jueves, 29 de abril de 2010

AMIGOS


Poema de Pablo Cingolani, poeta y militante argentino que hace años trabaja con Evo Morales en Bolivia. Como me escribiera Hugo, uno de esos amigos, bellísimo y simple, porque la belleza es simple.

No somos más que dos o tres… Apollinaire: Lazos (1918)


Tengo un amigo que se volvió ladrón,
Y hay otro, que dejo de serlo

Tengo un amigo borracho a morir
Y uno, que no conoce ni agua

Tengo amigos que siguen creyendo
Y hay los que ya ni me creen

Tengo amigos que son como búfalos,
están siempre a punto de embestirte

Tengo amigos que son como pétalos
Y vuelan como si el aire fuera gratis

Tengo amigos de la vida y de los caminos,
Que son lo mismo

Tengo amigos del tumulto y de la soledad,
Que no es igual

Tengo amigos como estrellas
Y se encienden cada noche

Tengo amigos como pájaros
Cantando cada amanecer

Tengo amigos que son lo poco
Que tengo: con ellos, sueño

¿Qué más puedo pedirle a la vida
Que tenerlos como amigos?

¿Qué más puedo temerle a la vida
Que no tenerlos?

Con mis amigos, armo una fiesta
Invencible, siempre

Sin mis amigos, me apagaría
Irremediable, definitivamente

Siento al mundo sin mis amigos
Y me da terror, lo muero

Siento al mundo con mis amigos
Y es bello y grato vivirlo

Mis amigos son la mejor cosecha
La única recompensa, el halago

De vivir la vida, sentirla
Y caminarla de pie

No se qué haría sin mis amigos,
Me perdería tal vez en la distancia

Los recuerdos o el olvido
La furia o ese no saber de nada

Pero si incluso así fuera
Si los ríos subiesen por sus cauces

Si el verano se tornase invierno
Y el vergel, desierto y tumba

Si no escuchase más
El nombre de los mártires

Si no tuviese siquiera
Un compañero

Si la vida se tornase hostil
Por las máquinas y el hastío

Si todo se sometiese
Y no se rebelase

Si se acabase el mundo
Y no quisiera volver

Allí, en el último lugar
En la última hora

Del último abismo
Y la esperanza, también la última

Allí, mi dios, yo se, los encontraré
Porque son mis amigos

Son los vientos que me guían…
Son las palabras que me curan…
Son los ojos que me miran siempre…

Las brújulas podrán oxidarse
Y el mundo, lo mismo

Pero los amigos,
Mis amigos, nunca, jamás

Pablo Cingolani
Río Abajo, 26 de abril de 2010

Mayo de 1810: dos respuestas a J. P. Feinmann


El cientifico Israel Lotersztain y el periodista Norberto Colominas responden una nota de José Pablo Feinmann acerca de Mayo de 1810, publicada en contratapa de Página/12 el 18 de abril pasado. Se extiende, pero vale la pena.

La Columna de Feinmann

Cómo se conquistó el pacto neocolonial

Alguien tan inteligente como el marxista peruano José Carlos Mariátegui –un marxista como no hemos tenido ni uno aquí salvo Milcíades Peña, pero mucho después– jamás consideró que humillaba a su patria (Perú) ni a la entera América latina por considerar que: “Enfocada sobre el plano de la historia mundial, la independencia sudamericana se presenta decidida por las necesidades del desarrollo de la civilización occidental o, mejor dicho, capitalista” (José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ediciones El Andariego, Buenos Aires, 2005, p. 16). Y añade: “Mr. Canning, traductor y ejecutor fiel del interés de Inglaterra, consagraba (...) el derecho de estos pueblos a separarse de España y, anexamente, a organizarse republicana y democráticamente. A Mr. Canning, de otro lado, se habían adelantado prácticamente los banqueros de Londres que, con sus préstamos –no por usurarios menos oportunos y eficaces–, habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas” (Ibid., p. 17). Pero hay quienes afirman que la Revolución de Mayo (a diferencia de las otras de América) tomó el espíritu de las Juntas populares españoles que luchaban contra la España absolutista, hasta 1810. Luego los ejércitos de Bonaparte las borraron del mapa. Pero la Junta de Buenos Aires sería hija de ese espíritu que encarnaron las Juntas Populares. Incluso se llega a afirmar que Cornelio Saavedra (que es el villano de nuestra revolución) no se proponía, como Moreno y sus compañeros: que eran básicamente dos, Castelli y Belgrano, cambiar el orden social establecido, sino cambiar simplemente de virrey. Corrijamos esto: no se puede comparar a las Juntas Populares de la España rebelde, popular y antibonapartista con la mera, individual, Junta de Mayo, que proponía un Ejecutivo mínimo y quedó descalabrada no bien ese Ejecutivo se amplió. Por otra parte, la Junta de Mayo nunca fue popular ni tenía cómo serlo. Moreno, que deseaba ser Robespierre, carecía de una burguesía revolucionaria. Tenía a unos tenderos, a unos mercaderes del puerto que deseaban importar mercancías del exterior e introducirlas en el país. Y a unos terratenientes que buscaban mercados externos donde vender su trigo y sus vacas. De aquí que estuvieran en contra de España. Sólo porque no querían esclavizarse a un mercado único, sino vender a otros. Sobre todo al resto de Europa, que era, para ellos, la verdadera Europa. San Martín llega al país en una nave que lleva por nombre George Canning. Los brillantes intelectuales de la generación del ’37 proponen cambiar el español por el francés. Sarmiento en Recuerdos de provincia, escribe que 500 años de dominio “terrífico” de la Inquisición se teme que hayan achicado el cerebro español. En sus Viajes: “He estado en Europa y España”. Todo está claro: las revoluciones de América del Sur tuvieron como objeto salir del dominio español (algo que lograron con batallas tan heroicas como las de Maipú y Ayacucho) y tener la libertad de formar parte del desarrollo del occidente capitalista. Cito (para que no se enojen sólo conmigo los que imaginan a un Moreno y a un Castelli prefigurando a un Ernesto Guevara) a Milcíades Peña: “La llamada ‘revolución’ tuvo un carácter esencialmente político. Lo que Mariátegui observó en Perú vale para toda América latina: La revolución no representó el advenimiento de una nueva clase dirigente, no correspondió a una transformación de la estructura económica y social” (Milcíades Peña, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1970, p. 76). Alberdi, José Luis Busaniche, el entrañable y riguroso Salvador Ferla, el biógrafo de Moreno Boleslao Lewin y muchos otros.

