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sábado, 2 de septiembre de 2017

El movimiento indígena y la nueva resistencia


Juan Rosales, escritor, docente universitario, director de la Cátedra Abierta de Estudios Americanistas-Filosofía y Letras-UBA, escribió esta nota hace más de una década en la revista “Tesis XI”. Las reflexiones, con alguna actualización, siguen vigentes, y ayudan a una lectura equilibrada de un proceso complejo, y diferenciado, en Latinoamérica. Rosales plantea que la lucha de los Pueblos Originarios, por la protección del patrimonio natural y cultural, por formas colectivas y fraternales de sociedad refractaria a la deshumanización capitalista, no solo es en defensa de sus derechos sino de los de todos.

  Dentro de la estrategia “antiterrorista” global diseñada por las élites del poder de EE.UU. para norteamericanizar al mundo, un capítulo esencial está dedicado a las tramas  económicas y políticas, culturales y militares destinadas a mantener y profundizar el control de su  “patio trasero”, puesto en peligro por la creciente insurgencia de los pueblos de Nuestra América.

  Resumiendo las prevenciones y previsiones de los organismos estatales de inteligencia y las fundaciones (think thank) de las  corporaciones USA con la colaboración de expertos latinoamericanos a su servicio, el National Intelligence Council (Consejo Nacional de Inteligencia) destacó en su Informe del año 2004 “Tendencias globales 2015” y en el Proyecto “Global Trends 2020”, del año 2005, la emergencia, en medio de un clima social y político peligroso para los intereses yanquis, de los movimientos radicales indígenas en el hemisferio.

  “Tales movimientos –dice el Informe para el 2015- se incrementarán, facilitados por redes transnacionales de activistas de derechos indígenas, apoyados por grupos internacionales de Derechos Humanos y ecologistas, bien financiados”.

   El Proyecto para el 2020 se muestra a su vez muy inquieto por el progresivo encuentro entre el movimiento de los Pueblos Originarios y el movimiento popular latinoamericano. “El ascenso a gran escala –dice- de movimientos indígenas radicalizados, políticamente revolucionarios, en varios países de la región, podría incluir la convergencia de los indigenistas con algunos o varios de los movimientos sociales no indigenistas, pero con frecuencia radicalizados (‘sin tierra’ brasileños, campesinos paraguayos y ecuatorianos, piqueteros argentinos, grupos antiglobalización, etc.), que existen en la actualidad”. Y añade: “La internacionalización de los conflictos étnicos constituye una amenaza latente”, puesto que, explica, estas luchas y convergencias son incompatibles con la Seguridad Nacional y “el orden político y económico occidental”.

  La historia moderna del movimiento indígena del continente, en particular desde su reactivación y visibilización confrontando con las celebraciones oficiales del 5º Centenario del pretendido “Descubrimiento de América”, y de batallas tan resonantes como el levantamiento zapatista en Chiapas, las grandes movilizaciones en Ecuador, los espacios de resistencia abiertos por los indígenas en Colombia, de los mapuches y otras comunidades  en Chile y Argentina, del proceso revolucionario aymará-quechua en Bolivia, expresado hoy en el primer gobierno indígena  de Indoamérica, explica la alarma de los  neocolonialistas y sus cómplices locales ante la voluntad de lucha  de los pueblos secularmente oprimidos que le dicen basta al colonialismo interno y externo, al racismo y la  exclusión, a la  imposición de la cultura homogeneizadora y etnocida de los Imperios, a la destrucción de nuestro ecosistema y al  saqueo  de nuestros recursos. Al  genocidio de cinco siglos.

  El intelectual norteamericano Noam Chomsky, analizando cómo “5 siglos después de las conquistas europeas, Latinoamérica reafirma su independencia” merced al vibrante conjunto de movimientos populares, asevera: “Como si volvieran a descubrir su herencia precolombina, las poblaciones indígenas son mucho más activas e influyentes…” (The New York Times Syndicate, octubre 2006).

