algunas de las infinitas anécdotas que me contó, recuerdo que cuando era niño, junto con su madre, Aníbal había llegado a conocer a la gente del grupo anarquista revolucionario de Severino Di Giovanni.
    En silencio, Aníbal, internacionalista convencido, constituye un pedazo de la historia argentina desconocida.
    Un compañero formidable.

   ¡Hasta la victoria siempre, querido Aníbal!

PD: El texto homenaje de Kohan a Cacho Antinori ratifica, entre otras,  dos cuestiones que me gustaría subrayar.
1) La voladura de 13 supermercados Minimax, en junio de 1969, que varios se AUTOADJUDICARON al amparo del secretismo del Partido Comunista, que se mantiene hasta hoy, fue realizada conjuntamente por el frente militar el PC y la FJC, dentro de los cuales hubo ALGUNOS que LUEGO emigraron a otras organizaciones armadas.

2) El sector médico-militar del PC (Kohan/Antinori, en coordinación con Urteaga por el ERP) fue fundamental para salvar la vida de los pocos sobrevivientes del ataque al cuartel de Monte Chingolo, en diciembre de 1975. Una cosa era condenar políticamente la acción y otra dejar que el Ejercito masacrara a quienes ya estaban indefensos.


martes, 23 de junio de 2020

¿Que decimos cuando decimos “nosotros”?



    Un breve post que publiqué el domingo 21/6 en Facebook provocó, además de numerosas respuestas al pie, un conjunto de mensajes privados que respondí por la misma vía en los casos que hallé fraternales disidencias totales o parciales.

    Porque creo que sirve para avanzar en el análisis político colectivo, quiero compartir tres puntualizaciones acerca del uso del “nosotros”, que varios compañeros emplean sin especificar el alcance que otorgan al pronombre, aunque siempre en oposición a un menos impreciso “ellos”.

    1) El "nosotros", en tanto refiere al necesariamente amplio frente electoral construido para derrotar al macrismo, no acompaña iniciativas como, solo a título de ejemplo, investigar el endeudamiento externo, gravar en forma regular a las grandes fortunas y patrimonios, reformar el sistema judicial y la legislación financiera, reducir la jornada laboral o contar con un sistema de medios propio. En su seno, en relación a estas propuestas, no faltan “ellos” notables.

    2) El "nosotros" en tanto núcleo dentro del FdT que sí promueve algunas, o incluso todas esas medidas, sin embargo, no comparte, como no lo compartió o no entendió entre 2003 y 2015, la necesidad de promover núcleos de poder popular en el territorio, fábricas y casas de estudio para movilizar organizadamente desde ahí en defensa de lo que se logra y de lo que se reclama.

    3) El "nosotros" de los que, a la vez, promovemos esas medidas y creemos que los procesos progresivos se definen con protagonismo popular, construyendo poder desde abajo, no somos convocados ni integramos las estructuras gubernamentales, como tampoco (salvo alguna aislada excepción) las integramos en el pasado. 

    Lo que por comodidad de lenguaje se denomina el kirchnerismo aún no ha encarado siquiera, y menos saldado, el debate acerca de por qué se perdió el gobierno en 2015.

    Creo, entonces, que es necesario precisar a qué nos referimos en cada ocasión que se dice “nosotros”.

    Si se trata de la tercera acepción, hemos dejado constancia que (con desacuerdos y aún si ser escuchados en fundadas advertencias) hemos apoyado sin vacilar el rumbo general desde que Néstor Kirchner asumió la presidencia, para después denunciar el peligro de restauración conservadora a pesar de la risita sobradora de algunos compañeros. 

    Intentamos impedir el subestimado avance del neoliberalismo macrista, no dudamos en enfrentarlo desde el inicio de su perniciosa gestión, ni en militar el triunfo del FdT, la amplísima alianza electoral que fue necesaria para derrotarlo.

    Al mismo tiempo, desde este “nosotros” somos comprensivos y responsables, pero no tibios ni obsecuentes, como sí lo fueron tantos que en el pasado entraron, salieron y ahora volvieron a entrar en puestos destacados de los últimos gobiernos de raíz popular: en las definiciones y en la acción tratamos de señalar las diferencias, alertamos acerca de lo que se hace mal, se encara tímidamente o directamente no se intenta, en el camino de imponer el bienestar general por sobre la resistencia tan activa como desestabilizadora del privilegio minoritario pero poderoso, así como la de sus carapintadas mediáticos.

