lunes, 8 de julio de 2013
Un día de Bronca
miércoles, 23 de enero de 2013
Crisis europea: la vieja receta burguesa
martes, 1 de marzo de 2011
Agro, industria y salarios

Más allá de los desapacibles avatares de la coyuntura en el debate público sobre la cuestión agraria, existen también algunos conceptos sobreentendidos en los que conviene detenerse. Son nociones que conducen a formar juicios ampliamente aceptados –o rechazados a regañadientes–, sin que los fundamentos sobre los que se erigen sean puestos en duda. Detengámonos en aquellos arquetipos que dan cuenta del origen de la especialización agraria de nuestro país.
Algunos sostienen que la especialización proviene de la mayor productividad del agro respecto del resto de las actividades. Otros, en cambio, apuntan a que, en términos relativos, había más tierra que seres humanos. Son explicaciones mal fundadas porque, entre otros aprioris muy restrictivos, parten del axioma de que en el mundo no hay movimiento de capitales. En la realidad, el movimiento de capitales del centro a la periferia –que viene ocurriendo hace tres siglos– modeló de manera decisiva la actual división internacional del trabajo; a veces, a través de procesos pacíficos, otras no. Otro de los postulados es que los precios internacionales determinan el ingreso nacional. Es al revés.
Y así nos hicimos una nación. Y así cuando quisimos y queremos evolucionar hacia un estadio superior, la combinación entre la falta de claridad de objetivos del movimiento nacional y el peso muerto de los resabios de la vieja superestructura revitalizada, en cierta medida, por el black-out que vivimos entre 1976 y 2003 nos detiene. El cuento que se narra es que existe un “destino natural” dado por la especialización agropecuaria y que, por ser violado, nos mandó al fondo del tacho. Como si al sistema en el que vivimos le importara el valor de uso cuando, en rigor, lo único que interesa es el valor de cambio.
En relación con el valor de cambio, en un mundo con marcadas diferencias salariales –muy bajos en la periferia y muy altos en el centro– y con una tasa de ganancia igualándose a escala internacional, la llave que abre la puerta del desarrollo es justamente ese precio político: el salario. En consecuencia, la especialización de un país, por caso la Argentina, tiene que estar en función de elevar el poder de compra de los salarios. Debe resultar de la decisión nacional de pagar altos salarios.
En términos más prácticos, la transferencia de la agricultura a la industria no se produce a raíz de que la agricultura es atrasada en sí y la industria avanzada por naturaleza (de hecho, la Argentina tiene una agricultura muy adelantada respecto de su sector manufacturero), sino porque la gama de bienes industriales es más extensa que aquella proporcionada por el agro, y su participación en la canasta familiar sanciona una función creciente del nivel de vida. Podemos ver, entonces, que la industrialización no es la condición estructural del desarrollo, es el síndrome.
Examinemos una hipótesis irreal para comprobar la verosímil raigambre de este abordaje. Supóngase que las otras actividades en los Estados Unidos –país que históricamente pagó los más altos salarios en términos comparativos a escala internacional– producen menos valor por trabajador activo que su agricultura, que el resto del mundo acepta abandonar completamente las actividades agropecuarias e importar del país del norte todos los bienes agrícolas que deseen a cambio de bienes industriales, que los factores naturales son ilimitados en los EE.UU., que la transferencia de un sector al otro no presenta problemas y que los costos de transportes son nulos. En estas fantásticas circunstancias, para los EE.UU. no será beneficiosa tal situación de especializarse el 100 por ciento en agricultura, por la simple razón de que los 200 millones de activos norteamericanos se pondrían a trabajar en una agricultura tan productiva que generaría un volumen de productos agropecuarios dos o más veces superior a lo que consume actualmente la totalidad del planeta.