Pero deseo agregar un par de elementos fundamentales. Dejo de lado los pasajes del Plan de Operaciones en que Moreno sugiere entregar la isla de Martín García a Inglaterra para que nos proteja o sus exultaciones sanguinarias (típicamente jacobinas) o sus elogios a la delación. Vamos a otra cosa. Moreno no tenía lo que tuvo Robespierre: una burguesía revolucionaria. Por consiguiente, todas sus brillantes ideas revolucionarias (la expropiación de las grandes fortunas, por citar una) giraban en el vacío. Tampoco era heredero de las Juntas españolas porque su Junta era una y no tenía arraigo popular. Esta figura que dibuja Moreno (la del ideólogo revolucionario sin clase social que en que apoyarse) será también la de Lenin: el revolucionario socialista sin proletariado urbano. Lenin tenía un problema muy simple: si quería hacer la revolución siguiendo las indicaciones de El Capital tenía que esperar 50 años. Que la burguesía se desarrollara y diera origen al proletariado revolucionario. Jamás. Ideó la teoría de la vanguardia. Una élite de intelectuales (que conocían las leyes del desarrollo histórico) formarían un partido de vanguardia y entregarían al proletariado la “ideología revolucionaria” evitando así el pasaje por la etapa capitalista. Esa sería la “dictadura del proletariado”, pero dirigida por una vanguardia que ejercería una tutela ideológica sobre ese proletariado modelando su conciencia revolucionaria y ahorrándole el pasaje por el infierno de la etapa capitalista. Todo esto tenía que terminar mal. El Partido de Vanguardia se convierte en Partido de la Burocracia. La teoría revolucionaria en dogma. El Partido elige a un líder. El líder se transforma en dictador y da inicio a la etapa del culto a la personalidad. Lenin no vio esto porque se había muerto, pero el diagrama le pertenece. Moreno razonaba de un modo similar. No tenemos una clase social que nos apoye. No importa: la vanguardia hará la revolución. Escribe en el Plan de Operaciones: “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice” (La cita está en Filosofía y Nación, difícil de conseguir en estos momentos pero en breve saldrá una edición nueva). Esta frase la ha dicho el numen, la deidad inaugural del periodismo argentino. Hoy, más que nunca, nuestro periodismo cree en ella y trata de ejercerla. (Cada vez, creo, con menos eficacia: las reiteraciones terminan por volverse cruelmente en contra de los reiteradores ante el aburrimiento de los que las reciben pasivamente hasta que advierten que si “mil repeticiones hacen una verdad”, como decía Goebbels, dos mil despiertan la sospecha del engaño.) Pero la ausencia de masas en su proyecto, la ausencia de una clase social poderosa que lo apoye determina su derrota. Cuando escribí el capítulo sobre La Razón Iluminista y la Revolución de Mayo en Filosofía y Nación corría el año 1975. Día a día, en medio de un reflujo de masas más que evidente, la Orga de los Montoneros se había trenzado en una lucha a muerte con las bandas de la Triple A. Fue escrito contra la práctica vanguardista y fierrera de los montos. Ese fue el disparador. Me apoyé centralmente en Ferla, pero esperaba –si en algún momento retornaba la posibilidad de discutir estos temas– exhibirle al vanguardismo montonero sus similitudes con la soberbia morenista. Me dediqué entonces a garabatear algunas consignas morenistas inspiradas en las de la Orga de Firmenich y los suyos. Algunas –además de divertidas– son seriamente conceptuales: Que se sepa/ Que se sepa/ Castelli se curó/ pa’ decirle a los gorilas/ la puta que los parió. O también: ¡Guillotina! ¡Guillotina!/ Para los hijos de puta/ que vendieron la Argentina. O si no: Con Moreno en el alma/ Castelli en el corazón/ Haremos de l’Argentina/ La gran patria jacobina. O por qué no: Si Moreno viviera/ Sería conducción/ Sería lucha armada/ Para la liberación. Aunque: ¿le cedería Firmenich la conducción a Moreno? Una más: Mayo argentino/ Mayo morenero/ Mayo argentino/ Mayo montonero. Otra: Liniers, Liniers/ Gallego y franchute/ Te quisiste rebelar/ Moreno y Castelli/ Te hicieron recagar. Y la última: Si Evita viviera/ sería morenera.