    Los acuerdos superestructurales, las buenas decisiones y su correcta fundamentación inciden en la lucha política, pero no la definen, pues se trata siempre de una pulseada de intereses, donde “ellos” tienen el mayor poder. Lo que suma para definir a favor es la relación de fuerza alcanzada por el campo popular, y en ella los interese intereses de las grandes mayorías solo prevalecen cuando se asientan en la conciencia de los objetivos y la organización colectiva para lograrlos.

domingo, 14 de junio de 2020

“Querer lo no querido…

…lo ignorado hasta aquí”.

     Los años han pasado, pero aun persistimos en aquel “sueño nuestro”.

     El recuerdo de lo que una vez fue lo sigue siendo ahora, en tanto lo recreemos en nuestra memoria, y lo atesoremos en el corazón.

     Mi pasaje por las instituciones del ICUF (Idisher Cultur Farband) -Zumerland y el Kínder, así como los Especiales, el Seminario, y un muy breve periodo como lerer (maestro)- forman una acuarela de tonos felices en mi vida, una suerte de refugio frente a un mundo que imaginaba pleno de futuro, pero en el que cada día transcurría en medio de angustia y la persecución política de los míos.

Zhitlosky: noviembre de 1956
   Todavía mantenía una alegre inconsciencia infantil cuando, en 1956, y en plena dictadura de la “Libertadora”, me recibió el Jardín del Zhitlovsky en Villa del Parque, donde compartí juegos y -en el salón de actos, en el fin de ciclo- formé parte de una coreografía de movimientos gimnásticos, donde en la presentación final pesó más el deseo individual para llamar la atención a mi madre, que el esforzado trabajo de las maestras para ensayar la muestra colectiva.

   Todo fue muy distinto siete años más tarde, en 1963, cuando mis padres me informaron que en días partiría a un lugar casi “de ensueño”, la Colonia Zumerland, a compartir unos 20 días “con chicos de tu edad”. Eran, para mí, escasos argumentos en una etapa difícil de mi niñez, cruzada por documentos falsos para identidades cambiadas y técnicas de observación ante los probables seguimientos policiales, por lo que -más confuso que golpeado- reaccioné de la peor manera pese a nuestro cariño, acusándolos nada menos que de pretender “sacarme de encima”.

   Este ingreso consciente al mundo icufista se produjo poco después que Fernando Nadra, mi padre, fuera liberado tras casi dos años de prisión en las cárceles del Plan Conintes de Arturo Frondizi, por comunista y -según admitió el propio ex presidente- a pedido de la embajada de Estados Unidos.

    El cuadro familiar no era sencillo. Preocupaba que el dulce niño que despidió antes de ser detenido tras intervenir en una Mesa Redonda en la facultad de Derecho (UBA) en solidaridad con Cuba, había dado paso a un extraño con pésimas calificaciones escolares, cada vez más callado, y hasta huraño, sin amigos; encerrado a solas con sus libros de aventuras, tal vez a la búsqueda de una justicia lejana, como la que en sus páginas lograban con frecuencia los héroes de las novelas de Verne, Salgari, Dumas, Twain, o London.

   No exagero si digo que cambió mi vida, pese a que los primeros días no fueron fáciles. Hubo grises, sin duda, y hasta algún cruce de puños a modo de recepción, aunque un hombre me contuvo y orientó cuando más lo necesitaba: Abraham Paín, director de la Colonia e impulsor de una nueva manera de ver y hacer la recreación de niños y adolescentes. Para mí, entonces, sólo Pepe, “el lerer”, desconocida palabra que se volvería parte de mi vocabulario cotidiano.

    Casi sin darme cuenta, de la mano de maestros como Susy y Raúl Fridman, comencé un aprendizaje de valores, que también serian parte de mi militancia política y que conservo hasta hoy.

    Con colonos de mi edad, como Violeta Curiel, Carlos Kacheli, Daniel Casinotti, “Grillo” o Jorge Filmus, fui valorando la importancia de cuidar nuestro pabellón/dormitorio, arreglar mi armario y tender mi cama para, entre todos, enfrentar una “inspección” y disputar una muñeca/símbolo del esfuerzo común en la limpieza y el orden. Construimos el refugio del grupo, encaramos investigaciones, nos apoyarnos mutuamente durante una excursión, al realizar una encuesta o componer canciones, al servir la mesa común, participar de los “vocacionales” o salir de la lectura individual para disfrutar de la que nos enriquecía a todos. Eran, es cierto, valores también compartidos en mi familia, pero hasta entonces solo ejercidos en nuestro estrecho vínculo.