  Es que el combate de los Pueblos Originarios en defensa de su patrimonio natural y cultural, de su identidad y dignidad, viene de lejos. Los movimientos indígenas no son actores recientes en el escenario histórico de América Latina y el Caribe. Hace 514 años la Conquista y Colonización de nuestro continente por el capitalismo europeo que nacía entonces, según Carlos Marx, “chorreando sangre y lodo por todos sus poros, de la cabeza a los pies”, impuso por la violencia armada y la violencia espiritual un sistema de dominación, saqueo y explotación inmisericorde de las diversas comunidades nativas y de los africanos cazados como fieras, todos ellos despojados de su libertad, su identidad, sus peculiares y asombrosas culturas y reducidos a ser “indios” y “negros”, despreciados e inferiorizados, convertidos en simples mercancías, combustible biológico para las minas, plantaciones y encomiendas de los que sólo codiciaban el oro, la plata y  los cultivos comerciables para enriquecerse y expandir la “civilización occidental y cristiana”.


  José Martí dijo que no habría poema más triste y hermoso que el que se podría sacar de la historia americana. Triste, porque se trata de una historia de sufrimientos inauditos, de exterminio humano y pillaje sin límites. Pero también hermosa, porque desde la llegada de los conquistadores la de los Pueblos Originarios es una historia  de abnegación (el rey Felipe II contaba asombrado en 1581 que “las madres matan a sus hijos para salvarlos del tormento de las minas”), de resistencia cultural y humana, de sublevaciones  incesantes, desde Hatuey y Rumiñahui a Lautaro y   Chelemin, a Túpac Amaru, Micaela Bastidas y Túpac Katari.

   El escritor cubano Alejo Carpentier supuso que si se encendiera una lamparilla roja por cada insurgencia de los negros con sus palenques y quilombos – y, agreguemos,  de los indígenas y luego de los mestizos y criollos anticolonialistas- desde el siglo XVI  a nuestra época, no habría  pasado un día sin que en alguna parte de América brillara inextinguible la luz de la liberación.

  La tristeza no tiene fin, como dice la canción brasileña. No terminó tras  las guerras por la Independencia, en las que amplias masas de indios y de negros  esclavizados  derramaron su sangre generosa por la libertad y la justicia.Las oligarquías criollas y sus mandantes extranjeros mantuvieron e incluso profundizaron la servidumbre, la cristianización compulsiva y la  extinción  de los pueblos indígenas, con las Conquistas del Desierto, el hambre y las enfermedades. El racismo se arropó en los argumentos “científicos” del socialdarwinismo, la historia oficial los arrinconó en el olvido y la cultura dominante en el desprecio o el pintoresquismo.

  En nuestros días, el Norte imperial se abalanza no sólo sobre el oro que aún no han podido arrebatar, sino también sobre la tierra, cultivada  en duras condiciones  por indígenas y campesinos, sobre los bosques, tras el petróleo, el gas, el agua potable, los recursos naturales devenidos en objeto de lucro y depredación. El neocolonialismo, con el ALCA y los Tratados de Libre Comercio, sus bases y estrategias militares, sus misioneros  y publicistas que colonizan las almas,  no reconoce fronteras, soberanías, identidades. Como el carro mitológico de Juggernaut, pisotea y aniquila todo lo vivo.

  Frente a la Nueva Conquista, la Nueva Resistencia. Nuevas no en el tiempo largo del sistema capitalista en sus distintas fases de expansión y de crisis, ni en el más largo todavía  de la cultura de resistencia  de los pueblos – donde las “viejas” tradiciones y movimientos  surgidos en el combate  de ayer, lejos de contraponerse, necesitan  articularse con los movimientos y concepciones que emergen de la lucha de hoy -, sino en el carácter renovado de estas  luchas, de los dinamismos sociales y políticos que implica, de las lecciones de la historia. Lo realmente nuevo son las culturas populares que se vienen configurando, ya no como ese “ajedrez suicida” de nuestros pueblos fragmentados de que hablara Julio Cortázar, empantanados en estrategias aisladas de supervivencia, sino como  un saber plural y multiforme, enraizado en las mejores tradiciones del pasado y en la conjunción de ideas y acciones de las  diversas fuerzas populares que se oponen al colonialismo e impulsan el protagonismo de las masas.

  Se trata de un proceso, de un camino que se hace al andar, y por lo tanto sembrado  de obstáculos; y no sólo de los que promueven los grupos dominantes. La América popular está plagada de disensiones y desencuentros, de disputas por hegemonías retóricas y de enfrentamientos trágicos, de la persistencia de una mirada hacia el Otro, el prójimo con su identidad propia, deformada por las anteojeras elitistas, racionalistas y eurocéntricas  instaladas por  la cultura del poder.