En suma, las “revoluciones” de América latina lo fueron –por completo– respecto de España. Había que expulsar a los godos de un continente que deseaba entrar en la modernidad capitalista. Desde esta perspectiva, la lucha fue a muerte y fue triunfal: el poder español se retiró. Fue derrotado –por el glorioso general Sucre en 1824 en la batalla de Ayacucho– el poder colonial al que estábamos sometidos. Se inicia, a partir de ahí, el pacto neocolonial. América latina se transforma en un continente de monocultivo para cubrir a bajos precios las necesidades de las industrias británicas. Inglaterra, taller del mundo, nos dará todas las mercancías que necesitemos. Pero esa es otra historia. Y no disminuye la grandeza de San Martín, que acaso vino al Plata en la corbeta George Canning para llevar a cabo esa y sólo esa tarea: echar a los godos, derrotar el atraso, abrir las puertas de la modernidad occidental. Acaso en Guayaquil –si Bolívar le confío sus sueños sobre la gran nación bolivariana– le dijo no, lo que yo vine a hacer a este continente ya está hecho. Y se fue. El resto es otra historia. La de la Revolución de Mayo es la que acabamos de narrar.


Respuesta de Israel Lotersztain

Master en Historia de la Universidad Torcuato Di Tella / Ex Profesor de Física de la UBA, de la Universidad de Birmingham) / Ex Director de Investigaciones del INTI).

Feinmann: ¿Errores elementales para ver la historia o manipulación interpretativa?

El 18 de abril pasado, el filósofo, ensayista, guionista y conductor de televisión José Pablo Feinmann publicó en su habitual contratapa dominical de Página 12 un artículo titulado Cómo se conquistó el pacto neocolonial.

Resulta interesante comprobar cuántos errores casi elementales de información histórica básica comete Feinmann sobre historia argentina en la citada nota.

Para un intelectual que se precia de tal, resulta llamativo su nivel de improvisación y su desconocimiento, a menos que no se trate de ignorancia sino de intencionada manipulación interpretativa.

Veamos:

a) El centro de su interpretación sobre Mayo de 1810 es este: el reemplazo de una colonia, la española, por una nueva colonia: la dependiente de Inglaterra. Es que, según Feinmann, los terratenientes locales, los grandes poseedores de la riqueza, estaban ansiosos de exportar sus productos: trigo y carne, a todo el mundo, especialmente Inglaterra, y no vender (o comprar) al monopolio que imponía la corona española.

b) Claro que los hechos históricos se oponen tozudamente a esta interpretación. Los terratenientes argentinos en 1810 no exportaban "trigo y carne" como Feinmann indica. Trigo se importó hasta 1860, y se comenzó a exportar en serio recién en 1899, con la "revolución cerealera" que cambió la Argentina. Feinmann le erra por casi cien años, pequeño detalle.

b) Menos aún se exportaba carne, salvo a partir de 1830 una cantidad ínfima, por sumas insignificantes, en tasajo (carne seca y salada) para esclavos de Brasil. Para vender carne al exterior fue necesario transformar el ganado de criollo a las razas inglesas, esperar que aparecieran los barcos frigoríficos, implantar las pasturas como alimento... Otros cien años mal calculados por Feinmann.

c) Lo interesante para analizar desde un punto de vista económico a Mayo de 1810 es recordar que el Virreinato casi no exportaba nada, sino que vivía fiscal y comercialmente de la plata proveniente del Alto Perú, que representaba el 90% del presupuesto y del movimiento económico de Buenos Aires. Y con esa zona (lo que hoy es Bolivia) se comerciaba desde aquí, y era precisamente la fuente casi exclusiva de su provisión de metálico. Debido a esta dependencia, en 1810 la Junta de Mayo envía casi de inmediato una expedición al Norte para asegurar su integración y soporte del nuevo gobierno, expedición mal preparada y peor dirigida estratégicamente. Digamos que desde un comienzo sus chances eran reducidas ya que las elites locales no tenían el menor interés de seguir financiando a Buenos Aires; lo hacían antes por imposición de la Corona, pero si ésta había desaparecido para qué seguir pagando... Además Castelli y Monteagudo con sus concepciones anticlericales no ayudaron precisamente a que Buenos Aires les cayera simpática. Belgrano lo advirtió y quiso remediarlo pero ya era tarde, y por otra parte el aspecto militar no era justamente su fuerte.