No es entonces porque la agricultura sea atrasada que cada vez significa menos como porcentaje del PIB. Al contrario: debido a que es relativamente más productiva en relación con la escala de las necesidades. Así, lo que el desarrollo presupone no es la industrialización sino, en primer lugar y antes que nada, una elevación de la productividad de la agricultura. Ese papel histórico ya lo cumplió largamente la agricultura argentina. Hará falta que todos los intereses en presencia resulten equilibrados por el interés nacional, que en esta etapa pasa por avanzar decisivamente en la sustitución de importaciones. Es decir, completar el ciclo de la industria pesada. Resta entonces, también, que el resultado político de la resolución 125 que fijaba un esquema de retenciones móviles a las exportaciones deje de significar una mella.
martes, 25 de enero de 2011
El fondo del debate acerca de la inflación

En el acalorado debate actual sobre la inflación parece haberse perdido la lección que se saca de toda el agua turbulenta que pasó bajo el puente argentino: mientras que un desempleado representa una pérdida bien definida y sin contrapartida para la comunidad, un punto de más o menos en el índice de precios no significa más que una transferencia de riqueza de un grupo de agentes económicos a otro. Sean lo espinosas que fuesen las dificultades de un orden social y técnico debido a una inestabilidad de precios, su solución no es ciertamente más fácil con un producto social global reducido que con un producto social que ha maximizado su volumen.
Pero entonces, ¿a qué se debe la insistencia en que la lucha contra la inflación prime sobre el resto? Cuestiones complejas no pueden discutirse apelando a un contrapunto de frases hechas. Ni al amparo de la “lucha contra la inflación” se debe colar un conjunto de propuestas de corte legal cuyo objetivo cierto resulte un menoscabo de los derechos de los trabajadores.
De hecho, y para tomar en cuenta la realidad tal cual es, cuando los factores de distorsión se encuentran orgánicamente integrados al sistema y son ineludibles, como es el caso tanto de los monopolios como de la determinación nacional del valor de la fuerza del trabajo y de la acción de los sindicatos -en tanto la remuneración del capital se fija a escala internacional- el accionar colectivo de éstos en función de su propia lógica constituye el único medio para contrabalancear en la medida que les compete los efectos de las distorsiones generadas por los mercados y encontrar así un óptimo relativo en vista del interés general de la sociedad.
Esto remite a una categoría de John Kenneth Galbraith: el “poder compensador”. Quienes están sujetos al poder económico han tenido desde siempre un vigoroso acicate para organizarse o para conseguir un poder de contratación para defenderse. Este “poder compensador” es una fuerza reguladora que se genera por sí misma, como en realidad tenía que ser la competencia pero no lo es – porque no puede serlo. El poder ejercido por una parte del mercado crea la necesidad de una acción contraria de la otra y descubre las ventajas que mediante ella se pueden asegurar. La existencia de una fuerza compensadora ha de ser vista con relación al proceso evolutivo del Estado popular. Galbraith es prudente al advertir que no pretende argumentar que el poder compensador emerja como un antídoto a toda posición de poder económico. Tampoco que la balanza del poder sea siempre igual. El pluralismo que acompaña al poder compensador parece esencial para la solución o, mejor dicho, para el grado de solución del problema del poder económico existente en el capitalismo.
¿Y qué compensa este poder en el plano de las relaciones laborales? La defensa del poder de compra creciente de los salarios, la cual es una necesidad estructural del poder compensador para hacer viable al Estado-Nación. Para que ello ocurra hay que saber y querer edificar un poder compensador. El querer requiere un vector político. Depende del acuerdo de cada sociedad para determinar que su precio más importante –el salario- alcance una altura que rompa el nivel de subsistencia de manera persistente y sostenida. No todas las sociedades están dispuestas a hacerlo.
Esa es la gran tarea de la política y lo que le da sentido a la búsqueda de un acuerdo. Preferimos llamarlo: Acuerdo para el Desarrollo Nacional 2011; o por su sigla: ADN 2011, para que este año sea el primero de los próximo cien que capitalice aciertos y errores de los pasados doscientos.
lunes, 13 de septiembre de 2010
El mito del viento de cola II

Esta postura omite que el valor agregado exportado es función directa del potencial de mercado doméstico y que, por ende, la contracción del mercado doméstico con vistas a la exportación atenta contra el valor de esas mismas exportaciones. Podemos entonces plantear y responder la pregunta en boca de muchos y que hace al verdadero núcleo de la cuestión: ¿cómo se puede compatibilizar un aumento del consumo necesario para sostener la demanda efectiva, incentivando la inversión, con la necesidad de una contracción del consumo para dejar margen a la inversión, fuente del crecimiento y el desarrollo?