    Dos años después regresaría con otro espíritu a Mercedes, ahora al “grupo mayor”, curiosamente con la misma Susy y Alberto Teszkiewicz como maestros, con el apoyo de Mónica Waisman y Rafael Kurtzbar.

Grupo Mayor: enero de 1965
    Entonces, comenzaron a gestarse amistades fuertes y fundamentadas, en casos ahogadas por la furia represora, como la que mantuve con Liliana Malamud, secuestrada y asesinada por la dictadura; en el recuerdo emotivo (Mario Treguer), distanciadas pero presentes (Víctor Elena, Silvia Baquero, Edy Kordon, Mónica Naftal, Sergio Kogan, Nora Borestein), y las todavía hoy vigentes (Mónica Aguirre).

    Legué con otro bagaje de cultura y tradiciones, al ser hijo de familia paterna siria y materna italiana, pero allí descubrí los escritos de Scholem Aleijem, los de Howard Fast o el Diario de Ana Frank, al mismo tiempo que a Makárenko y su Poema Pedagógico, Ponce, Jesualdo, Piaget, o Vygotski, con muchos de los cuales -para mi alegría- también me encontraría en la biblioteca familiar.

    Entonces comenzaron los primeros palotes de lo que más adelante comprenderíamos explicaba la clásica consigna de “Aprender para enseñar”: juegos y canciones clasificadas por edades, rudimentos de dinámica de grupos, el “rol”, “status”, motivación o liderazgo, categorías que despertaban vocaciones aun dormidas. También los pudorosos conqueteos en los “ieles”, los primeros “metejones” sentimentales, la sensibilidad a flor de piel en los fogones y guitarreadas, junto al despertar de las definiciones políticas en una Argentina que vivía un muy breve interregno entre golpes militares, dentro de un mundo impactado por la resistencia vietnamita a la invasión de Estados Unidos, el país del racismo y el estallido estudiantil contra la guerra.

    Los sábados en el Kínder entrelazaron esas amistades y, con cinco de los compañeros de aquel grupo mayor en Zumerland, concurríamos al CIR de Ramos Mejía, de donde también recuerdo al entrañable Alejandro Lacreu, a Norberto Celesner, Horacio Peralta, Mirta Hicks y Alba Jesiotr, con los que exploramos desde los cancioneros al teatro, el debate y el deporte. Por mi parte, el día culminaba casi siempre en memorables batallas de “Poliladron”, con bandos que incluían a casi todos los grupos del kínder, y en donde destacaba por su velocidad el querido y recordado “Pata”, Daniel Rozengardt, dos o tres años menor que yo.

    También era semigrupal el retorno a nuestras casas, aunque en mi caso a una dirección que debía guardar celosamente en secreto, aún de familiares o aquellos amigos muy queridos: caminábamos juntos hasta la estación Ramos del ferrocarril Sarmiento, donde algunos viajábamos hacia la Capital Federal, pero yo solamente hasta Liniers, para despedirme, bajar y disimuladamente cruzar el andén y tomar el tren en dirección contraria, a Castelar, donde viví durante un periodo.

    Siguieron otros sábados, los de los “especiales”, en el Berguelson de Villa Urquiza, en plena dictadura de Onganía.

    Recuerdo, en la sede de la calle Heredia, el primer -y doloroso- distanciamiento político dentro del grupo, cuando algunos rompieron con la FJC (Federación Juvenil Comunista), y decidí no sacrificar la amistad o el respeto por la intolerancia política, una conducta que me enorgullezco de haber mantenido toda mi vida, no sin inconvenientes e incomprensiones en la vida partidaria.

    También hubo un desagradable encuentro con el escritor Pedro Orgambide, quien ante varias preguntas relacionadas con la realidad política y social nos “aconsejó” con cierta soberbia paternalista que nos dedicáramos más a “divertirnos y ser jóvenes”. Al terminar las actividades eran infaltables los partidos de futbol, donde ejercía su temible giro o “media vuelta” Elías Halperin, y a veces había que empatar, pese a ir ganando, pues para Isaac Landau la pedagogía llegaba hasta la puerta de entrada a la terraza del Berguelson. Ya de noche, pero solo si alcanzaban los pesos en el bolsillo, la formidable pizza del Imperio de Chacarita.