d) Los comerciantes porteños estaban por entonces divididos: los que habían lucrado con el monopolio querían seguir igual, y los apoyados por los ingleses querían comprarles a éstos y vender en el interior y en el Alto Perú. La "burguesía nacional" - una designación demasiado ridícula para 1810- quería hacer, como siempre, el negocio que pudiera, en una ciudad (insistamos en la idea) de casi absoluta miseria como era esta. Pero cuando se les cerró el Alto Perú se vieron en problemas: ya no tenían la plata boliviana indispensable para comerciar con los ingleses. Se había acabado el negocio que conocían. Y empezaron con desesperación a buscar otro.


e) Y es por ello que alrededor de 1825 aparece el negocio, muy primitivo, de comprar tierras, implantar en ellas vacas y obtener de las mismas cueros (y muy poco de tasajo y sebo) para exportar. Allí aparecen los terratenientes, pero las dificultades que enfrentaban eran grandes. El rinde era paupérrimo: una vaca cada 25 ó 30 hectáreas, lo que implicaba un animal para faenar cada cien o más hectáreas. Y para producir era necesario juntarlas del campo abierto, carnearlas, sacarles el cuero, secarlo al sol, subirlo a una carreta, llevarlo a Ensenada, poner todo en un bote para llegar hasta un barco inglés, de allí a vela hasta Londres... Todo esto en medio de una dramática carencia de mano de obra. Por eso, el rinde económico era insignificante. Y por eso la tierra valía tan poco. En un testamento de 1874 (datos que los historiadores consultamos mucho ya que permite, al ver como se repartían los bienes, una excelente idea de precios relativos) una casa de inquilinato en Buenos Aires de unas 15 habitaciones equivale a cuatro ó 5000 hectáreas en lo que hoy sería la zona núcleo maicera. Y eso que en ese momento las ovejas -y de ellas la lana sucia- habían posibilitado un negocio un poco mejor desde el punto de vista de la rentabilidad.

La descripción del "pacto neocolonial" que Feinmann esgrime se complementa con la idea de que los banqueros ingleses nos prestarían a tasas usurarias y sobre todo que la oligarquía local impediría cualquier desarrollo industrial autónomo para seguir comprando a los británicos. Que nada de esto último realmente ocurrió -sino todo lo contrario- puede comprobarse simplemente leyendo los editoriales del Siglo XIX de La Prensa y La Nación y hasta de los Anales de la Sociedad Rural para darse cuenta: eran fanáticamente partidarios de la implantación de industrias. Resultaba obvio, entre otras razones, que querían también clientes locales para los alimentos que producían, y entendían que ese desarrollo industrial los posibilitaría.

Y la mejor evidencia de su apoyo la constituye el hecho de que los aranceles de importación que lograba cualquier industria que se establecía localmente para protegerse de una competencia externa eran altísimos, como lo denunciaba furiosamente tan solo... la izquierda marxista de entonces, ya que esos aranceles de importación y precios más elevados los pagaban desproporcionadamente a sus ingresos los más pobres. En cuanto a los banqueros y su usura el default argentino de 1890, el más grande de la historia financiera mundial hasta ese momento y que se mantuvo por más de16 años y resuelto en quitas tremendas para los acreedores, demuestra que la desconfianza de estos hacia los tomadores de crédito locales y las consiguientes altas tasas que les pedían no carecía de alguna justificación...


Respuesta de Norberto Colominas

Periodista

¿Revolución o chirinada?

Al leer la nota de JPF publicada en la contratapa de Página 12 el domingo 18/4, un lector desprevenido puedo llegar a la conclusión de que en mayo de 1810 no pasó nada, o mejor dicho, no pasó nada de lo que todos los historiadores, aún con sus diferencias, dicen que pasó.

Con un sorprendente malabar histórico, el autor nos induce a pensar que un grupo de individuos iluminados (vanguardistas sin clase social detrás de ellos, como Lenin... ¿y por qué no como Firmenich?) dio un golpe de estado en la paupérrima aldea que era entonces Buenos Aires, derrocó al virrey y liberó el comercio con Inglaterra. Punto. Ninguna referencia a las profundas diferencias ideológicas, culturales y políticas que existían entre el poder criollo emergente y la corona española. Y, menos aún, ni un solo párrafo referido al proyecto revolucionario expuesto por Mariano Moreno en el Plan de Operaciones, esa viga maestra de la revolución. En suma, en 1810 hubo un solo cambio: se pasó del colonialismo con España al neocolonialismo con Gran Bretaña, para beneficio de los comerciantes locales. Todo lo demás pertenece al Billiken de izquierda.