  Durante mucho tiempo la izquierda dogmática concibió a las comunidades indígenas como un residuo del pasado “bárbaro” condenado a desaparecer, o como un campesinado que, al decir de Darcy Ribeiro, cualquier día, tras una buena reforma agraria, dejaría la manía de ser indio para integrarse a la sociedad criolla. Así abordado, el enfoque clasista se contraponía al cultural, la lucha de clases a la lucha  por la identidad étnico-cultural, cuando en la realidad histórica capitalista ambos aspectos marchan juntos.

  En su análisis marxista y revolucionario desde la realidad peruana y latinoamericana, J.C. Mariátegui comenzaba por reivindicar el derecho indígena a la tierra, y planteaba desde allí los temas de la autonomía nacional de los Pueblos Originarios y el desarrollo de su conciencia y su cultura como parte integrante de la lucha general obrera y popular por el socialismo.

  Martí sabía muy bien que “hasta que no eche a andar el indio, no andará la América”.
Hoy, fundado en la experiencia de siglos de derrotas y frustraciones, pero también de tenacidad militante, el movimiento indígena,  aún con las discrepancias  propias de su heterogeneidad  social y  de fines políticos  que confrontan en su seno, se ha venido convirtiendo en una fuerza determinante en la pelea tanto por sus reivindicaciones cuanto en la batalla emancipadora conjunta de los pueblos contra el enemigo común, aportando a la misma sus valores y cosmovisiones.


  Al encabezar la lucha por la tierra, el agua, la biodiversidad, la armonía del hombre con la naturaleza y los demás hombres, al sostener la primacía de la espiritualidad y proponer las formas colectivas de vida frente a la deshumanización capitalista globalizada, los movimientos indígenas no sólo defienden sus derechos y sus sueños sino los de todos. No se trata, para los distintos luchadores por una nueva vida, de un mero asunto de solidaridad, con todo lo que ésta importa, sino de esa “fraternidad de los oprimidos”, de esa conjunción de “todas las sangres” con que soñara José María Arguedas.

jueves, 9 de octubre de 2014

Pueblos originarios: el genocidio de Rincón Bomba


El genocidio de Rincón Bomba, Formosa, es uno de los crímenes más tapados de nuestra historia, en que según las fuentes fueron asesinados entre 750 y 1.000 pilagás, wichís, tobas y mocovíes, hombres, mujeres y niños.

Ocurrió en octubre de 1947, sesenta y siete años atrás, pero subraya Arturo Marcos Lozza que recién comenzó a ser investigado hace nueve años años por dos abogados, Julio Cesar García y Carlos Alberto Díaz.
Los letrados, a instancias de las comunidades pilagás presentaron el 1 de abril de 2005 una denuncia contra el Estado Nacional en el Juzgado Federal de Formosa por crímenes terribles contra el pueblo indígena.

Jorge Pedrozo y Fredy Trinidad, secretario y subsecretario, respectivamente, de la Asociación Judicial de Formosa, filial de la FJA, confirmaron la existencia de la causa y sostuvieron que la masacre contra el pueblo pilagá, que involucra además a los pueblos wichí, toba y mocoví, es uno más de la serie que se ha desatado contra los pueblos originarios, pero quizás haya sido el que arrojó mayor cantidad de muertes. El pueblo de Formosa –añadieron- exige que se haga justicia.

Antropólogos forenses, por orden judicial, comenzaron a realizar exhumaciones en Rincón Bomba, tierras de la gendarmería cercanas a la localidad de Las Lomitas, en donde hace sesenta años habrían sido enterrados cientos de cuerpos. De todos modos, los presupuestos para las excavaciones fueron escasos, y esto ha hecho que se retrase el total esclarecimiento de la masacre y que continúe tan tapada como los cuerpos enterrados en Rincón Bomba. Veamos cómo sucedieron los acontecimientos.

Así fueron los hechos

En marzo de 1947 miles de hombres, mujeres y niños comenzaron la marcha desde Las Lomitas, en Formosa, hasta Tartagal, en Salta. Eran braceros pilagás, tobas, mocovíes y wichís. Les habían prometido trabajo en el Ingenio San Martín de El Tabacal, propiedad del magnate Robustiano Patrón Costas.