Efectivamente, es un dilema. Pero un dilema que muchas economías han resuelto. No parecen creerlo así muchos estudiosos. Refiriéndose a las características de la división internacional del trabajo e invocando el teorema de la dotación de factores de la producción, sugieren que los países desarrollados esquivaron ese dilema. Como son naciones intensivas en capital, pudieron compatibilizar las necesidades de desarrollo con la exigencia de un mercado de consumo creciente. Esa intensidad de capital, dicen, tornó al trabajo más productivo y escaso, aumentó su remuneración –en consecuencia los salarios reales– y se logró incrementar el nivel de vida de los habitantes, al tiempo que se preservó el equilibrio macroeconómico. Pero existe un problema fundamental con este tipo de razonamiento.
El problema no está en la constatación de una correlación positiva en las variables enumeradas, sino que radica en la determinación del orden de causa y efecto. Lo que demuestra la historia, por caso la de Estados Unidos, es que, contrariamente a la secuencia establecida por estos estudiosos, han sido los altos salarios de los obreros norteamericanos lo que, sumado a la baja calificación de los mismos, generó incentivos a la mecanización y a la consecuente industrialización, a los fines de poder “soportar” ese costo diferencial del factor trabajo. Esos mismos altos salarios supusieron la existencia de un mercado próspero y en expansión que atrajo capitales e inversión. Los salarios no eran altos porque el trabajo fuera escaso, sino porque la decisión política así lo estableció. Esa decisión obligó a “saltar la cuerda” y a desarrollarse. El caso estadounidense es paradigmático en la resolución del dilema planteado.
Esto debería ser recordado por todos aquellos que en nuestro país, con el pretexto de la supuesta necesidad de lograr incentivos extraordinarios para la inversión, recomiendan la contracción de nuestro mercado, el estancamiento de los salarios y la salida exportadora. Si pretenden mayor inversión para desenvolver un proceso de desarrollo caracterizado por la tendencia creciente a la mecanización y la industrialización, ¿cómo esperan, utilizando la misma lógica implícita en la teoría de la dotación de factores, que pueda desatarse ese proceso con un precio del factor trabajo relativamente bajo al precio del factor capital? Cuanto más bajo es el precio del factor trabajo –salario– más caro es el precio relativo del capital y, por ende, lejos de fomentarse la mecanización y la industrialización, se fomenta el proceso contrario que conduce al subdesarrollo.
Lo cierto es que el comercio exterior y la consecuente consideración de las variables fundamentales que lo representan (exportaciones, importaciones, balanza comercial, de cuenta corriente, de capital, etc.) “giran en torno” del “eje de gravitación” constituido por el proceso de desarrollo nacional. En el orden de causalidad, aunque exista verdadera retroalimentación, es el desarrollo económico el que hace al comercio mundial y no a la inversa. El Gobierno viene sorteando el dilema. Que tenga que hacerlo mejor no quita lo bailado. No luce racional oponerse con argumentos débiles que, en función de su gratuidad, soplan como fuertísimos viento de proa.
martes, 31 de agosto de 2010
El mito del viento de cola

Hablar de “viento de cola” es un lugar común. Según el mito de la popa, la economía argentina creció desde 2003 gracias a los altos precios recibidos por su tradicional oferta exportable de materias primas agropecuarias. Dice incluso ese análisis que la mejora relativa de la distribución del ingreso fue merced al mercado mundial y a pesar de las políticas nacionales. Sin embargo, los datos de la realidad manifiestan exactamente lo opuesto: el crecimiento conseguido fue pese al mercado mundial y gracias a las decisiones políticas.
El punto requiere considerar el papel de los términos del intercambio con relación al desarrollo. El mundo se caracteriza por capitales en movimiento y gente inmóvil, por salarios altos en el centro y bajos en la periferia. Los salarios no se igualan y la ganancia sí. Esto deriva en una transferencia unilateral de valor -escondida en los precios internacionales- desde los países de bajos salarios hacia los países de altos salarios.
¿La transferencia de valor alienta y bloquea el desarrollo económico de unos de y otros? Ni lo uno ni lo otro. La transferencia no puede por sí misma detener o alentar el desarrollo por la muy sencilla razón de que la ganancia generada por un aumento de los salarios es absorbida por el consumo de los trabajadores. Y la pérdida, entonces, tampoco puede frenar el desarrollo porque resulta en una disminución del consumo de los trabajadores. Mucho menos aún cuando se trata de la renta de los recursos naturales.
