domingo, 26 de agosto de 2012

Vivir en el Limbo




Seguimos con nuestra selección dominical de Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato, de Héctor Zimmerman, Editorial Aguilar.

Los teólogos de la Edad Media encontraron gran dificultad para decidir dónde debían ir las almas de los nacidos antes de la llegada de Cristo. Los patriarcas de la Antigüedad –Sócrates, e incluso Adán y Eva– ¿qué lugar debían ocupar en el Más Allá?
Por no estar bautizados, la entrada al Cielo les debía ser negada, sostuvieron varios concilios. Finalmente, la iglesia acabó por asignarles a los no bautizados un lugar separado del Infierno. Allí, como lo muestra Dante en la Divina Comedia, esas ánimas aguardan el Juicio Final en un estado de beatitud que, sin llegar a la suprema felicidad del Paraíso, los exime del pecado y sus castigos.
Mucho más terrenal es el significado que ha tomado la frase en la conversación cotidiana. Según ella, “estar” o “vivir en el limbo” consiste en permanecer distraído o atontado; no enterarse de lo que pasa y se dice alrededor. Como quien se encuentra siempre en la sala de espera de la eternidad celestial.

Nota: 
Un dato controvertido de la entrada en el libro de Zimmerman es la afirmación de que el Limbo era un lugar dentro del Infierno. La cuestión estuvo debatida. 
En la época medieval, y aun en la etapa del Humanismo pre-renacentista de Dante, la mayoría de los teólogos lo consideraba de este modo; y así el poeta lo ubica en el Primer Círculo del Infierno, debajo del lago Aquerón.De hecho, para estos teólogos existían dos Limbos: el de los Patriarcas y el de los Infantes.
No obstante, etimológicamente, “Limbo” proviene del latín “limbus”, que literalmente es “en el borde”. Para varios teólogos el Limbo no estaba en el Infierno, sino que era un espacio espiritual “en el medio”, en la frontera entre el Cielo y el Infierno. Muy cerquita, pero separado, tanto de uno como de otro.
Por otro lado, no todos los nacidos antes de Cristo iban automáticamente al Limbo. Para poder acceder a él, los no bautizados debían estar libres de pecado (el caso típico era el de los recién nacidos; tanto antes como después de Cristo) y los virtuosos que habían muerto antes de la llegada de Jesús; esto es, quienes, sin estar libres de pecado, habían muerto “en amistad con Dios”.
Como corolario, vale la pena resaltar que el Limbo nunca fue parte de la doctrina oficial de la Iglesia Católica. Pero la situación de los recién nacidos no bautizados fue objeto de debate hasta el presente siglo. El último documento emitido en este sentido por la Comisión Internacional de Teología, a pedido de Juan Pablo II, sostuvo que no había forma de obtener salvación divina sin el bautismo. Pero, dado el infinito amor de dios por todos los seres humanos y su deseo de salvación para todos, cabía confiar en que la piedad de Dios determinaría la salvación de los niños no bautizados.
El nuevo Papa, Benedicto, adhirió al documento. De modo que para la teología católica moderna, no existe el limbo, y es imposible acceder al Cielo si no se está bautizado. Aunque cabe tener esperanzas en la piedad divina… 


 

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