En el proyecto que llevaron adelante desde Moreno a Rosas, pasando por Belgrano, Castelli, San Martín, Güemes, Artigas, Guido, Manuel Moreno, Dorrego y Pueyrredón, entre tantos otros, la Revolución de Mayo impulsó la creación de un gran estado latinoamericano desde México hasta Tierra del Fuego, basado en los mil años del incario (de allí la propuesta de un rey de ese origen hecha por Belgrano) y en las tradiciones de mayas y aztecas, más el aporte de indios, negros y gauchos, minorías a las que el movimiento criollo reivindicó expresamente. Los patriotas de mayo superaron con holgura las miras de dos grandes revoluciones precedentes, la norteamericana de 1777 y la francesa de 1789, que sólo incluyeron a propietarios (la segunda) y excluyeron a los indios (la primera) y a los negros (ambas). La Revolución de Mayo fue el más profundo y esperanzador de todos los procesos políticos que tuvieron lugar en la América española, más que las revoluciones mexicana, cubana y nicaragüense, más que el intento socialista de Salvador Allende, y más que el peronismo, el varguismo y el aprismo, no obstante el respeto que esos movimientos merecen. Decir que una revolución de alcance continental --que incluyó líderes extraordinarios en cada país del área-- fue solamente un cambio de reglas comerciales es, por lo menos, un tropezón intelectual.

Porque puestos a cuestionar la representatividad de los movimientos revolucionarios de cualquier época, ninguno quedaría en pie. ¿A quiénes representaban Rómulo y Remo, fundadores simbólicos de un imperio que duró 700 años? ¿Y a quien Espartaco, que promovió el primer alboroto al mando de 20 gladiadores? ¿A quién representaban el joven abogado George Washington, el primer Ho Chi Min, que andaba descalzo; el Mao de los primeros kilómetros de la Larga Marcha o Fidel a bordo del Granma?

¿En qué concepto de clase social mal aprendido ancla esa descalificación de la Revolución de Mayo? Mal puede hablarse en esos términos de una ciudad que en 1810 tenía menos de 40 mil habitantes. Si entonces no había ni siquiera un país, y apenas una aldea, ¿cómo hablar de “clases” en el sentido contemporáneo del término? En ese momento sólo había intereses que con el tiempo serían ejes de la articulación de clases, pero no entonces. España al margen, esos intereses diferentes eran internos a la revolución. Ya estaba claro que Saavedra (terrateniente, encomendero, dueño de minas de plata en Potosí) no representaba los mismos ideales que Moreno, Belgrano o Castelli, intelectuales revolucionarios. Y sin embargo los cuatro integraron la Primera Junta, al lado de comerciantes nada revolucionarios como Matheu y Larrea, y al Deán Funes, que se habrá santiguado una docena de veces al leer el Plan de Operaciones. Como también estaba claro que no caminarían por la misma vereda política Rivadavia, antecesor de Mitre, y Dorrego, predecesor de Rosas, a quien San Martín le dejara su sable al marcharse al exilio. Unos hicieron una revolución; los otros una chirinada. El error de Feinmann es confundirlos y mezclarlos.

Si las revoluciones latinoamericanas del siglo XIX (americanistas, antiliberales, integradoras, inclusivas) se diluyeron en el tiempo, eso no le quita ni un ápice de gloria a quienes las iniciaron. Aunque la lista es muy larga, a modo de ejemplo citaremos a tres grandes protagonistas de esa época, ninguneados por la historiografía liberal, por razones fáciles de comprender, y curiosamente también por Feinmann. Me refiero al venezolano Francisco de Miranda, padre político de Simón Bolívar y primer articulador de la Logia Lautaro y al inteligente Tomás Guido, sucesivamente secretario de Moreno (a quien acompañó en el viaje a Londres, cuando este fue envenenado), de San Martín en toda la campaña libertadora, y de Rosas, con quien colaboró estrechamente. El tercer hombre es el extraordinario Bernardo de Monteagudo, redactor de las conclusiones de la asamblea del Año 13 y de las actas de la Declaración de la Independencia en 1816; quien fuera primera espada política de San Martín, y, después de Guayaquil, miembro del estado mayor de Bolívar hasta el día en que cayó asesinado por reaccionarios en Lima, por las mismas razones que los saavedristas porteños eliminaron a Moreno.

La paradoja sobre la que JPF debería reflexionar es que mientras el contrarrevolucionario Bernardino Rivadavia le dio su nombre a la principal avenida de Buenos Aires, el de Bernardo de Monteagudo, un revolucionario cabal, apenas sobrevive en una calle perdida de Parque de los Patricios. Y esa sí que es una cuestión de clase.


miércoles, 28 de abril de 2010

Martinez de Hoz marca el camino

Media página de La Nación y Clarin ocupa una solicitada del ex ministro, firmada por el mismo y titulada “Otra vez con Martínez de Hoz. Una persecución interminable”, en la que, entre otros conceptos, dice que “El único objetivo del actual proceder es intentar forzar mi encarcelamiento” por lo que “La trampa es obvia. Pero en la Argentina de hoy, con sus instituciones degradadas, el Estado de Derecho reducido a una mera apariencia y un gobierno que continua promoviendo abiertamente el enfrentamiento entre los argentinos, no parece que existan frenos institucionales que contengan la ensañada y larguísima persecución en mi contra, que no tiene precedentes en el pais” (!!!!).

La caradurez del personaje, su cinismo sin par, tiene una contracara, es casi un himno de elogio, contrario sensu, a la lucha de toda la militancia por los derechos humanos, y profundizada por el actual gobierno, que permite que ahora la Justicia avance sobre los responsables intelectuales del proyecto golpista, su proyecto antipopular en lo econòmico y el genocidio del que formaron parte activa.

