lunes, 16 de diciembre de 2013

TUCUMAN: "Sentires que nunca se harán olvido"

La Casa de ADIUNT, una bella pero humilde “casita de Tucumán” (porque “casas de Tucumán son todas”, nos cargan gentilmente los locales cuando los porteños preguntamos por “la Casa Histórica de Tucumán”, omitiendo el adjetivo del medio) me recibió como a un amigo de siempre, ofreciéndose generosa para presentar mi libro SECRETOS EN ROJO. Un militante entre dos siglos.
Un par de horas después de haber entrado, estaría gozosamente empapado del cariño, e identificado con el compromiso y los ideales de los luchadores populares que desbordaron el Salón de Actos. Y todas estas sensaciones pese a que pocos de esos luchadores habían recorrido la misma senda política que yo elegí a los trece años, en 1965, y de la que me aparté –disgustado y desgarrado– en 1990: pocos eran de la “Fede” o el Partido Comunista.  Otra confirmación de que son los ideales, el compromiso, la lucha, las pérdidas –todo lo que en aquellos años nos acercaba aunque todos estuviéramos más concentrados en lo que nos alejaba– aquello que perdura y puede ser la semilla de algo nuevo y mejor.
Casi cuatro décadas me separaban de mi última visita a la provincia que vio nacer a mi padre, a esas calles que conocía de memoria cuando las recorría incansablemente durante períodos de mi niñez y juventud: el Gymasium; el Cerro; la Plaza Independencia y –en uno de sus laterales– el señorial cine Plaza, donde descubrí, no sin cierta resistencia, “El discreto encanto de la Burguesía”, de Luis Buñuel. El edificio, hoy intacto, pero perdido, en remodelación, hacia otro destino…
Saliendo del hotel en Rivadavia 71 (que en algún homenaje religioso quedó desplazada por “Nuestra Señora de la Merced”) y La Rioja 437, comencé el camino hacia ADIUNT en medio de las calles conmocionadas por denuncias de crímenes de narcotráfico que aparecían en carteles de antiguo diseño sobre las paredes. Mientras, los titulares de los diarios gritaban el impacto de los escalofriantes testimonios de la “Megacausa Arsenales”, por la que se juzgó y condenó a los criminales de aquel siniestro Centro Clandestino de detención de la última dictadura cívico-militar.
Al llegar ADIUNT: algunos tímidos saludos, la mesa, una botella de agua en un día de calor abrumador, la bienvenida a cargo Oscar Pavetti, secretario general de la Asociación de Investigadores y Docentes de la Universidad Nacional de Tucumán (ADIUNT- CONADU Histórica) y el mensaje, desde Chile, de Darío Crouchet González, compañero, amigo y, actualmente, Coordinador del Comité Electoral de Independientes en la campaña de la diputada del PC de Chile, Camila Vallejo.
La leyó –y coordinó toda la presentación– mi sobrina Gaby Nadra: Presidente del Centro de Estudiantes de Ciencias Naturales, e integrante de la rama combativa de mi familia paterna, asentada en Tucumán desde la llegada de mis abuelos de Siria, para abrir senderos con una colectividad que –junto a otras— dio a la provincia y su nueva patria lo mejor de sí.
Ese 29 de noviembre en que presentaba mi libro no era un día cualquiera. En otro 29/11, pero de 1976,  fueron secuestrados Héctor Alberto Pérez y  Juan Díaz. El primero era obrero en la fábrica de calefactores SAIAR, en la provincia de Buenos Aires. El segundo, un joven sindicalista del Gremio Gastronómico en el club de la YMCA en la entonces Capital Federal. Ambos eran militantes del PC. Fueron los primeros a los que les rendí homenaje.
También ese 29 de noviembre, faltaban apenas cuatro días para que se cumplieran 25 años de la muerte de Fredy Rojas, el valiente joven comunista que había encabezado  una marcha de repudio a la visita de Domingo Bussi a Tafí  Viejo, en su primer intento  de postularse a gobernador. Fredy fue acribillado por los esbirros del dictador. Fue la primera de varias, víctimas comunistas en esta democracia reconquistada. Se unió a una incontable lista de compañeros asesinados en períodos de intensas luchas por un país mejor: desde la Semana Trágica a la Patagonia Rebelde; desde la “década infame” al Cordobazo; durante la época de las Tres A; y tanto en gobiernos civiles como en las dictaduras.
Fue otra de las muchas y fuertes emociones que me sacudieron durante ese viaje que, luego de recordar a Fredy, me informaran que el 3 de diciembre que venía, el Consejo Deliberante de Tafí Viejo recordaría a Fredy con un homenaje: declarando "Día de la Militancia Juvenil" el 27 de agosto, fecha en que fue baleado.
Mientras la presentación continuaba su curso se mezclaban en el auditorio jóvenes que habían participado hasta hace pocas semanas de la toma de 55 días de varias facultades de Tucumán, ocultos parcialmente por el silencio de algunos medios y la miopía de otros, se mezclaban en el auditorio con veteranos luchadores tucumanos,  con artistas, escritores y poetas amigos de mi padre. También, con no pocos de mis primos y sobrinos.
Uno de ellos, estaba sin estar: mí primo Eduardo Serrano Nadra, miembro del PRT, brillante profesor, cuentista y poeta, de una familia de escritores y poetas. Perseguido en Tucumán y secuestrado en Capital Federal el 26 de octubre de 1976, por luchar por el socialismo en nuestra Patria.