Les iban a pagar 6 pesos por día. Eso justificaba esa caminada de días y noches, más de cien kilómetros con hambre, cargando penurias y humillaciones. En abril llegaron a El Tabacal, se instalaron en las inmediaciones y empezaron a trabajar en la caña de azúcar. A trabajar todos, mujeres y chicos también. Pero cuando fueron a cobrar llegó la estafa: les quisieron pagar solo 2,50 pesos por día. Los caciques protestaron.

Pidieron un encuentro con don Robustiano o cualquiera otra autoridad del ingenio. Nadie los escuchó. Pocos días después, Patrón Costas dio la orden de echarlos sin ninguna consideración.

Miles de indígenas –se estima que eran 8.000- con escasísimos alimentos que les dieron pobladores de El Tabacal, emprendieron la retirada a Las Lomitas. Otros más de cien kilómetros a pié con níños, ancianos y el hambre que se fue acumulando en cuerpos huesudos y panzas desnutridas. Se instalaron en un descampado llamado Rincón Bomba, cercano al pueblo. Encontraron allí no sólo un madrejón que les proporcionaba agua, un recurso fundamental teniendo en cuenta el lugar hostil y las elevadas temperaturas, sino también compañía: ahí asentaban grupos de su misma etnia.

Estaban agotados y enfermos. Recuerdan algunas pocas crónicas de la época y lo confirman las presentaciones de los abogados García y Díaz, las madres indígenas recorrían las calles de Las Lomitas y de los parajes vecinos para pedir un poco de pan. La estafa que había protagonizado Patrón Costas contra los braceros se fue corriendo de boca en boca. Por aquel entonces Formosa no era provincia, los gobernantes eran designados por el poder central, es decir, por el presidente Juán D. Perón.

Los pilagás decidieron formar una delegación para ir a pedir ayuda. Al frente se pusieron tres caciques, Nola Lagadick, Paulo Navarro (Pablito) y Luciano Córdoba. Hablaron con la Comisión de Fomento. Y también con el jefe del Escuadrón 18 de Gendarmería Nacional, comandante Emilio Fernández Castellano. El Presidente de la Comisión de Fomento se comunicó con el gobernador de Formosa, Rolando de Hertelendy, y éste con el gobierno nacional. Al enterarse, el presidente Juan Domingo Perón mandó inmediatamente tres vagones de alimentos, ropas y medicinas.

Los tres vagones llegaron a la ciudad de Formosa a mediados de septiembre. Pero el delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, dejó los vagones abandonados en la estación tras ser despojados de más de la mitad de sus cargas. Salieron diez días después y llegaron a Las Lomitas a principios de octubre. Los alimentos estaban en estado de putrefacción. Pero aún así los repartieron en el campamento indígena. Las consecuencias fueron de espanto: al día siguiente amanecieron con fuertes dolores intestinales, vómitos, diarreas, desmayos, temblores, por lo menos cincuenta indígenas murieron, en su mayoría niños y ancianos.

Al principio fueron enterrados en el cementerio de Las Lomitas, luego les cerraron las puertas y los cadáveres tuvieron que ser llevados al monte. Cuentan que noche tras noche retumbaban los instrumentos en las ceremonias mortuorias. La indignación fue lógica. Las crónicas locales propalaron la versión de que la bronca se convertiría en estallido contra los habitantes y se infundió miedo.

Los indios denunciaron que habían sido envenenados. El presidente de la Comisión de Fomento de Las Lomitas, a su vez, fue a hablar varias veces con el comandante de los gendarmes. Le decía que el pueblo tenía miedo que los hambrientos los atacaran… Obvio, después de las muertes por alimentación podrida, este rumor creció. La Gendarmería rodeó el campamento indígena con cien gendarmes armados y prohibió a los pilagás entrar al pueblo.

Frente a tanta agresión y desprecio, el cacique Pablito pidió hablar con el comandante. El oficial aceptó encontrarse en el atardecer, pero a campo abierto. Allí estuvieron. Era el 10 de octubre. El cacique avanzó seguido por más de mil mujeres, niños, hombres y ancianos pilagás con retratos de Perón y Evita. Enfrente, desde el monte vecino, cien gendarmes los apuntaban con sus armas. Los indios habían caído en la trampa. El segundo comandante del Escuadrón, Aliaga Pueyrredón, dio la orden y las ametralladoras hicieron lo suyo. Cientos de pilagás cayeron bajo las ráfagas. Otros lograron escapar por los yuyales pero la Gendarmería se lanzó a perseguirlos: "que no queden testigos", era la consigna de los matadores.