Buena sìntesis en Crítica de Graciela Rosemblum, titular de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, quien considera que el eventual procesamiento de Martínez de Hoz “abre la puerta para llevar a juicio a civiles que participaron en la estructura del terrorismo de Estado. Estamos hablando de uno de los ideólogos, de la representación más alta de quienes se beneficiaron con los cambios en la estructura económica que facilitó el genocidio en la Argentina. Porque la dictadura no fue pensada por un grupo de locos que querían matar gente sino, fundamentalmente, para poder producir los cambios en la estructura económica, social y cultural del país, que en los 90 instaló el neoliberalismo y que hubiera sido imposible con el movimiento popular organizado en la calle”.



martes, 20 de abril de 2010

Inflacion y Devaluacion


Seguimos con el tema iniciado en "La inflacion no es metafìsica"

La cumbia inflacionaria y el bolero devaluatorio son las danzas favoritas de los empresarios argentinos. Instalado el tema de la inflación, una (i)lógica compensatoria dice que ahora hay que restaurar utilidades encareciendo el dólar, porque quienes exportan (productores agrarios y fabricantes de autos, por ejemplo) cobran en dólares pero reciben pesos. Cuanto más caro esté el dólar, más pesos recibirán y tanto más habrán ganado. La devaluación aumenta sus utilidades en moneda local.

Aunque los trabajadores también cobran en pesos, la diferencia es que cuanto más cara esté la moneda norteamericana, más elevados serán los precios internos y menos cosas podrán comprar con su salario. La devaluación agrede sus bolsillos. Como se ve, dos clases sociales, dos intereses distintos, dos lógicas contradictorias.

Durante décadas los gobiernos militares trasladaron renta hacia el sector más adinerado de la sociedad por el simple expediente de devaluar periódicamente la moneda. Combinada con la inflación, la devaluación hacía el trabajo sucio de transferir ingresos, sostener la rentabilidad de las empresas e impedir que el aumento del consumo interno (básicamente de alimentos) achicara los márgenes de exportación de granos y carnes. Por eso los economistas dicen que mientras mande la renta agraria en matrimonio con la renta financiera (Martínez de Hoz, Cavallo), no habrá desarrollo. El desarrollo exige la primacía de la renta industrial y una tasa de desocupación que no supere el 7% de la población económicamente activa. Por eso una de los consecuencias más graves de la convertibilidad fue la pérdida de 4 millones de empleos, uno de los objetivos de la "estabilidad" y no un accidente o un daño colateral indeseado.

Para que la renta agraria trabaje a favor del desarrollo y no del atraso, la explotación agrícola y ganadera debe evolucionar hacia la industria, debe parecerse cada día más a una fábrica, de modo que sea difícil distinguir renta agraria de renta industrial. En otras palabras, su rentabilidad no debe basarse en el aumento de valor de la tierra sino en los márgenes de ganancia que deja la explotación en sí. Al calor del incremento de valor internacional de la soja y de la extensión de su siembra, en la última década el precio de la hectárea en la pampa húmeda pasó de 2.500 a 10.000 dólares la hectárea, y en algunas zonas ya está en 12.000. Esa enorme (y brusca) capitalización no fue producto de haber trabajado mejor la tierra sino, simplemente, de tener tierra. Eso no le ocurre al dueño de una fábrica. No existe una renta fabril comparable con la renta agraria, que combina el aumento del valor del suelo con la ganancia por explotación.

En la misma línea, para que la renta financiera trabaje a favor del desarrollo los bancos deben proveer los recursos crediticios que la industria necesita, y a un precio (tasa de interés) que estimule la inversión. Hoy, en la Argentina, sólo la banca pública ofrece créditos a tasas accesibles para las pequeñas y medianas empresas. La banca privada no lo hace. Prefiere financiar el consumo de bienes durables y asistir, como banca de segundo piso, a empresas grandes en dificultades, a tasas de interés obviamente elevadas.

Ni la renta agraria ni la financiera trabajan para la expansión de la economía nacional, porque --a diferencia de lo que ocurre en Brasil-- el negocio del establishment argentino no es el desarrollo, y ese es, desde hace 200 años, el núcleo de los problemas nacionales.

viernes, 9 de abril de 2010

Chile: Piñera y su ideólogo, que era el mismo de Pinochet...


El jurista chileno Alberto Coddou Mc Manus nos ilustra sobre la ideologia del Presidente que desgraciadamente hemos tenido que recibir en nuestro país --así son las relaciones diplomàticas-- y que, además, nos deja de embajador a otro fascista pinochetista octogenario. Por favor no perder los conceptos que se reproducen de la musa inspiradora que tendra en sus ¿manos? parte fundamental del destino del pais hermano en los pròximos años,con ineludible repercusión continental.

Nuestro presidente, el presidente de todos los chilenos, ha realizado desafortunadas declaraciones a propósito del último homenaje del fallecido y polémico Jaime Guzmán. He aquí el argumento de mi opinión.

Para un posterior análisis, primero, sus palabras:

"Recuperar, fortalecer y reestablecer valores que un progresismo ambiguo y, a veces, muy poco identificado con el alma de nuestro país ha ido debilitando y yo quiero reivindicar los valores fundamentales que son los valores por los cuales luchó Jaime Guzmán", aseguró el Presidente.