Eduardo… por un momento me pareció ver a “la Mecha” Nadra, una de las primeras Madres de pañuelo blanco, con Manolo, tus padres, mis tíos... A tu compañera, Cristina Araoz, tan cerca pero tan lejos, del otro lado del océano, y a tu hija, Carla, sobrevivientes las dos. ¿No sonreían, acaso, en esas sillas al fondo del salón?
¿Podía separar mi relato acerca de las Juventudes Políticas Argentinas (JPA) en los ’70 del recuerdo a mis queridos y asesinados amigos de la JP de Tucumán?
Una canción de “Los Chalcha” –precisamente una con “Dino” Saluzzi acompañando en el bandoneón– me abrazó con  Carlitos “Nalla” Salim, y la estrella roja de las FAR me llevó con el imborrable “turco” Ismael Salame, jefe de la regional Norte de la JP Regionales, y luego designado responsable nacional del trabajo con las juventudes políticas, donde hilvanamos una amistad que no han podido matar;  que guardo intacta conmigo para ese momento en que, algún día, en algún lugar, la  retomemos juntos.
El auditorio se me confundía con imágenes, con camaradas y compañeros caídos, en combate o por la represión, cuando explicaba –con cierta sencillez– que el PC fue una organización político-militar; su estrategia y preparación, incluyendo campos de batalla reales;  algunas de sus verdaderas hazañas; la organización de la primera guerrilla en el Territorio Nacional de El Chaco, cuando terminaba la década del ’30; o cómo fuimos tras las garras del Cóndor, con el apoyo de las agencias de los entonces países socialistas, armando la contrainteligencia para la operación de exterminio de las dictaduras del Cono Sur.
Y luego: Che y África, Che y Bolivia, el papel de los comunistas bolivianos y argentinos  sobre lo que tanto se mintió, sin saber tal vez, por lo menos hasta ahora. También la lucha popular contra la dictadura, las Brigadas Internacionales a la España Republicana,  “La Pampillón” al Chile de Allende; la “del café” a Nicaragua.
Ayer, hoy, mañana: ¿cómo será nuestra militancia en este siglo XXI, donde ya no hay certezas, donde el mundo puede superar en algún punto este capitalismo injusto, pero también sumirse en la más oscura de las pesadillas?
Hacía mucho que no me pasaba que las imágenes se superpusieran tanto con mis palabras durante una charla. O respondiendo cara a cara preguntas de la gente que –luego del momento formal de “preguntas y respuestas”– se acercaba para dialogar, en un intercambio que en el que el lenguaje de las palabras se mezclaba con el de los abrazos, el cariño espontáneo… Y momentos que no podría haberme imaginado:
De repente, me fundía en un abrazo con el hijo de mi camarada Medina, fundador de H.I.J.O.S de Monteros...
Aparecieron Ricardo y Susana Salame, los hermanos del “turco”. Y los ojos se me llenaron de lágrimas con el recuerdo, la sensación de que la lucha aún nos unía como ayer; que entrelazaba nuestras sangres y nuestros destinos. En ese momento vi otra vez su sonrisa amplia, o por momentos esa mirada firme que cerraba senderos de diálogo; que sabía no podías transitar.
Oí el eco de tus carcajadas, Turco. Te imaginé con una madurez a la que no te dejaron llegar, pero reflexivo, a veces chicanero y preguntón… como eras; como siempre. Reviví instantes en que teníamos varios años menos de todos los que pasaron desde que te abatieron en lo que tus compañeros llamaron "El combate de la calle Corro", en Villa Luro.
Fue breve el encuentro con Ricardo y Susana en medio de aquella vorágine de personas, recuerdos y sentimientos. Pero nos contamos historias que nunca repetiré, protagonizamos una ceremonia  tan íntima como pública por los treinta mil que nos arrancaron Y, también, si me permiten por esa herida que nos desgarraron en el pecho, y que sangrará hasta el último día.
El 29 de noviembre presenté mi libro. Pero también me sumí en el remolino agridulce de los recuerdos y las sensaciones; de las ausencias presentes; del cariño de los compañeros –los de antes, los de ahora, los que se suman. Un inesperado bálsamo para mis tantas heridas...
Los días pasan. Avanzado diciembre es Ricardo el primero que me escribe en esa maravillosa maldición del FCB. Luego Susana, herederos absolutos del inagotable cariño por mi  “paisano”:
Ricardo Salame Querido Alberto muy interesante el libro y rico en datos. Felicitaciones. Fue un gusto conocerte, lamento no haber podido conversar más contigo. Pero seguro habrá otra oportunidad. Un abrazo.
PD: muchas gracias por la dedicatoria
        Alberto Nadra Para mí no solo fue un gusto, sino revivir aquellos años, y recordar al combatiente que jamás dejó de ser un ser humano excepcional. Claro que nos quedó corto Ricardo, pero es un compromiso: si voy para Tucumán, si venís para Buenos Aires, nos anticipamos la fecha y arreglamos. Un abrazo para toda la familia Salame.
        Susana Salame Alberto, un placer haberte conocido, corto el encuentro pero muy rico en afectos. Gracias por tus palabras. Mil gracias.
         Ricardo Salame Un gran abrazo y queda el compromiso firme.


Sin duda.

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