La persecución duró días hasta que fueron rodeados y fusilados en Campo del Cielo, en Pozo del Tigre y en otros lugares. Luego -señala la presentación de los abogados-, los gendarmes apilaron y quemaron los cadáveres. Según la presentación ante la Justicia, fueron asesinados de 400 a 500 pilagás. A esto hay que sumarle los heridos, los más de 200 desaparecidos, los niños no encontrados y los intoxicados por aquellos alimentos en mal estado. En total, se calcula que murieron más de 750 pilagás, wichís, tobas y mocovíes.

Los diarios de aquel tiempo dieron informaciones muy confusas sobre lo que había sucedido, pero ninguno señaló al gran responsable, al hombre fuerte de la oligarquía, dueño del ingenio San Martín, don Robustiano Patrón Costas. Es más, algunos medios informaban de una sublevación. El diario “Norte” del 11 de octubre escribió –una rutina tan presente en todas las dictaduras genocidas- que hubo enfrentamientos armados.

“Extraoficialmente informamos a nuestros lectores –señalaba- que en la zona de las Lomitas se habría producido un levantamiento de indios. Los indios revoltosos pertenecen a los llamados pilagás quienes, según las confusas noticias que tenemos, vienen bien provistos de armas (...) Ya se habrían producido algunos encuentros, no se sabe si con los pobladores de la zona o con tropas de la Gendarmería Nacional”. A nivel del gobierno se trató de ocultar todo.

Hoy quedan aún pilagás que vivieron la masacre de Rincón Bomba y están dispuestos a dar su testimonio. Uno de ellos es el actual cacique Alberto Navarrete, un anciano que habla un castellano articulado como si fuera el idioma pilagá, y que le dijo a la enviada de la revista “Momarandu” que recordaba que era pequeño cuando ocurrieron los hechos. El era uno más de los que regresaban de Salta despedidos del ingenio San Martín. “Yo me estoy acordando del ´47. Gente amontonada en madrejón. Gendarmería disparó. Nosotros pudimos correr al monte. Yo visto eso. Yo declaré eso. Era 6 de la tarde. No teníamos armas nosotros. Correr nomás. Ellos tenían ametralladoras… No sabemos que pasó con todos, con las tolderías. Antes ya habían muerto envenenados. Yo visto eso. Muchos visto tirados, no se si los enterraron. Nosotros queremos saber”.

Las excavaciones fueron autorizadas en diciembre de 2005 por el juez federal formoseño Marcos Bruno Quinteros, en el predio cercano a Las Lomitas que desde 1987 pertenece a Gendarmería. Otro sobreviviente de la masacre colaboró con la identificación de la zona, ahora convertida en un bosquecito. Sin embargo, las exhumaciones debieron suspenderse el 30 de diciembre del 2005, a pocos días de iniciarse, por la feria judicial. Los patrocinadores de la causa resolvieron pedir ayuda económica a Nación porque consideran que están ante una tarea de investigación que demandará meses de trabajo en el lugar.

Estamos pues a sesenta años de la masacre, no vaya a ser que con la excusa de la falta de presupuesto en el Poder Judicial, todo siga tapado.

El pueblo pilagá

Los pilagás –principales víctimas de la matanza- son un pueblo de la familia Guaycurú que habita en el centro de la provincia de Formosa y en Chaco. Junto a los abipones, mocovíes y tobas, fueron llamados “frentones” por los españoles, y guaycurúes por los guaraníes por la costumbre de raparse la parte delantera de la cabeza. Hablan su propio idioma junto con el castellano.

Actualmente existen unos 10.000 pilagás repartidos en 19 comunidades en el centro de la provincia de Formosa. Antiguamente fueron cazadores y recolectores. Entre los frutos que recolectaban estaban los del algarrobo, chañar, mistol, tuna y del molle.