Varias cuestiones pueden sugerir estas palabras:

Primero, que como parece indicar el presidente, el término progresismo que ha desarrollado la Concertación (aunque no lo diga explícitamente) resulta ser ambiguo, es decir, que sufre la condición de tener más de un significado, cuestión bastante obvia (lo mismo sucede con el concepto de ‘cambio’).

Pero después, y aquí viene lo interesante, Piñera, sin decirlo en términos explícitos, opta por uno de los sentidos posibles de la palabra progresismo. Aquí, claro está, recurre a Guzmán, a quien ‘todos’ recurren en cierto momento, para ‘reestablecer’ los valores que se identifican ‘verdaderamente’ con nuestra alma nacional.

Varias cuestiones parecen objetables:

Así, es complicado suponer que el Estado es quien deba imponer valores a la sociedad, como parece ser la intención del Presidente. El mismo Guzmán señalaba en múltiples ocasiones la prioridad ontológica del individuo por sobre el Estado (Piñera parece desobedecer las palabras de su maestro espiritual, lo que me recuerda a otro que escuchaba las voces de Guzmán desde el más allá). Que el jefe de Estado quiera ‘reivindicar’ los valores que ‘identificarían’ a nuestra alma nacional, ufff.

Pero lo que más me complica, es el reestablecimiento de los valores por los cuales ‘luchó Jaime Guzmán’ en orden a fortalecer el ‘progresismo’ (precisarlo, y así liberarlo de la ambigüedad). Aquí, no voy a hablar yo, sino que voy a dejar que sea el mismo Guzmán quien presente los valores que el Presidente Piñera, en el año del Bicentenario, quiere reestablecer :

Acerca de la participación política: “resulta evidente que para la tarea de resolver los destinos del país no todos los ciudadanos se encuentran igualmente calificados” (Realidad, N° 1, 1979, p. 34).

Acerca de la democracia: es sólo un medio “y ni siquiera el único o más adecuado en toda circunstancia” (Ercilla, 22 de agosto de 1979).

Acerca de su identificación con el dictador: “Me declaro pinochetista y a mucha honra” (entrevista concedida a Raquel Correa, “El Mercurio”).

Acerca de las violaciones a los derechos humanos, que Guzmán llama ‘limitaciones excepcionales’: “Las limitaciones excepcionales que transitoriamente hemos debido imponer a ciertos derechos han contado con el respaldo del pueblo y de la juventud de nuestra patria, que han visto en ellas el complemento duro pero necesario para asegurar nuestra liberación nacional” (Discurso de Chacarillas).

Acerca de la dictadura y la fuerza: “(El) éxito de la Junta está directamente ligado a su dureza y energía que el país espera y aplaude. Todo complejo o vacilación a este propósito será nefasto. El país sabe que afronta una dictadura y lo acepta. Sólo exige que ésta se ejerza con justicia y sin arbitrariedades. (...) Transformar la dictadura en 'dicta-blanda' sería un error de consecuencias imprevisibles" (sobre la relación de Guzmán con los derechos humanos puede verse además Acchiardi, P., "La coherencia en riesgo: Jaime Guzmán y los derechos humanos. Chile: 1973-1978", tesis, PUC, 2004).

Acerca del comunismo, hoy representado en el Congreso Nacional: “El comunismo no es un simple error, sino la suma diabólica de todos los errores de la historia, acaso el grado final de la expresión del mal moral en la historia de la humanidad”.

Acerca de la relación entre el Estado y el Mercado: “El mundo actual indica que la libertad personal no sólo se encuentra amenazada por los sistemas declaradamente totalitarios. La realidad contemporánea nos enseña que una excesiva intervención del Estado en la economía, que desconozca el principio de la subsidiaridad, constituye una amenaza más sutil y no menos grave y peligrosa para la libertad personal. Por ello, y porque el estatismo exagerado perturba el crecimiento sano y acelerador de la economía, una institucionalidad concebida al servicio de la libertad y el progreso debe robustecer una economía libre” (cursivas del propio Jaime Guzmán).

Acerca del bien común, y, de alguna manera, reconociendo su odio contra el liberalismo: “en el sentido que no hay más que uno aceptable” pues el bien común no es ‘la simple suma de bienes individuales’ ni tampoco ‘un bien de la colectividad’ (Jaime Guzmán, "El concepto de "bien común" y la Constitución de 1980: Actas de la Comisión Constituyente (1974)", reproducido en Estudios Públicos N° 42, 1991).

Acerca de la propiedad como derecho natural (mmm), que parece calzar con los valores del nuevo gobierno: “[L]os principios capitalistas de propiedad privada, aun de los bienes productivos, y de libre iniciativa en el campo económico, no solo no se oponen con la doctrina social de la Iglesia, sino que son fundamentales de esta, como fruto de la ley natural (“El capitalismo y los católicos de la tercera posición”, publicado en la revista Fiducia en 1965).