     Se fueron sumando anécdotas y amigos: Dora Zajac, Quique Edelstein, Corina Leibinstein, Mabel Ferrari, Mario Beszkin, Mabel Kogutek, Ruben Wainschenker, Gerardo Gurvich, Olga Ladovsky, Leonor “Lulu” Schmilovich, Carlos Dawidson, Ana Luz Sinay, Slvia Libkind, Natalia Sadovsky, Adriana Litwin o Julia Gurwicz, entre muchos otros.

    En el verano posterior, en Quequén, en lo que era el “Costa Azul”, los despertares eran a todo volumen con el Funeral del Labrador, de Chico Buarque, en la versión de Barbara y Dick. Allí, luego de una gripe y ante el asombro general cambié (¡por fin!)  mi voz aflautada por una más “varonil”. Tampoco faltaron “zarpadas” al estilo de encerrar unas horas a Iósele Zuberman, el querible lerer al que apodábamos “Pepín Cascaron” por su parecido al personaje central de una revista infantil de 1960, con sospechosa similitud con el Humpty Dumpty, de Lewis Carroll.

    Allí se acentuó la búsqueda de la formación para la educación no formal, con un momento inolvidable: nuestra “invasión” a las playas de la vecina Necochea durante los días del célebre festival infantil. Tras una rigurosa preparación con el equipo docente, tal vez ellos con más nervios que nosotros, sorprendimos a decenas de familias veraneantes convocando a los niños y agrupándolos por edades para cantar y jugar toda una mañana, una práctica que con los años se convirtió en un clásico en todos los ámbitos de recreación vacacional, parte de una concepción que convirtió a Zumerland en una “marca”, que hoy se estudia en el Instituto Superior de Tiempo Libre y Recreación.

     Fue en Necochea, pese a que ya militaba en la FJC y en el movimiento estudiantil, donde aprendí y apliqué una metodología que sería clave en mi vida política y personal: “planificar, realizar, evaluar y corregir”.

    Recuerdo la aplicación de esos principios de mejora constante en la tarea cotidiana del Mendele de San Martin, donde junto a otra “68”, Liliana Berenstein, y el seguimiento de Mirta Dick, tuvimos a cargo el grupo mayor (entre 10 y 11 años), que tuve que abandonar prematuramente cuando las luchas estudiantiles que abrieron la década del 1970 me obligaron a inclinar definitivamente la balanza hacia la militancia política.

   Una boina blanca con pompón fucsia, un pañuelo gris con la sigla “SZ” y las cenizas del banderín de la Promoción 68 del Seminario de Zumerland, guardadas en un pequeño estuche de metal, son testigos y testimonio de todo aquel proceso de aprendizaje y crecimiento. Mosaicos de la lucha de una generación de sueños, pero a la vez de acción, de mártires, pero también de héroes cotidianos, que a su manera aún hoy rescatan -tal vez bajo otras banderas- los mismos ideales, aquellos sueños que nos unieron, y cantando “Densa el tiempo” prometimos “llevar hasta el fin”.

sábado, 30 de mayo de 2020

Mimi




    Peronista ella, comunista yo, nos vimos por última vez a principios de 1974, en una marcha de las Juventudes Políticas contra aquellas reformas represivas al Código Penal.

    Entonces, apenas cruzamos una mirada, un gesto de reconocimiento en medio de las corridas y los gases lacrimógenos descargados en la represión policial.

    Hoy, una foto carnet, típica de los primeros DNI, publicada por el compañero Alejandro Ángel Salvagno Olmedo me devuelve, distorsionada, su imagen con la escueta información:

María Ángela Elena Gassmann de Crea. 31 años. Secuestrada-desaparecida el 30 de mayo de 1978 conjuntamente con Marta Alicia Caneda en la localidad de florida, zona norte del GBA. Integrante de la columna oeste de Montoneros en la provincia de Buenos Aires”.

    Una y otra vez busco relatos, fotos, cualquier testimonio que supere la frialdad de esos datos, algo que rescate algo de su vitalidad y compromiso.