Robustiano Patrón Costas

Se trata del más conspicuo político de la oligarquía en la década del 40 del siglo XX. Había nacido en 1875 y el gobernador de Salta lo nombró Ministro de Economía provincial en 1908, oportunidad en que con su hermano Juan se apropiaron de tierras del departamento de Orán que pertenecían a las comunidades indígenas. Con la llegada del ferrocarril, una década después, establece asentamientos indígenas para asegurar mano de obra barata, casi siempre a cambio de vales, y funda el Ingenio San Martín de El Tabacal a partir de lo cual amasa una fortuna con la comercialización de azúcar.

Se convierte en el más alto representante político de los terratenientes, es designado presidente del Partido Demócrata (conservador), asume como gobernador de Salta, funda la Universidad Católica de la provincia, luego es elegido senador y jura como presidente del Senado de la Nación. Acuerdan los conservadores con el radicalismo antipersonalista la fórmula presidencial de la denominada “Concordancia”. Esa fórmula será Patrón Costas-Iriondo, pero no llegará el momento de las urnas porque irrumpe el golpe de Estado de 1943. Don Robustiano muere en 1965 sin que sobre él cayera condena alguna por los crímenes de la Masacre de Rincón Bomba.

En cuanto a su Ingenio San Martín, en 1996 es adquirido por el grupo norteamericano Seabord Corporation, beneficiario de la cuota azucarera que Estados Unidos le asigna a Argentina.

Situación actual

Integrantes de las comunidades toba, wichí y mocoví fueron en agosto a la casa de gobierno en Resistencia a reclamar la renuncia del Ministro de Salud, Ricardo Mayol, por la muerte de once indígenas debido a falta de atención sanitaria. Estas muertes en serie fueron básicamente provocadas por la falta de defensas orgánicas debido a la desnutrición. Los delegados dejaron un escrito dirigido al gobernador en el que señalaban: "Nunca más un indígena con hambre, nunca más un indígena con desnutrición. No nos acostumbramos a la exclusión y al racismo".

Anunciaron asimismo que se preparaba un documento para entregar al Juez de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, de visita en Chaco. A su vez, la Pastoral Social denunció la situación que padecen hoy los pueblos originarios: "Sus territorios han sido invadidos y cercados impidiendo el paso de los indígenas para cazar, pescar, recoger miel, plantas alimenticias y medicinales. Los montes han sido arrasados con topadoras y los árboles derribados han sido quemados, exterminando de esta manera la muy importante fuente de proteínas que brindaban los animales silvestres. Las tierras fiscales (donde comúnmente vivían los indígenas) han sido saqueadas y rematadas por monedas a los amigos del gobierno de turno. La gente debe refugiarse en las banquinas de las rutas, a lo largo de las vías muertas del ferrocarril o en la periferia de las ciudades sin encontrar allí trabajo, una vivienda digna, acceso al agua potable y a sistemas mínimos de eliminación de basura y excretas”. 

viernes, 3 de diciembre de 2010

Cinco siglos igual


Formosa, entre la miseria y el drama, la represion. Estremecedor y contundente reflexion de Silvana Mel, para la Agencia Pelota de Trapo