La inversión se imbrica con la ganancia y no con los salarios. No obstante, la misma variación de salarios que opera sobre los términos de intercambio y provoca las transferencias de valor obra en paralelo sobre el ritmo de desarrollo, pero directamente y sin pasar por los términos de intercambio. La aceleración o retardo del desarrollo no son efecto de la desigualdad del comercio exterior sino que son efectos de la primera causa común: la disparidad de los salarios.
En los hechos, la exigüidad del mercado impide la llegada de capitales extranjeros a los países de bajos salarios e impulsa a los empresarios nacionales a expatriar capital. Capitales escasos acentúan la presión bajista sobre los salarios, lo que a su vez deja más exangües las oportunidades de inversión. Círculo vicioso: los bajos salarios ahuyentan a las máquinas y la falta de máquinas bloquea el aumento de los salarios.
Sólo una acción deliberada del Estado, por fuera de la rentabilidad de la empresa privada, puede romper el círculo y hacer que se instalen las máquinas. ¿Por qué el Estado y por qué no el empresario privado? Porque el empresario sólo ve el precio inmediato. El Estado, en la medida que exprese adecuadamente el interés social, toma en cuenta los precios a los que se quiere llegar. Y esto no tiene nada que ver con un “Estado empresario”.
¿Qué pasa cuando el Estado no expresa cabalmente el interés social? La experiencia mundial es aleccionadora. Al menos en las últimas tres décadas la desigualdad global ha sido explicada en términos de crecimiento económico, cambios demográficos, problemas con la democracia, dualismo. Estos enfoques ignoran que el diferencial de desarrollo entre las naciones está relacionado con, o tiene efectos sobre la distribución del ingreso en el interior de un país periférico.
Pero los datos confirman que si la periferia crece -producto, como ahora, de los altos precios internacionales- lo hace a costa de aumentar la desigualdad interna en los países que la conforman. Así, la desigualdad global impulsa la desigualdad entre las personas de un país o de los países pobres y hace crecer desigualmente a los países. El sistema global actúa como totalidad.
Esto quiere decir, nada más y nada menos, que en el caso argentino fue la mano visible del timonel la que corrigió a favor el rumbo de una tendencia mundial en contra. El viento de cola nos hubiera dejado en el desierto. Que éste tenga yuyos ricos y vaquitas gordas en lugar de arena, beduinos, camellos y mucho petróleo es apenas un detalle.
jueves, 26 de agosto de 2010
El fin del principio
Las cifras proyectadas de aumento de la inversión para el segundo semestre implican aumento de las importaciones, lo cual amenazaría la balanza comercial positiva. Esto remite a un par de asertos infundados y persistentes. Uno, el fin de la sustitución de importaciones (ISI). El otro, que las inversiones estaban estancadas, pese a las buenas perspectivas, porque los empresarios tanto temen la falta de "seguridad jurídica" como añoran el desaparecido "clima de negocios". Tales oximorones, no alcanzan a ser desmentidos por la realidad de un crecimiento del producto que ya varias veces se corrigió al alza.
Pese al amaño de esas dos falacias -que además esconden un sesgo marcadamente gorila contra los derechos de los trabajadores: más de estos, menos de ambas- algún agua recogieron para su molino dado que las inversiones están avanzando pero no de manera suficiente. Entonces dicen que eso sucede porque los empresarios prefieren importar en lugar de invertir, dados las melancolías y miedos reseñados.
La causa real: después de años de apertura librecambista a la violeta, pese a las señales en la dirección contraria de la política en marcha, hay una miríada de escaldados con leche. A la par, un empresario va invertir si ve mercado, y en un proceso de ascenso desde el fondo del pozo, ese mercado aparece primero abastecido con importaciones. Manteniendo el rumbo y profundizándolo, se diría que son tensiones normales del ajuste, pero esta vez hacia arriba.
Los que decían que la ISI estaba agotada, referían que las importaciones eran bajas, pero omitían que lo eran porque la Argentina estaba estructuralmente estancada. Al emprender el crecimiento sale a la luz todo el largo camino que tiene por delante la sustitución de importaciones.
Esto señala el fin del principio de una etapa.