    No los encuentro, aunque logro un inesperado encuentro virtual con su hermano Augusto, quien me revela su alias, "Mara", Jefa de Subunidad del Ejército Montonero, apresada violentamente en la casa de Marta Caneda, entonces  compañera de Augusto, y me estremece al relatar que el secuestro incluyó a la hija de Mimí, de apenas cuatro años, que apareció a los dos meses en San Martin, y hoy es médica como lo fue su madre.

    Luego, para el y para mí, apenas la abrumadora certeza de su asesinato en el Centro Clandestino de Detención que funcionó en la Unidad Penitenciaria N.º 9 de La Plata.

    Se juntan piezas del tenebroso rompecabezas, pero me encuentro muy lejos de la imagen que guardo de ella en mi memoria, de aquellos años de amores y pasiones urgentes: una bella médica de 24 años, en un febrero de 1971 en el Chile de Salvador Allende.

    En mi caso, apenas en primer año de Sociología, había partido de Buenos Aires al frente del segundo contingente de la Brigada Santiago Pampillón, convocada por la Federación Universitaria Argentina (FUA) para realizar trabajos voluntarios, solidarios con el proceso iniciado en noviembre de 1970.

   Cientos de jóvenes de todas las geografías del país, conformábamos un inédito arcoíris de matices políticos e ideológicos: formidables seres humanos con claras convicciones y, en ese momento, la decisión de aportar al “camino chileno al socialismo”.

    Corría el mes de febrero, y apenas unas semanas antes, la llegada del primer contingente de la brigada había logrado un fuerte impacto de ese lado de la cordillera, en una experiencia de inmensa riqueza, furiosamente atacada por la derecha entonces, pero todavía ignorada totalmente en la historia escrita de aquellos años.

   Mimí -siempre para mí fue Mimí- no viajó con nosotros, sino que se incorporó al grupo de la mano de “Luba”, el inolvidable encargado de cuidar la seguridad de la Brigada por parte de los camaradas chilenos.

    Pasamos unos pocos días en Santiago y el contingente que yo coordinaba se repartió en cinco “minibrigadas” que partieron a distintos puntos del país hermano. Con Mimí y dos socialistas nos incorporamos a una a cargo de “Lucho”, con quien viajamos a Gualleco, un pequeño pueblito en la Región de Maule. Nos acompañaban jóvenes chilenos de varias de las fuerzas de la Unidad Popular y también dos bolivianos vinculados al Ejército de Liberación Nacional (ELN).

    Única mujer en este grupo, la voluntad de “la doctora” dejó en el camino a varios en los trabajos de alfabetización o construcción y salió (literalmente) mucho mejor parada que yo del viaje que juntos realizamos a una localidad campesina perdida en los cerros, situada a un día de viaje a caballo.

    En medio de una “trilla a yegua suelta” nos esperaban la desconfianza de los pobladores, entre los cuales el Partido Nacional –y la derecha de la DC– había sembrado el terror pues, decían, veníamos a “socializar tierra y propiedades”, incluidos (¡nada menos!) los animales.


    Allí “Mimí” se arremangó para separar la paja del grano de cereal. Juntos afrontamos un aluvión de todo tipo de guisos, carbonaras, pantrucas y caldillos, con sopaipillas a modo de pan, y en la fiesta de cierre, que también fue de despedida, fue ella el que salvó el honor argentino al animarse a la cueca, pañuelo en mano.

    Fue la gracia y la sonrisa de esa bonaerense de 9 de Julio, la que despejó el camino, enterró sospechas, abrió oídos -y corazones- a nuestro trabajo.

    Semanas después volvimos a Santiago, una corta visita a Valparaíso, esa multicolor “ciudad colgada de los cerros” y surcada por escaleras para, en mi caso, emprender el regreso a Buenos Aires.

    El relato de la experiencia de quienes fuimos brigadistas hace casi 50 años, sigue siendo una asignatura pendiente en la reconstrucción de la memoria histórica de una generación y de la Patria Grande.

   Hoy, en estas líneas es, también la reivindicación de una vida, pues por la vida luchó María Ángela Elena Gassman, Mimí, generoso legado para los pueblos de ambos países en la lucha por Memoria, Verdad y Justicia.



lunes, 25 de mayo de 2020

"Pajarito" y El Descamisado



Le tuve un gran afecto a “Pajarito”, alimentado por su generosa personalidad pese a la diferencia generacional, en la vida y en la profesión.