La lucha por una tierra donde pisar firme. Donde nacer, sobrevivir apenas, morir temprano. Pero la tierra propia, donde echar semilla y que crezca la brizna como un sueño y después la hoja, el fruto, el alimento y otra vez el ciclo inexorable de la vida. Soledad sobre ruinas, sangre en el trigo rojo y amarillo, manantial del veneno, escudo, heridas. Cinco siglos igual.
Casi el 60 por ciento de los pobladores de Formosa viven bajo la línea de la pobreza o la indigencia.
Gildo Insfran gobierna desde 1995 una de las tierras más castigadas por la miseria. Entre Chaco y Formosa se amontonan los tobas. Los qom -hombres- como prefieren llamarse por pura dignidad, por esa pura dignidad por la que se sostienen en pie a pesar de la desnutrición, la tuberculosis, la sífilis, la carencia de atención sanitaria -si no fuera por los chamanes ya se habrían extinguido para tranquilidad de los buitres de la tierra ajena-, por esa pura dignidad es que rechazan el tová que le asestaron los conquistadores porque los veían frentones a esos seres extraños a los que descubrieron. Y que se rapaban el cuero cabelludo en la zona frontal cuando moría un ser querido.
Donde se acaba el país, allá arriba, está Formosa. Y los qom, seis mil familias empujadas a su propia frontera en las cinco mil hectáreas que ocupan desde la historia inmemorial. Que son propias por origen, por preexistencia, por ancestros. Los quince años de Insfran, justicialista de cualquier gobierno -típica supervivencia aluvional de cucaracha de los gobernadores feudales argentinos- no fueron diferentes de los cinco siglos que la incluyen. Porque son cinco siglos igual. Rodeados de plantaciones de algodón que no les pertenecen. Empujados por límites cada vez más cercanos. Tal vez un día terminen abrazándose amontonaditos en una celda de selva de dos por dos, infectándose juntos de chagas y saqueos. Si no los mata antes la policía.
Es la tierra lo que los muere. Es la tierra lo que les sacan. Es su riqueza en la miseria más atroz. Es la voracidad por los algodonales y los sojales y el dedo índice humedecido que cuenta los billetes.
En octubre de 1947 cientos de hombres y mujeres fueron masacrados por la gendarmería. Los mismos que se empeñan en conservar su lengua en una tierra donde los médicos sólo hablan la propia y jamás entienden que se están muriendo y en la escuela les enseñan a Pizarro y a Saavedra en español y ellos sólo quieren ser qom, encerrados en La Primavera, donde Roberto López se prepara a ser sólo huesitos en su tumba hasta donde lo derrotó una bala de la policía.
Es la tierra. La tierra madre y cobijadora. La tierra que les pertenece. Es la identidad, esa marca a fuego en la piel ajada que todavía sopla furias de todos los tiempos. La que les quieren arrebatar, una vez más, cinco siglos igual.
Por eso cortaron la ruta. Para ser visibles una vez en la historia. Como todos los excluidos de la Argentina. Impedir el paso para decir estamos aquí, somos, nos nombramos como comunidad, como hombres y mujeres. Como niños rotos y con el futuro talado. Aquí estamos, con techos de hojas de palma. Pero vivos.
La policía desalojó a machetazos, a palos, a tiros el corte de la ruta 86. Roberto López quedó en el camino. Tenía 52 años. Gente de más de 60, con los ojos semicerrados por la atávica resignación tiene ahora los brazos azules, las piernas con círculos morados, los huesos rotos. No sólo es el hambre, la sequía impiadosa, el agua podrida, el hospital en otro mundo, la panza tomada por la gastroenteritis. También los golpes. La marca aviesa, ruin, de los golpes.
Fue una decisión política, dice el Gobierno Nacional, no reprimir la protesta social. Pero ellos no son de acá. Serán, tal vez, de todos los tiempos. O de ninguno. Son originarios que pretenden quedarse en paz donde viven desde hace 520 años. Cinco siglos igual. Son distintos, hablan distinto, creen distinto, se mueren distinto. Su corte de una ruta no es igual que otros cortes de una ruta.
Son pobres, otros, ajenos, morenos, pertinaces en una cultura que ya no existe. Que fue atropellada por la soja, los alambrados, la invasión terrateniente, el estado ciego y cómplice, el Insfran que gobierna desde hace quince años una de las provincias más condenadas del país, el silencio de los que gobiernan y de los que quieren gobernar.
No hay multitudes ni discursos opositores ni despliegues mediáticos que pongan el ojo en La Primavera. Como insisten en llamarse, porfiados aunque les venga el invierno porque así son los qom con su tierra, aun cuando los tiraron en las celdas y el agua caliente de a baldes impedía que durmieran. Les quemaron los ranchos. Una bala atravesó a un policía que quedó muerto en las banquinas ya rojas de la ruta. Ellos preguntan qué bala. Pocos imaginan a los qom con armas de fuego. Pocos imaginan a los qom arrebatando la vida cuando sólo desean vivir la propia en paz, pisando su vieja tierra de lombrices y verdores.
"Cayó una lágrima muy grande acá en la comunidad", dice Dalmacio y en su palabra cae el chaparrón diluvial de todas las lágrimas de la historia. En asamblea decidieron que no van a bajar el reclamo por la tierra.
Una lágrima muy grande cae de cualquier cielo. Corre por la ruta 86, como un río torrentoso.
La justicia, la policía, el gobernador Gildo Insfran de los quince años. Ninguno de ellos podrá a balazos con una lágrima.