Y, finalmente, dejemos que hable el Príncipe acerca de su asesor. En entrevista realizada a Pinochet en 1998, cuando éste fue preguntado acerca de Jaime Guzmán en su rol de consejero, Pinochet dijo que “Jaime era el ideólogo . . . Él era uno de los hombres más inteligentes. Tenía muy buenas ideas . . . .” (Universidad Finis Terrae, Entrevista Inédita a Augusto Pinochet: ‘En su momento Contreras fue bueno porque había que apretar,’ La Tercera, 17 de Diciembre, 2006, Reportajes 9).

Cuestiones más o menos objetables, si estos son los valores que Piñera quiere reestablecer, prefiero un progresismo ambiguo (entendiendo a la ambigüedad como un defecto que afecta principalmente a los términos, más no a los conceptos), uno que reconozca que hay diversas maneras de comprender qué significa el progreso de los chilenos y chilenas.

La inflación no es metafísica


Hace pocos dias publicamos en este blog una propuesta para encarar la inflacion especulaativa con un "Control Popular de Precios". Norberto Colominas, periodista y amigo, profundiza en las causas del aumento de precios al que asistimos en esta nota que compartimos.

“Si se genera suficiente inflación, antes o después la mayoría de la sociedad reclamará un ajuste". Hace muchos años el establishment descubrió que generar inflación era la forma más eficaz de ejercer la oposición y, por ello, de condicionar a un gobierno. Por eso tuvimos tantas décadas de inflación, y luego una paridad cambiaria 1 a 1 que nació, presuntamente, para abatir la inflación y terminó destuyendo miles de empresas y millones de empleos. La convertibilidad fue la reina del ajuste.

Pero ¿es el Gobierno el que remarca los precios de sus productos, que son los servicios? Por el contrario, no sólo no los remarca sino que los subsidia. Los que remarcan los precios son los privados. ¿Acaso la reciente escalada de precios está justificada por un aumento de los costos internos, derivados de un salto “desmedido” de los salarios, o por un encarecimiento súbito de materias primas importadas? No, ya que no sucedió ni una cosa ni otra. Lo que sí ocurrió fue que una suma de decisiones adoptadas por el gobierno, como la asignación universal por hijo, el correspondiente aumento a los jubilados y la continuidad de los subsidios a los servicios y al transporte, entre otros, pusieron más dinero en manos de la población. Y se sabe que cuando esto ocurre, ese plus se vuelca primordialmente al consumo. El salto que se observa en el precio de la carne se explica en buena medida por esta razón.

Pero el efecto directo de un aumento de la demanda fue una suba refleja de los precios, y no de la producción, lo que hubiera podido satisfacer el incremento de la capacidad de compra sin alterar los precios. Mentalidad de renta, no de producción; especulativa, no industrial. Como si el atraso no los señalara con el dedo, como si el desarrollo no fuera también su responsabilidad.

La inflación no es metafísica. Tiene razones, antecedentes, efectos y consecuencias. Es algo material, racional y se puede explicar --al menos en sus trazos gruesos-- sin grandes dificultades. Cuando la demanda supera a la oferta se produce escasez, y esta es la fuente de la inflación. De modo que ante un aumento de la demanda hay dos posibilidades: o se aumenta la producción o se aumentan los precios. En estos días estamos viendo cuál es, una vez más, la respuesta de un sector del empresariado, al que por algo le cuesta tanto exportar bienes industriales, ya que esa posibilidad supone garantizar un determinado nivel de producción, de calidad y un precio estable.

¿Cómo imaginar una exportación a mercados enormes, como lo son, por ejemplo, el chino y el indio, sin capacidad de producir en gran escala? ¿Cómo incursionar en los mercados del mundo sin una tecnología competitiva? ¿Y cómo lograr un volumen y una calidad de producción acorde con las exigencias del mercado mundial sin inversión de riesgo? Riesgo..., ¿acaso dijo riesgo?

Claro, es más fácil pedirle protección arancelaria o cambiaria al estado cuando las industrias de otros países pretenden vender aquí sus productos, como la ya citada China o el cercano Brasil. Para eso sirve el estado, aunque en otros aspectos sea visto como un paquidermo cojo, bastante otario y del todo ineficiente. Un ejemplo contundente rebate esa visión atrasada, y es la inversión periódica en el sector automotriz por parte de las multinacionales, incluída alguna ayuda estatal. Ahora se ven los resultados: en el primer trimestre de este año se batió el record histórico de patentamientos. Y además se exporta la mitad de la producción. La inflación no es metafísica y la inversión tampoco.

En cuanto a los salarios, lo primero que se debe tener en cuenta es que constituyen la base de la demanda del mercado nacional, sin olvidar que el 75 por ciento de las empresas argentinas viven de lo que venden en el país, ya que no exportan. Aún así, ponen el grito en el cielo cuando los sindicatos piden, cuando menos, recuperar la inflación que degradó los ingresos de los trabajadores. Es decir que esos empresarios pretenden, al mismo tiempo, vender más y pagar menos. Aunque resulte difícil de entender, no comprenden que están tirándole piedras a la única botella de agua que les queda, la que, si le aciertan, ya no estará medio llena o medio vacía, sino rota.