Ella no me privó de sus atrapantes relatos -era un inagotable archivo andante, de hechos y detalladas biografías- ni de su aliento solidario mientras durante toda la dictadura formé parte de la corresponsalía argentina de Prensa Latina, agencia que Rogelio García Lupo fundó junto a Masetti, García Márquez y Walsh, luego del triunfo de la Revolución Cubana, en 1959.

Su “ultima primicia” me la dio en agosto de 2011. En un encuentro de tantos, le comenté que mis hijas (Yamilé y Giselle) estaban terminando una investigación que luego terminaría en la publicación de su libro Montoneros, Ideología y Política en El Descamisado.

Si dudarlo, les reveló algo que jamás había hecho público, y que ellas incluyeron en el libro: el, que no pertenecía a la organización, había sido el autor de la nota central del primer número del mítico semanario, el 22 de mayo de 1973, sobre el fin de la dictadura: “Chau milicos” fue el titular central, en fondo rojo sobre la “P” y la “V” del “Perón vuelve”.

En realidad, desplegando parte de su profundo conocimiento de las “internas” militares, García Lupo lo había titulado “Chau Caballería”, en alusión a la entonces poderosa arma del Ejército, de la cual formaba parte el general Alejandro Agustín Lanusse, tercer mandamás del golpe de 1966. La nota aportaba a la comprensión del complejo cuadro que se abría con el gobierno de Héctor Cámpora, aunque la redacción optó por el menos preciso, pero más abarcativo, “Chau milicos”.


Curioso, la amplia bibliografía acerca de aquel período, y particularmente de la revista, no ha recogido este dato trascendente.


viernes, 20 de marzo de 2020

Amadeo



    Toda mi vida he sido “bostero”, hincha de Boca como mi padre y mis hermanos.

    Allá por los 60 jugaba en la calle, en los baldíos, en Palermo o en la arena playera, en cualquier espacio conquistado para patear la pelota.

    Siempre al arco.

    Había pocos modelos, pero uno excluyente: Amadeo, y era de River.

    En Boca había un gigante llamado Roma, un gran atajador.

    Pero Amadeo era de otro planeta.

    En épocas de arqueros pegados a la raya, Carrizo era un jugador de campo más, y de los buenos. Impecable para cerrar, casi infalible para cortar por arriba, absolutamente único en el pase rápido, al pie de mediocampistas o delanteros.

    Nadie lo hacía antes de él. Ni en Argentina ni en el mundo.

    Mirándolo jugar -sí, iba a verlo jugar, no había “entrenadores de arqueros" en aquellos años- aprendí todo lo que llegué a saber. Jugué para el Colegio Mariano Moreno en los Intercolegiales de aquellos años y casi -el porqué del casi es otra historia- formo parte de las inferiores de River.

    ¿River? Si. Eran otros tiempos. Otro país. Otro mundo.

    Tiempos -como los actuales- de “cargar” al equipo rival, de “gastarnos” entre los hinchas y las hinchadas, frente a frente en las tribunas, pero con una diferencia difícil de imaginar para los que no los vivieron: cuando un equipo argentino jugaba en el exterior, todos hinchábamos por él.

    Hoy es difícil de creer, pero grité como pocas veces el gol del “Chango” Cárdenas al Celtic de Escocia, en la final Intercontinental de 1967, que ganó Racing; como un año antes sufrí con la derrota de River frente a Peñarol, en la final de la Libertadores en Chile.

    Y no era el único.

    La pequeñez de algunos -incluidos no pocos riverplatenses- responsabilizaron al gran Amadeo de esa derrota (por bajar la pelota con el pecho, supuesta “sobrada” que hoy hace cualquier arquero como parte del juego) con la misma ingratitud y ensañamiento con la que lo responsabilizaron del “desastre” de nuestra selección nacional en el Mundial de Suecia”, en 1958.

    El triunfalismo y el análisis fácil no son novedades de los periodistas deportivos, aunque en esa época los había muy grandes, de fina prosa y contundentes palabras.

    Es bueno recordarlo, cuando seguramente hoy abunde el elogio fácil, realizado con fríos datos de archivo, con ninguna memoria de los dolores que sufrió un grande entre los grandes, parte de la historia de River, pero sobre todo del fútbol argentino y mundial.

    Parte de nuestra propia historia, de quienes en esos años gritábamos goles de nuestro equipo, y de cualquier equipo argentino en tierra extranjera, (casi) con la misma energía con la que como luchábamos contra las dictaduras y por otra Argentina.